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Publicado el 15 de febrero, 2018

Rusia-FBI-Trump: Cómo entender la trama secreta

La trama Rusia – FBI – Trump viene llenando las páginas de los tabloides hace meses. La narrativa compite con el mejor guión de Misión Imposible: dosier, memo, colusión, ex agente, MI6, hackeo, Carter Page… Todas tienen su origen en un solo hombre: Christopher Steele. Por ello, para entender el tema, es importante apreciar cuál es la credibilidad del ex espía británico Steele, puesta en entredicho en los últimos días, y conocer el actuar peligroso y partidista del FBI que tantos resquemores ha provocado en Capitol Hill.
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La publicación de los informes

El pasado viernes 2 de febrero se conoció un polémico informe de cuatro páginas que elaboró el equipo de Devin Nunes, el republicano que preside el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes en el que se detallan abusos del FBI en la vigilancia a un miembro de la campaña presidencial de Trump.

El miércoles 7 de febrero, por otro lado, el Senado de los Estados Unidos publicó otro informe de 25 páginas elaborado por el senador Ron Johnson (R, Wis), Presidente del Comité de Asuntos de Gobierno y Seguridad Nacional, que alerta sobre posibles injerencias del Presidente Obama en las investigaciones de los emails de Hillary Clinton, y presenta serias dudas de cómo el FBI aplicó el estado de derecho en sus investigaciones respecto de la información clasificada del server privado de su Secretaria de Estado a favor de la entonces candidata, incluso con participación del propio Presidente Obama. Entre los múltiples mensajes de texto del FBI a los que se tuvo acceso para el informe, destacan los enviados en septiembre de 2016 entre dos de ellos, Peter Strzok y Lisa Page, quienes además mantenían una relación extramarital, en el que decían que el Presidente Obama “quiere saber todo lo que estamos haciendo”. Pero además el Sr. Strzok fue, hasta su remoción en julio del 2017, el agente líder en el consejo especial del equipo de Robert Mueller, que está investigando a Trump en el Rusiagate. Y fue removido porque se descubrieron numerosos mensajes de texto entre los amantes altamente críticos del Sr. Trump. Su despido recién fue dado a conocer en diciembre.

Y se está a la espera de la publicación del memo de respuesta de los Demócratas de diez páginas, cuya publicación no fue aprobada el viernes pasado en la tarde por motivos de seguridad nacional pero que está siendo redactada nuevamente.

El escenario es altamente complejo y extremadamente politizado. Trump nunca ocultó que privilegiaba una relación política relativamente práctica con los rusos dado el fracaso de sus antecesores con su política exterior. De ahí a asegurar que el millonario neoyorquino cometió algún delito del tipo de la injerencia de hackers rusos en la elección de los Estados Unidos del 2016, hay una distancia insalvable. Sin embargo, todo puede pasar y habrá que esperar cómo se desenvuelven los hechos. Pareciera que el asunto de los emails de Clinton está cerrado, aunque ahora surge una nueva arista con un tema de financiación rusa de su campaña política.

Pero de lo que no hay duda a partir de estos informes es que estamos una vez más ante casos de agentes de gobierno que ejercen el espionaje a la intimidad de los ciudadanos -el secuestro más maquiavélico de la libertad, pues la víctima desconoce el control al que su privacidad está sometida- impunemente. Como veremos, resulta particularmente aterrador que las escuchas dadas a conocer estos días hayan sido autorizadas sin un motivo consistente, y que sea el Estado, supuesto garante de nuestra libertad, el que preste sus recursos para acechar nuestra vida privada.

Lo que muestra una vez más que el gobierno sin control se corrompe e invade la esfera de privacidad de las personas sin respetar ningún tipo de garantía y de allí que frente al poder público los ciudadanos deben estar siempre alertas. Lo que queda claro a partir de estos informes es que los agentes de gobierno no conocen de límites frente a las libertades individuales y resultan sicarios del poder ilimitado con tal de alcanzar sus fines. Esta es la preocupación que está siempre latente en quienes vemos al Estado como la Hidra de Lerna y estos son los ojos con los que debe encararse la lectura de este artículo, que está lleno de datos y hechos para los interesados en detalles, pero que deja como corolario que la libertad de cada uno termina donde comienza el abuso del Estado.

El informe del 2 de febrero producido por el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes

El 17 de mayo del 2017 el Departamento de Justicia (DoJ) nombró un Consejo Especial de Investigación a cargo de Robert Mueller, Fiscal Especial y antiguo Director del FBI (2001–2013) para investigar una posible interferencia de Rusia en las elecciones presidenciales de 2016 de los Estados Unidos, incluyendo “cualquier lazo o coordinación entre individuos de la campaña del entonces candidato Trump y el gobierno ruso y cualquier otro asunto que pudiera surgir a partir de la investigación”. Esta tarea se inicia a partir de la declaración del entonces director del FBI James Comey ante el Comité Permanente de Inteligencia de la Cámara de Representantes quien confirmara en su testimonio la necesidad de estudiar una supuesta intromisión del Gobierno ruso en las elecciones de noviembre de 2016 consistente, según determinó la Agencia Central de Inteligencia (CIA), en el hackeo de correos del Partido Demócrata y del Partido Republicano para luego filtrar a Wikileaks sólo lo hallado de Hillary Clinton. Desde luego el tema estaba en los medios desde muchos meses antes.

A la fecha, y como grandes triunfos, el Comité que dirige Mueller ha logrado que la Fiscalía impute en la causa a Paul Manafort el 30 de octubre pasado, que fuera jefe de campaña de Trump entre junio y agosto de 2016, y a un subordinado suyo, Richard Gates. Por el jolgorio que provocó, pareció como si la investigación hubiera concluido que había efectivamente un delito relacionado con el hoy Presidente de Estados Unidos y el gobierno de Rusia, pero resulta que no. Todos los delitos de los que se acusó a Manafort son previos a la campaña de Trump, pese a que se supone que Mueller está ahí para dilucidar la posible interferencia de Rusia con las elecciones presidenciales, y tienen que ver con ocultar dinero al Gobierno y blanquearlo. Nada en relación con Rusia y menos con Trump. Visto lo visto, parece probable que Mueller haya escarbado en la basura para forzar a Manafort y Gates a colaborar con él en la persecución a Trump. También se ha sabido que otro señor que colaboró gratis en la campaña y al parecer estuvo en una sola reunión con Trump, George Papadopoulos, se declaró culpable de mentir al FBI acerca de contactos que tenía con agentes rusos, pero nada que ver con Trump. Finalmente, el 1 de diciembre pasado el ex asesor en Seguridad Nacional Michael Flynn renunció a su cargo por haber hecho declaraciones falsas al FBI acerca de una reunión que mantuvo en diciembre de 2016 con el embajador ruso antes que Trump asumiera su cargo para el diseño de la política exterior que tendría su Presidencia. Estas cuatro imputaciones hechas por Mueller hasta la fecha no tienen nada que ver con el asunto para el que fue designado.

El dosier Steele

Pero el punto más importante de la publicación del informe republicano del pasado 2 de febrero es otro. El FBI presionó a la Casa Blanca durante toda la semana previa para que no publicara el informe o lo hiciera con omisiones pertinentes. Ahora se sabe por qué. El memo de cuatro páginas publicado el viernes 2 de febrero informa sobre hechos perturbadores acerca de cómo el FBI y el Tribunal de Vigilancia de Inteligencia Extranjera (FISA) de Estados Unidos usaron su influencia en la elección del 2016 y las secuelas que provocaron.

No se necesita ser un libertario para quedar alarmado ante los detalles que revela el informe ya que confirma que el FBI y el DoJ, obtuvieron el 21 de octubre de 2016 una orden FISA (ley del senador demócrata Ted Kennedy y aprobada en 1978 por el Presidente Carter, que permite mediante una orden judicial especial la vigilancia secreta de estadounidenses cuando exista “causa probable” de que dicha persona esté involucrada en un posible espionaje o terrorismo) para vigilar a Carter Page, ciudadano americano y asesor voluntario relativamente menor en la campaña presidencial de Trump a partir de procedimientos fraudulentos.

En efecto la orden FISA para vigilar a Page fue basada en un dosier compilado por el espía británico Christopher Steele quien dejara el MI6 en el 2009 para abrir su propia empresa, el que a su vez fue encargado por la consultora Fusion GPS contratada por una firma de abogados de la campaña de la señora Clinton.

Steele, según se supo a partir de este informe, una vez elaborado su dosier se presentó ante el FBI “alarmado” por lo que había descubierto entre los rusos y Trump, sintiendo que debía cumplir una especie de deber cívico. El FBI cándidamente le creyó ya que en el pasado habían sido colegas y había sido confiable. Pero en el 2016 acudió al FBI como un consultor político pago, contratado por Fusion, subcontratista de la campaña de Hillary Clinton. Como todos sabemos, los investigadores de la oposición no son contratados para presentar un juicio considerado. Se los mantiene para limar a un oponente y beneficiar a un cliente.

El FBI debió haber actuado con sentido común. Que un hombre que ha estado fuera de los círculos de espías por siete años haya podido en unas pocas semanas y tan solo con unas cuantas llamadas desde Londres, donde vive, desenmarañar una conspiración internacional que había eludido a la CIA, FBI, MI6 y a toda otra agencia de inteligencia occidental que tiene acceso a las más sofisticadas herramientas de vigilancia globales, debió al menos haberle generado sospechas.

Sin embargo en lugar de proceder con cautela, el FBI se tragó el paquete completo. El ex Director James Comey testificó que el Bureau no pudo corroborar el dosier pero que de todos modos utilizó las órdenes FISA para vigilar a esta persona de la campaña de Trump porque el Sr. Steele había sido previamente una fuente “confiable” de información. El informe agrega que el ex subdirector del FBI por entonces, Andrew McCabe, declaró que “no se hubiera buscado ninguna orden de vigilancia FISA sin tal dosier” y que el FBI apoyó su pedido de la orden de vigilancia FISA citando “extensamente” un artículo en Yahoo News de septiembre 2016 que contenía alegatos contra el Sr. Page. Pero el FBI le ocultó al Tribunal que el Sr. Steele y Fusion eran también las principales fuentes para el artículo de Yahoo. En esencia, el FBI estaba citando al Sr. Steele para corroborar al Sr. Steele.

Y más grave aún, se revela que el FBI ¡no informó al Tribunal FISA que la campaña de la señora Clinton había financiado tal dosier!

A diferencia de una corte normal, el Tribunal FISA no tiene abogados contrincantes. El FBI y el DoJ se presentan ex parte como solicitantes y por lo mismo los jueces dependen del candor de ambos. Aun así, el FBI no le informó al Tribunal que el Sr. Steele estaba trabajando para la campaña de Clinton. El FBI retuvo al ex agente como fuente hasta que en octubre de 2016, habló con la revista Mother Jones sin autorización sobre esta investigación. Recién entonces el FBI lo despidió pero nunca le dijo a los jueces FISA sobre eso tampoco. Ni le relató sobre ninguno de estos sucesos en las tres renovaciones subsecuentes que hizo sobre las órdenes de vigilancia del ciudadano americano Page.

Desconocemos los motivos políticos del FBI y de los oficiales del DoJ, pero los hechos son los suficientemente dañinos. El FBI en esencia dejó que él mismo y el Tribunal FISA fueran usados para promover un tema mayor en la campaña de Clinton como fue el Rusiagate contra Trump ya que fue el FBI quien pidió una orden especial que se supone muy restringida para vigilar a un ciudadano americano de la campaña de Trump, basándose únicamente en información elaborada y pagada por la campaña de Clinton, sin la que no hubiera vigilado a nadie y ocultando la fuente al Tribunal que la otorga porque de lo contrario la orden hubiera sido denegada. El Sr. Steele y la consultora Fusion luego filtraron el hecho de la investigación a reporteros amigos para tratar de derrotar a Trump antes de la elección. Y continuaron filtrando todo esto a la prensa para echar sombra sobre la legitimidad de la victoria de Trump.

También se sabe que el FBI no fue honesto con el Congreso, ya que ocultó la mayoría de estos hechos a los investigadores en una reunión que se hizo sobre el dosier en enero 2017. El FBI no le dijo al Congreso sobre la conexión de Steele con la campaña de Clinton y la Cámara de Representantes tuvo que emitir citaciones a la consultora Fusion para descubrir la verdad. Tampoco declaró que continuó recibiendo información de Steele y Fusion aún después de haberlo despedido. El memo revelado dice que el intermediario del FBI fue el oficial del DoJ Bruce Ohr, cuya esposa, qué casualidad, trabaja para Fusion.

Los Demócratas están clamando que el memo, producido por personal Republicano es engañoso y deja afuera detalles esenciales. Están produciendo su propio sumario de la evidencia y ojalá se pueda ver pronto. Pero sí se sabe que los Demócratas no están desmintiendo (1) el hecho central que el FBI usó el dosier producido por un personaje contratado por Clinton para obtener la orden de vigilancia ni (2) la falta de transparencia sobre este hecho a los jueces del Tribunal FISA.

Tampoco puede entenderse bajo qué óptica la revelación del memo Republicano pone en peligro la seguridad nacional, excusa de quienes se oponían a que saliera la luz, entre ellos The Washington Post, ese que lleva como lema “La democracia muere en la oscuridad”.

Este memorándum no es el texto que va a acabar con la investigación del fiscal especial Mueller sobre la supuesta cooperación de Trump con Rusia en el hackeo de los mails a Clinton, si es que esto fuera lo que descubre en algún momento. No le da una excusa creíble al Presidente para cerrarla, ni ofrece una prueba definitiva de que estuviera manchada desde su origen por motivos partidistas.

El FBI de Edgar Hoover y el actual: ¿se reedita la historia?

Pero lo cierto es que el FBI ha sido acusado de abusar rutinariamente de las órdenes FISA y de mentir a los tribunales que las conceden desde hace años.

Durante los 30 años que fue presidente del Subcomité de Presupuesto el Demócrata por New York John Rooney fue el aliado más eficaz que tuvo el temido director del FBI J. Edgar Hoover. Rooney personificó a la perfección una era en la que los Demócratas ayudaban y financiaban con inmenso entusiasmo la vigilancia enloquecida del FBI de los activistas políticos que atraían la ira de Hoover. El retiro de Rooney en 1974 fue acompañado de una etapa radicalmente diferente, con un control legislativo, agresivo y riguroso del organismo. Una nueva generación de Demócratas, liderados por el Senador Frank Church y el Representante Otis Pike, valientemente demostró estar dispuesta a eliminar los abusos de los derechos constitucionales de los americanos que por largos años habían sido el pan de cada día de Hoover.

El Comité que presidía Church, junto con la importancia de tener por décadas la Ley de Libertad de Información expusieron lo que alguna vez fueron documentos “top secret” y que los oficiales del FBI nunca imaginaron verían la luz del día. Esos archivos detallaban la escala a la que puede llegar el mal comportamiento y abuso político cuando el Ejecutivo tiene el poder y no existe control de parte del Congreso. Por ello resulta impensable que los Demócratas, o para el caso los progresistas americanos en general, vuelvan hoy a defender las afirmaciones del FBI de que sus prácticas de vigilancia deben permanecer “ocultas” al público.  Cualquiera dispuesto a creer que el actual FBI es rigurosamente profesional y políticamente neutro está subestimando los hechos. El Sr. Page no es culpable más que de perseguir infructuosos lazos de negocios con Moscú y de parlotear frases sobre Putin. La renovación por tres veces sucesivas de las órdenes de vigilancia a pedido de oficiales incluyendo al propio Comey, al subdirector del FBI McCabe y al procurador General Rosenstein. recuerda la interminable custodia del Bureau del asesor más cercano de Martin Luther King, Stanley Levison. Año tras año, las grabaciones de Levison no producían ninguna evidencia para apoyar la hipótesis del FBI de que era un agente soviético. Sin embargo, los sucesivos Procuradores Generales, incluyendo a Bobby Kennedy, se apresuraban en  aprobar la vigilancia del FBI de Levison y su familia.

La actual vigilancia del Departamento de Justicia de los ciudadanos americanos no es más defendible que la que se hizo con Levison en 1960. Pero la claridad de esta verdad es eclipsada por el afán Demócrata de encubrir, excusar y defender la conducta del FBI, algo que sus predecesores de 1970 hubieran rápidamente denunciado despavoridos. La ignominiosa ironía es que el odio partidista que nubla el juicio está llevando a muchos Demócratas a ignorar y abandonar las enseñanzas de la historia del FBI que tan caro costaron a las minorías que ellos mismos dicen defender.

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