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Publicado el 18 de enero, 2018

“The Disaster Artist”: No queda otra que reírse

Autor:

Renato Gaggero

La trama está siempre al filo del dramón, de que exploten los traumas emocionales de Wiseau y se manifieste la tragedia… pero como soluciona todos los inconvenientes con su cuenta bancaria sin límites, la acción vuelve a su cauce como si fuera un rodaje tradicional.
Autor:

Renato Gaggero

Partiendo porque el título está muy bien puesto -The Disaster Artist-, más que una película es una especie de bizarra biopic del bizarro Tommy Wiseau. Locuras y obsesiones que van uniendo y esclavizando a Tommy y a su amigo Greg Sestero (protagonizados por los hermanos James y Dave Franco), que son lo que dan vida a esta historia que recrea el rodaje de la cinta de culto de Wiseau, “The Room” de 2003, de culto por lo mala, por considerarse una de las peores películas de la historia, pero que igual se exhibe sin parar desde entonces.

Esta versión juega con eso y ya acumula galardones: en el  Festival Internacional de Cine de San Sebastián, ganó la Concha de Oro y, recientemente, James Franco obtuvo el Critics Choice Awards y el Globo de Oro como mejor actor de comedia, ocasión en que invitó al escenario al verdadero Wiseau. Veremos si algún Oscar se suma.

Un singular taller de actuación, dirigido por una irreconocible Melanie Griffith, da la partida. Allí coinciden Greg y Tommy, y mientras el primero no logra  dar con lo que le pide la profesora, el segundo pasa los límites y termina subiéndose por las paredes (literal). Ello desata la admiración del tímido Greg y le pide al extraño “villano” Wiseau que le enseñe. ¿Craso o bendito error? Nunca se sabrá.

Si bien en un comienzo Tommy abre el mundo naive de Sestero llevándolo a vivir a Los Angeles para cumplir su sueño de ser actor, se va generando una manipulación que finalmente coarta la libertad del dulce chico “babyface”, frente a un Tommy de historia desconocida, pero llena de traiciones y abandono. Igual el pacto se hace con la pegajosa canción “Never gonna give you up” de Rick Astley como testigo.

La trama está siempre al filo del dramón, de que exploten los traumas emocionales de Wiseau y se manifieste la tragedia… pero como soluciona todos los inconvenientes con su cuenta bancaria sin límites, la acción vuelve a su cauce como si fuera un rodaje tradicional.

Así, a punta de escenas freaks, construyen una película, en el mero Hollywood -sin rendirle pleitesía a nadie de la industria que los desprecia, ni a la mismísima Sharon Stone- y la estrenan con alfombra roja y limusina. ¿El resultado? Descúbralo usted mismo… y no se vaya del cine hasta después de los créditos, cuando comparan escenas reales con las de la película (¡idénticas!).

Patéticamente divertida. 105 minutos, en todos los cines.