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Publicado el 14 de septiembre, 2018

Sergio Micco: Dar gracias por vivir en democracia

Profesor del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile y miembro del Directorio de Voces Católicas Sergio Micco
Por definición, la política democrática es un proceso a través del cual se pacta pacíficamente cuál es la mejor forma de vivir en conjunto. No es equivalente a la regla de la mayoría.
Sergio Micco Profesor del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile y miembro del Directorio de Voces Católicas
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Llamamos septiembre mes de la patria, siendo entonces esta fecha una buena ocasión para conversar acerca de nuestra democracia, la que perdimos y la que tenemos. Dejemos a un lado, por un momento siquiera, las ramadas, empanadas y el magnífico vino tinto chileno. Ayer lamentamos el quebranto de nuestra república más que centenaria y hoy muchos dudan acerca de la bondad y eficacia de la democracia. ¿Es ésta capaz de cambiar favorablemente nuestras vidas? ¿No es inaceptable que los que obtienen más votos impongan sus valores e intereses a la minoría? Nuestra respuesta se contiene verticalmente en una frase: la democracia es el mejor régimen político existente o, a lo menos, todos los demás son peores a ella. Pasemos a defender esta tesis.

 

Quienes no concurren a votar aducen que, gane quien gane, nada muy importante pasará en sus vidas personales. Aceptemos este diagnóstico por unos minutos, aunque es falso, y digamos que quienes desdeñan la democracia por ineficaz debieran pensar no sólo en los beneficios que supuestamente no les da, sino que en los costos que le traerá el que ella no exista. ¿Por qué? Porque por definición la política democrática es un proceso a través del cual se pacta pacíficamente cuál es la mejor forma de vivir en conjunto. Los congresos congregan a los representantes del pueblo y en los parlamentos se “parla”; se usan las palabras, no los gritos; los votos y no las balas; se cuentan las cabezas, no se las corta. Cuando fracasa la política, es la violencia la que llega. Bien lo sabemos los chilenos.

 

La alternativa a las democracias de calidad son los nacional-populismos, de derecha a la europea o de izquierda a la latinoamericana. No es buena cosa el entregarse a manos de líderes elegidos por las masas, que se saltan las instituciones políticas, apelando a las emociones –sobre todo al miedo- y a las creencias intolerantes. En efecto, la experiencia enseña que así se nos infantiliza, se debilitan las instituciones políticas liberales, desfallecen las libertades civiles, se fortalece la opacidad corruptora y se crean economías empobrecedoras, producto de políticas de corto plazo, cambiantes y de alta irresponsabilidad fiscal.

 

La democracia no es equivalente a la regla de la mayoría. Veamos. En  ella no votan los postulados últimos: las creencias en Dios, libertad religiosa, dignidad de la persona, hallazgos científicos, etc.; se respeta la autonomía de comunidades que no necesariamente gobierna a los muchos: universidades, iglesias, empresas, medios de comunicación , etc.; se establece que las elecciones deben ser libres, competitivas, pacíficas, legales y regulares en el tiempo; el gobierno de los más se ve atemperado por la Constitución, y los derechos humanos, garantizados por tribunales, nacionales o internacionales, la separación de los poderes, el régimen de doble cámara legislativa, leyes de quorum calificado, el federalismo,  etc. La democracia no se debe igualar a la regla de la mayoría.

 

En el mes de patria debemos dar gracias porque vivimos bajo la bandera de la democracia, por muy imperfecta que ésta sea.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO

 

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