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Publicado el 28 de diciembre, 2017

Roberto Ampuero y Mauricio Rojas: La solidaridad y los dilemas de la centroderecha y los liberales

Este texto, que adquieren mayor relevancia luego del triunfo Sebastián Piñera en las elecciones presidenciales, aparece en el libro "Diálogo de Conversos II", publicado en el mes de septiembre por ambos autores.
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La solidaridad y los dilemas de la centroderecha y los liberales

Cualquier “partido de los contentos” está perdido en política, porque la función clave de la política es recoger y canalizar los descontentos, apuntar a lo inaceptable y subrayar lo mejorable. Incluso para ser conservador y tener éxito político hay que ser crítico del presente, para no hablar de un liberal que, por definición, debe ser rebelde y jugar el papel de moscardón molesto que Sócrates, por boca de Platón, se asignaba a sí mismo.

Roberto: Le hemos dado una mirada crítica al Frente Amplio y, en ese contexto, a un fenómeno generacional complejo. Pero eso es solamente un lado del asunto. En la protesta juvenil hay también elementos positivos y un rol cuestionador que es importante sopesar y recoger. Además, en su canalización hacia el radicalismo político existe también un fracaso o ausencia de otras alternativas que es menester analizar.

Mauricio: Una de las cosas más trágicas y contraproducentes es cuando las generaciones adultas solo ven en los jóvenes desorientación y equivocación. Los jóvenes pueden, sin duda, estar desorientados y equivocados en diversos sentidos, pero una generación más adulta que no es capaz de ver más allá de eso está perdida, porque quiebra toda posibilidad de conexión, aprendizaje y diálogo intergeneracional e imposibilita darles liderazgo a quienes pronto se harán cargo de nuestros destinos. Además, es muy importante no confundir, como hizo el gobierno actual, la articulación ideológica, que es minoritaria, con un sentimiento difuso de desconformidad, insatisfacción o crítica para con la realidad que a uno le ha tocado vivir, lo que es absolutamente natural y esencial en los jóvenes, ya que de otra manera no serían sino “viejos chicos”. El motor fundamental del progreso es justamente esa insatisfacción natural con las cosas “como son” y la gran tarea de la juventud no es ver el vaso medio lleno, sino medio vacío, justamente para urgirnos a seguir llenándolo.

R: Tocas el tema desde una perspectiva esencial, la comunicación intergeneracional. Esta diferencia entre articulación ideológica e insatisfacción subyacente es clave. El ejemplo de lo que ocurrió con las pensiones es muy instructivo al respecto. Se trata de una demanda muy amplia, sentida y simple: “no quiero ser un viejo pobre, quiero tener una mejor pensión”, que se transforma, al ser articulada ideológicamente por grupos radicales, en “No más AFP”. La verdad es que lo uno no tiene, en sí mismo, nada que ver con lo otro y que la demanda de mejores pensiones se podría haber canalizado de maneras completamente distintas, pero para ello habría que “haber estado allí”, empatizando y liderando, rayando la cancha de una cierta manera y no de otra. Esa fue la clave del éxito de Luis Mesina y sus compañeros, que lograron darle una canalización profundamente anticapitalista –su gran objetivo no es mejorar las pensiones sino destruir el mercado de capitales chileno, que es el corazón de aquel capitalismo exitoso y pujante que aborrecen– a un sentimiento difuso que una vez estructurado ideológicamente se hace muy difícil de reconducir.

M: Muy pertinente e ilustrativo el ejemplo. Es lo mismo que ocurrió el 2011, donde un malestar y un cambio generacional de valores muy difusos terminan siendo articulados ideológicamente y encuadrados en un imaginario político estructurado por grupos militantes de izquierda. De esa manera asumen un carácter antisistémico y se formulan en términos de “no al lucro” y de demandas estatizantes de la educación que en sí nada tenían que ver con el malestar subyacente, que igualmente se habría podido interpretar como un deseo de mayor participación en los logros de “el modelo”. Pero nadie estuvo allí para disputarle la conducción del descontento y el rayado de la cancha a la izquierda radical. Ganaron por walkover, producto, en medida fundamental, de la actitud conformista y economicista de la centroderecha, de su carácter de “sector de los satisfechos” y gran partido del vaso medio lleno. Esa postura existencial la hace incompatible con la juventud en cuanto tal, es decir, como fermento crítico del cambio social y catalizador de la rebeldía y la indignación ante todo aquello que no funciona o que puede funcionar mejor. Esa es la madre del cordero de la derrota en la “batalla de las ideas” del 2011 y le seguirá penando a la centroderecha mientras no adopte una disposición distinta, crítica y autocrítica, frente a la realidad circundante.

R: La verdad es que cualquier “partido de los contentos” está perdido en política, porque la función clave de la política es recoger y canalizar los descontentos, apuntar a lo inaceptable y subrayar lo mejorable. Incluso para ser conservador y tener éxito político hay que ser crítico del presente, para no hablar de un liberal que, por definición, debe ser rebelde y jugar el papel de moscardón molesto que Sócrates, por boca de Platón, se asignaba a sí mismo.

M: Es un rol crítico que, de no ser asumido de manera constructiva, le queda servido a las alternativas radicales.

R: Es fácil ser revolucionario de ese tipo: no reconozco tradiciones, el mundo parte con mi arribo, toda deficiencia debe ser arrancada de raíz, no llegué a modificar, mejorar ni perfeccionar, sino a partir de mi propio punto cero. “Am deutschen Wesen mag die Welt genesen”, decía el poeta alemán Emanuel Geibel, lo que en este caso podríamos parafrasear diciendo: “Nuestra alma ha de ser el elixir para la salvación del país”.

M: Habitualmente somos muy críticos del Frente Amplio o, en general, de la nueva izquierda, pero tenemos que entender que es el hijo de nuestras ausencias, de nuestra indiferencia, de esa incapacidad de ver la parte medio vacía del vaso, de nuestro estar tan satisfechos con la parte medio llena. La insatisfacción y el descontento son como perros sin dueño, si no los acoges un día se van con otro y pueden terminar mordiéndote. Es lo que pasó el 2011 y también pasó con las pensiones, y seguirá pasando, una y otra vez, porque la falta de sintonía y empatía con el descontento es políticamente fatal.

R: Fíjate que ahí está la importancia de poder generar –como sector, como partidos, pero también como centros de estudios y en cuanto intelectuales públicos– sensores con respecto a la sociedad en su más amplia diversidad. Hay un elemento de sensibilidad social que la izquierda en general maneja muy bien y que es la fuente de sus éxitos, y también la honda de las soluciones presurosas que difunde, en especial cuando no está en el poder. Tiene buenos sensores para ir recogiendo y movilizando las demandas que emergen, los dolores, las ausencias, las tristezas, las insatisfacciones. Pero cuando pierde esa sensibilidad, como le pasó a la Concertación durante su larga permanencia en el poder, termina en la bancarrota política, como un cascarón vacío sin más funciones que aferrarse al poder y dar pega a sus funcionarios y militantes. Sin esos sensores o cuando están atrofiados, y esta es la debilidad estratégica de la centroderecha, se carece de la capacidad de anticiparse a los cuellos de botella y las presiones que se van a producir dentro de la sociedad en un período de corto, mediano o largo plazo. Y por eso se está habitualmente relegado a la incómoda posición de tener que reaccionar, explicar, tratar de frenar, es decir, de no liderar sino simplemente estar a la defensiva y contener.

M: Esa es la gran autocrítica que “el sector” debe hacerse a fin de poder desarrollar liderazgos proactivos, pro futuro, y no solamente defensivos, centrados en decir “éstos no tienen razón” o “éstos son un peligro”, y finalmente argumentar de la forma que, a mi juicio, es la peor de todas: “acá tenemos que hacer algo porque si no van a venir los del Frente Amplio o los comunistas y nos van a comer vivos”. Hay que corregir y mejorar lo que hay que corregir y mejorar no por la existencia de un peligro político real o imaginario, sino porque es justo hacerlo, porque nos preocupa, porque lo vemos como algo que en sí es inaceptable e indignante. Esto se llama idealismo en el mejor sentido de la palabra, es decir, hacer algo por que uno cree en ciertos valores e ideales, lo otro es mero oportunismo.

R: Y esto tiene mucho que ver con un hecho sociológico que ha estado presente como factor facilitante en los grandes episodios de populismo, ya sean históricos o presentes: la lejanía –vivencial y mental– de las élites o los sectores dirigentes respecto de los dirigidos. Ello crea un “vacío de representación” y deja sin dueño al “mastín del descontento”, como lo llamaste. Esto no quiere decir que los lideratos populistas emergentes salgan “del pueblo” o compartan sus circunstancias vitales. De ser así no tendríamos un Trump en la presidencia de los Estados Unidos y movimientos como Podemos en España o el Frente Amplio chileno no tendrían posibilidad alguna de éxito. Lo que se hace posible de esta manera es la emergencia de nuevas élites, con discursos competitivos que buscan captar los sentimientos y deseos sociales no canalizados.

 M: La democracia trata siempre de eso, de una lucha entre élites por el poder, y, en los hechos, poco tiene que ver con la fórmula de Lincoln en su célebre alocución de Gettysburg: “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Lo que distingue a la democracia de otros sistemas de gobierno es que las élites luchan por el poder pacíficamente, por medio de elecciones abiertas y se someten a sus resultados. Pero volviendo al tema de las carencias de la centroderecha hay que recordar que han existido intentos interesantes de romper las distancias y hacerse “popular”. El más connotado fue el de la “UDI popular” bajo la conducción de Jaime Guzmán y el impulso juvenil de gente como Pablo Longueira y Andrés Chadwick. Allí jugó un rol clave el compromiso cristiano con los pobres y la decisión de disputarle los sectores populares a la izquierda. Retomar ese impulso, ya lejano en la UDI, debería ser de vital importancia para sectores renovadores de la centroderecha como Evopoli, si bien planteado desde la óptica más liberal que caracteriza a ese partido. Ahora, en una clave más cercana al impulso vocacional que algún día representó la UDI popular veo a algunos políticos jóvenes de gran potencial, como Julio Isamit y sus Republicanos.

R: Agregaría que hoy hay que entender lo popular en un sentido mucho más amplio que en el pasado, incluyendo también a aquella parte de las clases medias emergentes que aún vive en o cerca de la estrechez económica, y puebla grandes comunas populares como Puente Alto y La Florida. Ello implica presencia y cercanía, que solo puede lograrse estando allí, incorporándose en jornadas de trabajo, ayuda, solidaridad y formación. Esa es la única forma, la tilde en carne propia de aquello que angustia y marca la vida de una mayoría de nuestros compatriotas. Esta vivencia, sin por ello despreciar o dejar de lado las lecturas y la formación teórica, es decisiva. Solo así se puede hablar con credibilidad de un “nosotros los chilenos”. Ahí hay una mirada que volver a lanzar sobre Chile, pero no solamente la del cientista social, sino la de la experiencia de quien se siente un misionero, que participa y conoce el destino de otras personas, de otra cultura o subcultura, de otras condiciones de existencia. Y no veo que esto pueda eludirse, que pueda ser reemplazado por lo teórico, si es que uno quiere tener un impacto político significativo.

M: Hay, en buenas cuentas, que reivindicar ese pathos o pasión que un día nos llevó a nosotros a la izquierda, el sentido de rebeldía ante la injusticia o las condiciones indignas bajo las que puede vivir el ser humano que, justamente por no encontrar otros caminos, te puede llevar a la utopía revolucionaria, al delirio del borrón y cuenta nueva, a la voluntad de arrasarlo todo para construirlo todo de nuevo. Esto nos lleva a lo que para mí es la pregunta esencial de la política desde una perspectiva liberal: ¿por la libertad de quiénes estamos preocupados? Si la respuesta es que solo se trata de mi libertad o de la libertad de quienes tienen medios para vivirla y gozarla plenamente, entonces estamos en una vereda que no es la mía. A mi juicio, la única respuesta éticamente defendible es que debe tratarse de la libertad de todos y que para que ello sea posible se requiere no solo tener acceso a la libertad formal, que en sí es muy importante, sino también a las condiciones de su ejercicio real, ya que la libertad, para realizarse, requiere del acceso a determinados medios y capacidades o, para ponerlo de otra manera, una igualdad básica de posibilidades.

R: Es la diferencia entre el “revoluzzer” que no quiere dejar títere con cabeza, como dicen los alemanes, y el rebelde, de Albert Camus, que siente y sufre la injusticia, y desea superarla, y no imponer una injusticia adicional en nombre de otra. Esta línea de pensamiento, con la que concuerdo plenamente, es aquella asociada con el premio Nobel Amartya Sen y su idea del desarrollo como expansión de la libertad lo que, a su vez, requiere del acceso universal a ciertos derechos, recursos y capacidades. La libertad tiene una dimensión social, como dice Sen, y una comunitaria, como destaca el británico Jesse Norman, que no pueden desconocerse, y presupone la existencia de una “sensibilidad social liberal” frente al destino particular de los seres humanos. La libertad debe vivirse, no sólo definirse teóricamente. Lo segundo nos prepara para un debate de élite, lo primero nos permite enraizar profundamente la libertad en la sociedad. La peor pregunta que un pobre puede hacerle a un liberal teórico es ¿y qué hago con esa libertad tan abstracta e inaccesible que me propones? Siento que en ese sentido a menudo nos falta conocer la “práctica” de aquellas circunstancias sociales en que la libertad se hace impracticable, una quimera inalcanzable que puede volverse burla cruel. Creo que mientras no asumamos esas dimensiones de que hablan Sen y Norman, nuestras ideas no tendrán mayor relevancia social ni política.

M: La pregunta políticamente esencial que hay que formular hoy es: ¿qué falta en esta sociedad para que todos los individuos puedan decir que es una sociedad libre y justa? Porque mientras la libertad sea un privilegio de algunos y no algo que es básicamente accesible a todos, esa sociedad va a ser considerada como injusta y va a ser cuestionada. Y aquí se trata de partir de lo concreto y lo cotidiano, no de las abstracciones, y preguntarse por las libertades que le faltan a la gente común, libertades que tal vez nos puedan parecer muy pequeñas, pero que son esenciales para quienes no las tienen. Como la libertad de salir a la calle sin sentirte amenazado por la delincuencia o de poder buscar trabajo en todo Santiago, porque se dispone de la infraestructura de transporte que lo hace posible sin tener que sacrificar tres o cuatro horas extra al día. O de poder realmente elegir escuela para tus hijos o tener acceso expedito a la atención de salud. Y así podríamos seguir e incluso hacer un mapa de la falta de condiciones básicas para el ejercicio real de la libertad a lo largo y ancho del país, y allí tendríamos un catálogo de las grandes tareas políticas que el liberalismo debería enfrentar para ampliar la libertad de todos.

R: En teoría literaria hay un concepto de Mijail Bajtin que viene al caso llevarlo a este análisis político. Simplificando: este ruso, perseguido por Stalin desde luego, destaca la importancia de la “novela polifónica”, que es capaz de recoger los diversos lenguajes y sensibilidades de una etapa o sociedad.

M: A menudo falta esa polifonía en la centroderecha y los liberales, y se escucha solo una voz, una solo de elite, lo que empobrece las fuentes mismas del análisis e inflexibiliza la capacidad de entender al conjunto de la sociedad. Es un riesgo que termina paralizándote e impidiéndote entender lo que palpita bajo la superficie y se manifiesta sobre ella.

R: Todo esto me lleva a reflexionar sobre cosas que están vinculadas y que, al mismo tiempo, son muy sencillas. Primero, hay que estar conscientes de cómo resuena la palabra libertad individual de la Plaza Italia hacia arriba y cómo resuena en un barrio popular, en un sector donde vive una clase media acogotada. Hay que ver eso, hay que sentirlo, porque si lo hacemos entenderemos que una palabra como libertad, que naturalmente suscita una aprobación general, puede tener significados radicalmente distinto dependiendo del contexto social en que se use.

M: Porque para unos se tratará de la llamada “libertad negativa” (que no se limite mi libertad), mientras que para otros de la “libertad positiva” (acceso a condiciones y recursos posibilitantes de la libertad), usando las célebres categorías de Isaiah Berlin. Para los primeros, predominará el principio de no coacción (en concreto, impuestos bajos, poca redistribución y mínimo de regulación estatal), para los segundos, el principio de solidaridad (carga tributaria e intervenciones políticas que posibiliten la igualdad básica de oportunidades para ser libres).

R: Es necesario cargar de fuerza, energía y convicción esta palabra: solidaridad. No solamente debe ser una palabra que maneja la izquierda, sino que hay que ponerla en el centro del discurso político tanto liberal como del centro y de la centroderecha, y hablo de solidaridad no solo con aquellos que viven dentro de Chile, sino también con aquellos que viven en países donde las circunstancias, como en Venezuela hoy, son inaceptables. Cuando uno se solidariza no solamente está tomando una decisión sobre lo que es justo o injusto, lo que debe ser y no debe ser, lo que corresponde y no corresponde, sino que, al mismo tiempo, y fuera de ayudar a alguien, al más débil o al necesitado, se está educando, se está formando a sí mismo, va ganando en sensibilidad, lo que es clave sobre todo para los sectores juveniles.

M: Esto es tan esencial que merece un tratamiento más en detalle. Si estudiamos los países occidentales más exitosos, nos daríamos cuenta de que se hicieron prósperos y son exitosos justamente porque tuvieron una igualdad básica de oportunidades que extendió y le dio contenido real a la libertad formal. Los países escandinavos y en especial Suecia, con sus campesinos libres y propietarios y sus escuelas populares tempranas, son un ejemplo muy destacado de ello, pero también lo es la sociedad norteamericana de los colonos-farmers. Ello apunta, tal como la investigación contemporánea lo corrobora, a la existencia de una interdependencia dinámica entre igualdad básica de oportunidades y desarrollo exitoso. La explicación de ello es casi una obviedad. Cuando todos los habitantes de un país, o al menos la gran mayoría, tienen oportunidades reales de desplegar libremente sus vidas y realizar su potencial creativo, el crecimiento tiende a ser mucho mayor. Esa es la gran enseñanza de Adam Smith: mientras más ampliemos y potenciemos las interacciones que forman lo que Hayek llamó el orden espontáneo de la libertad, más creatividad social, más experimentos y, por ende, más progreso va a haber. Esa es la clave del milagro de la economía de mercado que tanto ha hecho progresar al mundo: multiplicar los centros autónomos de decisión económica y social, permitiendo así que una gran cantidad de personas, ojalá la gran mayoría, sean los protagonistas y propulsores del progreso.

R: Al gran mutualista francés Pierre-Joseph Proudhon se le atribuye la siguiente frase: “¡Multiplicad vuestras asociaciones y seréis libres!” Y haciendo una paráfrasis de aquella sabia frase podríamos decir: “¡Multiplicad vuestros hombres realmente libres y seréis prósperos!”

M: Retomando el principio mismo de solidaridad –o de responsabilidad mutua, como también podríamos llamarlo– hay que entender que se trata del elemento constitutivo fundamental de la vida en sociedad. De hecho, el concepto de solidaridad está relacionado con el de sociedad (societas), tal como los romanos lo entendían en su sentido jurídico, e implicaba la responsabilidad común por una empresa colectiva. Su origen es la palabra solidus, es decir, entero, compacto, firme o sólido y, más concretamente, el in solidum, que es la responsabilidad común por las deudas de una sociedad o empresa. Y eso sigue, en lo esencial, siendo así. Renunciar a un concepto como este, con su contenido de corresponsabilidad ineludible, equivale, en la práctica, a renunciar a la política como tal, ya que la política, en su esencia, no es más que la organización de esa solidaridad que nos debemos para hacer posible la vida “en sociedad”.

R: Lo del in solidum que mencionas como deuda solidaria común merece un análisis particular urgente entre los dirigentes y miembros de los partidos de centroderecha. La diferencia con la izquierda no debe estar en que unos se dan cuenta antes y otros después de las turbulencias sociales que se aproximan, sino en que unos saben, conocen y tienen el know how para resolver los desafíos y los otros se enamoran de la utopía pintada en el horizonte y sin saber ni construir la nave para llegar allá. También esta forma de ver las cosas difiere tajantemente del concepto de solidaridad que he escuchado con frecuencia en círculos liberales, donde se dice que la solidaridad o es voluntaria o no lo es, ya que si es impuesta deja de ser solidaridad y pasa a ser una obligación.

M: Conozco bien esa forma de ver el asunto y sus implicaciones respecto de la legitimidad moral de la redistribución organizada vía impuestos, es decir, coactivamente. Pero hay que hacer notar que la voluntariedad absoluta respecto de si socorrer o no al prójimo necesitado ni siquiera es compatible con la caridad cristiana y, tal como lo ha afirmado una larga serie de pensadores, desde Santo Tomás de Aquino hasta John Locke, existe un deber de caridad y, no menos, un derecho a ella que incluso condiciona y, en casos extremos, se impone al derecho de propiedad. Este argumento está bien desarrollado por Locke en su Primer tratado sobre el gobierno civil, donde podemos leer: “la caridad da a todos los hombres un título sobre lo que le sobra a los que mucho poseen a fin de mantenerlos alejados de la necesidad extrema, en tanto carezcan de medios para subsistir de otra manera”. Se trata de un argumento in extremis, pero no por ello sin importancia conceptual, que simplemente repite lo que Santo Tomás afirma en la Suma Teológica, llegando a decir: “En este caso tiene aplicación lo que afirma San Ambrosio: Da de comer al que muriere de hambre; si no lo alimentas, lo mataste”.

R: La cuestión que debiera ser la divisoria política fundamental no debería estar en torno a la solidaridad en sí misma, sino en torno a cómo la organizamos. La izquierda, y lo plantea sin complejos, afirma que es la clase política la que debe decidir y organizar mediante el Estado el uso y la distribución de los recursos destinados a fomentar una mayor solidaridad. Por lo tanto, lo que busca es una delegación del poder del contribuyente a la clase política, que es la que resulta empoderada gracias a nuestros recursos comunes y puede, de esta manera, ponerle su sello ideológico. Y esta es la cuestión clave para la izquierda: no la solidaridad o la redistribución en sí misma, sino su uso como arma para realizar sus designios, y por ello se opone de manera tajante a cualquier forma de organizar la solidaridad empoderando directamente a los ciudadanos, es decir, dándoles a ellos, vía un sistema de vouchers y libre elección, el poder de decidir, por ejemplo, qué escuela, consultorio de salud, administrador de pensiones o centro de vejez ellos prefieren.

M: Ese es el meollo del asunto: el poder, el propio o el de otros sobre nuestras vidas. El empoderamiento liberal se basa en la idea de que los recursos deben ir directamente a la gente con la que debemos solidarizarnos a fin de cubrir sus carencias básicas de recursos y oportunidades. En principio no hay objeción alguna a pagar impuestos con fines redistributivos, pero no para solidarizarse con la clase política o la burocracia estatal, sino con la gente que no tiene recursos propios, a fin de que pueda decidir con autonomía cómo conforma sus elecciones vitales básicas. Además, este principio de autonomía personal es, en general, el único que puede funcionar de una manera que se adecue y potencie nuestra creciente diversidad. El tiempo de las soluciones homogéneas, la centralización y las decisiones “desde arriba” ya pasó, y solo se mantiene en la esfera política como una reminiscencia de un pasado que hoy lastra nuestras posibilidades de desarrollo. En una sociedad tan diversa como la de hoy es indudable que quienes mejor pueden encontrar las soluciones para sus necesidades vitales son las personas mismas, y no la clase política o la burocracia estatal.

R: Esto atañe a una confusión que es funesta desde el punto de vista liberal. Se cree que hablar de solidaridad social o redistribución implica hablar automáticamente de expansión del Estado. Pero hay una alternativa distinta, que tú has ejemplificado en tus textos sobre la transformación liberal –es decir, orientada a empoderar a la gente y aumentar así su libertad– del Estado de bienestar sueco. Creo que esta es la alternativa que hay que desarrollar en oposición a la alternativa estatista-paternalista de la izquierda, que considera al Estado una fuente generadora de riqueza o impresora de papel moneda.

M: Y lo más interesante en el caso de Suecia es el papel jugado por la socialdemocracia en esa transformación liberal de un modelo que fue el más estatista que se pueda imaginar en democracia. La aceptación de una redefinición fundamental del Estado de bienestar, definiéndolo prioritariamente como garante y no como gestor de los servicios públicos del bienestar, fue adoptada por la socialdemocracia al entender que para darle sustentabilidad a su creación más preciada, el Estado de bienestar, había que adelgazarlo y, sobre todo, romper todo tipo de monopolio público, abriéndole paso a la concurrencia –incluida la de empresas con fines de lucro– y devolviéndole a los ciudadanos el poder de decisión.

R: Eso es ser moderno e inteligente, esa es la izquierda renovada que tanta falta nos hace. Pero en lugar de ella vemos surgir esa nueva vieja izquierda que representa el Frente Amplio, con sus soluciones del pasado para problemas del futuro. Es una verdadera tragedia: ¡tan jóvenes y tan viejos a la vez!

M: Creo que a partir de estas reflexiones llegamos a lo que podría ser la base de un  amplio consenso sobre el rumbo a seguir que abarcase desde la centroderecha a la izquierda de orientación socialdemócrata pasando por los diversos centros que hoy se perfilan. Sus principios rectores podrían ser los siguientes: Libertad con solidaridad, igualdad básica de oportunidades, potenciación de la diversidad mediante el empoderamiento ciudadano, lucha decidida contra la corrupción y, finalmente, combate a todo monopolio, sea éste público o privado. Esta sería la base de una especie de new deal, un gran acuerdo para una sociedad chilena que pueda proyectarse hacia el futuro potenciando, mediante la mayor libertad real de sus ciudadanos, la riqueza de su creciente diferenciación.

R: Disculpa, no sé si ya lo mencionaste, pero yo agregaría lo de la meritocracia como escalera real, no como recurso retórico, para la movilidad social. La meritocracia debe comprender peldaños reales, no peldaños hábilmente pintados en un fresco. Meritocracia como promesa y realidad, no como trompe l’oeil. Al new deal le agregaría eso.

M: Quisiera recalcar el concepto de new deal, con la búsqueda de un nuevo consenso o nuevo trato que pueda extenderse mucho más allá de “nuestro sector”, ya que eso es lo fundamental para darle continuidad a nuestro viaje y quilla a nuestra embarcación, evitando los dos males o pecados capitales de una política que aspire a darnos más bienestar: los bandazos políticos y la inestabilidad de las reglas del juego. A su vez, esto requiere de una gran generosidad y entender que lo esencial para que tengamos un Chile de progreso no es que siempre gobierne un partido o una coalición dada, sino que se gobierne a partir de un cierto mínimo de ideas y un rumbo compartido para nuestro largo viaje como nación.

Roberto Ampuero y Mauricio Rojas: Senior Fellows de la Fundación para el Progreso (FPP)

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