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Publicado el 07 de septiembre, 2018

Sergio Muñoz Riveros: 1973: Allende y la intromisión cubana

Analista político Sergio Muñoz Riveros
La trayectoria de Allende no había sido la de un extremista. Como parlamentario, su talante había sido más bien el de un socialdemócrata, de un republicano que mantenía buen trato con los adversarios. Pero la voluntad de legitimarse ante el PS, cuyos dirigentes coqueteaban con la opción armada; el afán de ganarse la buena voluntad del jacobinismo mirista; y ciertamente el deseo de ser considerado por Castro como un revolucionario cabal, lo hizo entrar en un terreno lleno de trampas.
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El pasado 29 de agosto, el periodista Camilo Egaña entrevistó en CNN al escritor cubano Norberto Fuentes a propósito de un nuevo libro, “Plaza sitiada”. Le preguntó muchas cosas, entre otras ésta: ¿Qué responsabilidad crees que tuvo Fidel Castro en el fracaso de Salvador Allende en Chile en 1973? Fuentes contestó sin vacilar: Muchísima. Agregó que Castro incluso había conseguido infiltrar al gobierno del presidente Allende.

 

Actualmente exiliado, Fuentes formó parte del círculo de confianza de Castro y conoció los secretos más turbios de su régimen, parte de los cuales narró en el libro “Dulces guerreros cubanos” (Seix Barral, 1999), un relato sobre el general Arnaldo Ochoa, fusilado en La Habana en 1989 junto a otros militares por supuesta traición. El periodista le preguntó a Fuentes si era cierto que Castro le había enviado armas a Allende, a lo que él contestó afirmativamente. ¿Despreciaba Fidel a Allende?, le consultó. Y Fuentes respondió así: Lo que puedo decir es que Fidel desconfiaba profundamente del proceso que encabezaba Allende, a quien culpaba de haber hecho demasiadas concesiones. Pensaba que no se podía hacer una revolución sin destruir al ejército de la burguesía.

 

La crisis que desembocó en el golpe de Estado de 1973 tuvo ante todo una génesis interna, derivada de los efectos económicos, sociales e institucionales que provocó el proyecto de “transición al socialismo” del gobierno de la Unidad Popular. En todo caso, la intervención extranjera gravitó en el desenlace. La de EE.UU. quedó ampliamente demostrada por la investigación que llevó a cabo la comisión Church en el Senado estadounidense en 1975. En el contexto de la confrontación global de la Guerra Fría, el gobierno de Richard Nixon estuvo dispuesto a hacer cualquier cosa para impedir que surgiera una nueva Cuba y no tuvo escrúpulos para alentar el derrocamiento de Allende. Fue, más allá de toda duda, el enemigo declarado. Distinto fue el caso de la intervención de Cuba, puesto que ella tuvo las características de una penetración amistosa, aparentemente solidaria, más bien hipócrita, que aprovechó la condescendencia de la izquierda chilena, sugestionada por la creencia de que Cuba era un ejemplo de sociedad superior.

 

Castro nunca creyó que una revolución verdadera pudiera hacerse con libertades públicas, elecciones periódicas, pluralidad de partidos, prensa libre, etc. Por eso, desconfió del camino legal y pacífico de la izquierda liderada por Allende. Frente a la elección presidencial de 1970, Castro mantuvo una actitud escéptica respecto de la posibilidad de triunfo de la izquierda, pero un mes antes cambió de opinión y dijo que, como cosa excepcional, una victoria electoral podía abrir paso al socialismo. Producido el triunfo de Allende por mayoría relativa, Castro aprovechó la amistad con él y las simpatías que tenía en el Partido Socialista para maniobrar con vistas a ganar posiciones en el entorno del líder chileno. Inmediatamente después de ser elegido en el Congreso Pleno, Allende restableció relaciones diplomáticas con Cuba. El encargado de abrir la embajada cubana en Santiago fue Luis Fernández Oña, oficial de la Dirección General de Inteligencia (DGI), quien asumió como encargado de negocios, pero cuya autoridad estaba por encima del embajador. La sede diplomática fue en realidad un enclave político de Castro en Chile para influir en el rumbo del gobierno de Allende.

 

Hubo una fuerza política que respondía directamente a las directrices e intereses del régimen de Castro: el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Fundado en 1965, estuvo respaldado desde La Habana en todos los ámbitos. Hasta su emblema rojo y negro era una adaptación del que lució el Movimiento 26 de Julio, antecedente del PC cubano. El MIR expresaba la estrategia castro-guevarista para la revolución en América Latina, cuyo eje era la lucha armada. Allende mantuvo relaciones equívocas con el MIR, lo que incluyó apoyó material para su funcionamiento clandestino. ¿Por qué lo hizo? Para ganarse la confianza de sus dirigentes, pero también porque sabía que el MIR contaba con el apoyo cubano; además, en la cúpula había un sobrino suyo, Andrés Pascal Allende, y el movimiento gozaba de las simpatías de su hija Beatriz, identificada profundamente con el régimen de Castro.

 

Hubo una publicación que expresaba las orientaciones de La Habana, la revista Punto Final, y una agencia de noticias, Prensa Latina, que funcionaba como altavoz de la isla. En ambas, cumplieron un papel destacado varios periodistas que se identificaban con la Revolución Cubana desde mediados de los 60, y que pasaron a colaborar con Allende cuando éste llegó a La Moneda, entre ellos Augusto Olivares, que se desempeñó como director de Televisión Nacional.

 

Nada grafica más elocuentemente la audacia de Castro que la visita a Chile que inició el 10 de noviembre de 1971. La tradición diplomática indicaba que la visita de un gobernante extranjero debía durar dos o tres días. Programar una visita de cinco días ya habría sido una exageración. Y sucede que Allende aceptó que Castro viniera por 10 días, lo que reveló el poder del visitante para imponer sus propios términos. Pues bien, cumplidos los 10 días, Castro no se fue y terminó quedándose… ¡por 24 días!, en desafío abierto a los deseos de Allende. Castro recorrió el país como candidato en campaña, pronunciando discursos incendiarios en los que daba lecciones de firmeza revolucionaria a la UP, en sintonía absoluta con el discurso ultrancista del MIR y del grupo dirigente del PS. La oposición no necesitó esforzarse mucho para dejar en evidencia la descarada intromisión castrista. En sus memorias, Carlos Altamirano, entonces jefe del PS, cuenta que Allende le pidió que intercediera ante Castro para que pusiera fin a su visita, a lo que Altamirano respondió que debía ser el propio mandatario quien lo hiciera.

 

En esos días, los partidos de derecha organizaron la Marcha de las Cacerolas para denunciar los graves problemas de abastecimiento, la cual se convirtió en una manifestación de repudio a la presencia de Castro. Hubo choques entre partidarios del gobierno y grupos de derecha. En las horas siguientes, el visitante le dijo al anfitrión que debía reprimir a los opositores, a lo que Allende respondió: “Acá yo soy el Presidente” (LT, 28/10/2001).

 

El acto de despedida de Castro, el 2 de diciembre en el Estadio Nacional, fue la expresión máxima de su provocación. Luego de afirmar que no había venido a  Chile a aprender nada en materia de elecciones, parlamento o instituciones caducas y anacrónicas, afirmó: “¡Regresaré a Cuba más revolucionario de lo que vine! ¡Regresaré a Cuba más radical de lo que vine! ¡Regresaré a Cuba más extremista de lo que vine!”  Por si fuera poco, instó a Allende al sacrificio si llegaba la hora.

 

“Castro se quedó tres semanas deliberadamente, para joder a Allende”, afirmó Norberto Fuentes en 2001 (LT, 28/10/2001), basándose en los comentarios que Castro hizo a su regreso del viaje. Fuentes cuenta que Tony de la Guardia, encargado de la seguridad de Castro durante su visita, relató entre risas años después que Fidel en Chile fue como un testigo de Jehová anunciando el Apocalipsis”.

 

La visita fue un regalo envenenado para Allende. Castro lo humilló en su propia casa y socavó gravemente su autoridad. ¿Por qué lo aceptó Allende? Por debilidad, sin duda. Por creer que Castro era el conductor de la revolución continental. Porque sintió que su propio lugar en la historia dependía de que los amigos de Castro en Chile no lo descalificaran como revolucionario. Todo esto daría para un estudio sobre los complejos que la personalidad de Castro fue capaz de provocar en muchos políticos avezados.

 

En el libro “La vida oculta de Fidel Castro” (Ariel, 2014), Juan Reinaldo Sánchez, guardaespaldas de Castro por 17 años, afirma que éste no creía en el camino legalista de Allende y que sus “verdaderos pupilos” eran Miguel Enríquez y Andrés Pascal Allende, líderes del MIR, a los que veía como futuros conductores de la revolución. “A la espera de alcanzar dicho objetivo –dice Sánchez-, Manuel Piñeiro y los servicios cubanos penetran y se infiltran en el entorno de Salvador Allende. Empiezan por reclutar al periodista Augusto Olivares, por entonces consejero de prensa del presidente Allende y jefe de la televisión pública. Según Barbarroja, Olivares, apodado ‘el Perro’, era “nuestro mejor informador” en Santiago. “Gracias a él, Fidel era siempre el primero en saber lo que ocurría en el interior de La Moneda. ¡A veces incluso antes que Allende!”, solía jactarse Piñeiro”.

 

El agente Luis Fernández Oña se casó con Beatriz Allende el 15 de septiembre de 1970. Fue el máximo representante de la línea intervencionista dictada por Castro. Se trata del padre de Maya Fernández Allende, actual presidenta de la Cámara de Diputados. En septiembre de 2007, él relató a la revista Punto Final N°647 lo siguiente: “Yo había recibido, como encargo del presidente Allende, cuatro archiveros que contenían documentación reservada. En un par de ocasiones le pregunté si quería que esos archivos se mandaran a Cuba, para protegerlos. Tenían documentos, grabaciones de reuniones de la Unidad Popular, fotografías, en fin. Me dijo: ‘Ud. debe encargarse de que estén seguros y de que nadie los conozca. Y si hay un golpe militar y están en peligro, quémelos’. Así lo hice, quemé todo”.

 

¿Qué decir frente a esto que no sea la confirmación de cuán penosa fue la actuación de Allende en el descalabro de 1973? En los meses finales, en medio de la tormenta, hablaba con frecuencia del suicidio, cuenta Altamirano en sus Memorias. Y es evidente que no fueron sólo sus enemigos abiertos los que lo llevaron a un callejón sin salida.

 

La trayectoria de Allende no había sido la de un extremista. Como parlamentario, su talante había sido más bien el de un socialdemócrata, de un republicano que mantenía buen trato con los adversarios. Pero la voluntad de legitimarse ante el PS, cuyos dirigentes coqueteaban con la opción armada; el afán de ganarse la buena voluntad del jacobinismo mirista; y ciertamente el deseo de ser considerado por Castro como un revolucionario cabal, lo hizo entrar en un terreno lleno de trampas. Hasta su guardia personal estuvo controlada durante un tiempo por el MIR y los asesores cubanos, lo que da la medida de sus confusiones.

 

Con los antecedentes disponibles hoy, se explican las vacilaciones de Allende para pactar con la DC, en julio de 1973, lo que quizás hubiera salvado el Estado de Derecho. Estuvo sometido a la presión abrumadora del PS en la línea de “avanzar sin transar”, de su hija Beatriz, que trabajaba en La Moneda, para que actuara como un revolucionario a la altura de Castro, y del propio régimen cubano, que le ofrecía “ayuda para el combate”. Mientras tanto, los grupos opositores más beligerantes optaban por la línea del derrocamiento y los militares ponían manos a la obra.

 

Más de tres mil hombres y mujeres de izquierda pagaron con su vida la ceguera política de aquel tiempo. Otros miles fueron encarcelados y torturados. Muchos otros fueron expulsados de sus lugares de trabajo o estudio. Decenas de miles debieron partir al exilio. La dictadura fue un inmenso retroceso en términos de civilización. Y porque fueron terribles las consecuencias no se pueden esquivar las causas, entre ellas el papel jugado por los intrusos. Fue demasiado doloroso el costo humano como para silenciar la influencia desquiciadora de Fidel Castro y su régimen en la tragedia de Chile.

 

*Sergio Muñoz Riveros es autor del libro “A partir de la UP” (2013, La Copa Rota).

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