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Publicado el 16 de enero, 2018

Primer combate: la desigualdad

La crítica de la desigualdad de la riqueza no presenta una genuina preocupación por la condición de vida de los más pobres o por la falta de desarrollo de los países.
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El Partido -único, por supuesto- protagonista de la novela 1984 de George Orwell profesa una ideología llamada Socing: Socialismo Inglés. El lema de dicho partido es el siguiente: “La guerra es la paz, La libertad es esclavitud, La ignorancia es la fuerza”

1984 es un libro de referencia en la literatura antitotalitaria porque ilustra la importancia que tiene para el Comunismo el dominio del lenguaje. El régimen totalitario en esta novela no sólo se preocupa por reescribir diariamente el pasado. También se empeña en definir el significado de las palabras en función de sus intereses políticos. Un Estado –o grupo de poder- que es capaz de decidir e imponer el significado de las palabras aun cuando éste sea diametralmente opuesto al original es un Estado que ha alcanzado el poder absoluto.

Este anhelo de la izquierda por someter el lenguaje a sus intereses es sólo comparable con el que tiene por someter al otro gran referente de organización espontánea humana: el mercado. La izquierda recela de toda organización en la que las personas acuerden voluntariamente, porque no tolera no tener el control de las voluntades ajenas. Por eso basa gran parte de su labor en intentar controlar el mercado y el lenguaje, dos exponentes exitosos del interactuar evolutivo del hombre.

En el caso del lenguaje sabe que muchos términos tienen carga ideológica y, por lo mismo, debe controlar aquellos que mejor reflejan sus prioridades.

Quizás por el empeño impuesto –parecido al trabajo de Joseph Goebbels para el régimen nazi-, quizás por el descuido de la derecha, lo cierto es que la izquierda ha tenido gran éxito en cambiar el significado de varios términos. Y cuando ya ni marxistas ni posmarxistas claman por la lucha de clases, es preciso, sin embargo, seguir hablando de la batalla de las ideas, de la contienda entre principios y valores en que se decide el futuro de las sociedades libres y abiertas. Los totalitarismos de izquierda han dado aquella lucha de clases por perdida y con razón, pero se aferran a la batalla ideológica que se expresa a través de las ideas, convencidos de tenerla ganada de antemano.

Y es que con respecto al pensamiento, aunque no sólo al pensamiento, la derecha se ha mostrado casi siempre reservada y desconfiada. A veces, por complejo y apocamiento; comúnmente, por dejadez o por estar en otros negocios y anhelos, lo que la haría más disculpable. Escucha la palabra “cultura” y bosteza.

Hace pocas semanas la derecha ganó ampliamente las elecciones en Chile. Este triunfo contundente, sin embargo, no debería ocultar que el terreno en el que importa triunfar, si verdaderamente estamos preocupados en el bienestar de las personas, es el de las ideas. Está por verse si el nuevo Presidente podrá devolver a las palabras su sentido natural, y entonces “lucrar” en una actividad no será malo sino que volverá a ser la retribución natural en tanto se esté generando algo que otro esté demandando, o si se va a seguir demonizando la ganancia. Habrá que ver si la derecha será capaz de lograr lo que sí logró la izquierda: doblegar a su adversario ante sus propias categorías de análisis de la realidad y jugar conforme a ellas. Es de esperar, en fin, que la nueva administración no otorgue peso a colectivos organizados, minoritarios y violentos que toman las calles para impedir que la derecha implemente reformas que, si bien no gustan a la izquierda, son democráticas, legales y legítimas.

Este es el verdadero desafío que tiene la derecha chilena para volver a la senda del crecimiento. La buena noticia es que la derecha puede actualizar su relato a partir de las ideas que constituyen y definen su propia identidad.

Son muchos los ejemplos en el tema. Pero no pareciera haber ninguno que haya provocado más confusión no ya en la izquierda, sino principalmente en la derecha, que no sólo lo aceptó, sino que lo convirtió en una bandera propia, que es el tema de la desigualdad. Que la izquierda quiera desviar la atención respecto de que el verdadero problema no es la pobreza sino la desigualdad, se entiende. Definirse anticapitalistas más que socialistas los libera de presentar un programa y con ello sólo dedicarse a criticar. Pero que la derecha no haya comprendido y hecho carne los inmensos avances que sus propias políticas y acciones produjeron, no tan solo en mejorar la pobreza sino especialmente en disminuir la desigualdad en aquellos aspectos que más importan al ser humano (años vida, acceso a vivienda, eliminación del analfabetismo, eliminación de la desnutrición infantil) es algo que sólo el letargo intelectual –el bostezo– podría explicar.

La brecha de la desigualdad ha ganado mucha atención últimamente. Para una explicación cabal de los diferentes tipos de desigualdad que pueden medirse, valga la remisión a otro artículo publicado en esta sección https://clientes.agenciaeven.cl/ellibero/wp-old/ideas-libres/para-las-personas-el-problema-es-la-desigualdad-o-la-injusticia/. Por lo que a este artículo concierne, nos referiremos a la desigualdad de riqueza.

Medios conocidos internacional y nacionalmente no dejan de publicar apocalípticos artículos que dan cuenta de supuestas irremontables disparidades en las brechas de la riqueza. El New York Times, luego de advertir que la desigualdad global se ha estabilizado, proclamó recientemente: “Pero he aquí las malas noticias: el respiro, probablemente, no dure”.

Analizada un poco más en detalle, sin embargo, la crítica de la desigualdad de la riqueza no presenta una genuina preocupación por la condición de vida de los más pobres o por la falta de desarrollo de los países. Se trata en realidad de una crítica a la libertad individual y al libre mercado. Los seres humanos somos complejos y esa complejidad se entiende si analizamos nuestros deseos y necesidades. Las similitudes son obvias, pero también debieran serlo las complejidades para satisfacerlas. Por ejemplo, la gran mayoría de los seres humanos queremos una vivienda, pero ¿cuántos tipos de vivienda conocemos? ¿Acaso existen dos tipos de vivienda exactamente iguales, por dentro y por fuera? ¿Y si pensamos en las preferencias por la música? ¿O en la comida?

La forma de satisfacer la complejidad de nuestros deseos, independiente del poder adquisitivo que se tenga, es mejor alcanzada por un sistema que permita el mutuo intercambio entre aquellos que producen el bien y aquellos que lo adquieren. Ese mecanismo es el mercado que recompensa aquellos que satisfacen las necesidades de otros y crean riqueza más rápidamente. Pero a la par, y por ello mismo, se produce una brecha entre aquellos que satisfacen una necesidad o deseo de otros de un modo extraordinario y los que no son capaces de hacerlo. Existe, efectivamente, desigualdad de riqueza, pero responde a las preferencias de las personas actuando libremente. Lo que hacen los críticos de la desigualdad ante esto es emitir un juicio moral desestimando quien sirve más o mejor los deseos o necesidades de los otros. En otras palabras, no respetando la voluntad o deseo de millones de personas, por considerarlos irrelevantes, equivocados o torpes. El principio del estado totalitario encuentra sus raíces en este cambio del mercado libre al mercado planificado. La libertad del individuo para crear y mantener la riqueza es subordinado al resultado del equilibrio de la riqueza que las autoridades determinan es el justo para el resto de la población. Y lo logran una vez están en el poder, sea tomando de aquellos que crean la riqueza y redistribuyendo a aquellos que no lo logran, o excluyendo directamente al individuo de participar del mercado.

La desigualdad de riqueza no es un problema. El problema existe, en realidad, cuando no hay brecha de riqueza. Cuando, a través de los varios medios de la distribución de la riqueza, las autoridades intentan equilibrar los resultados y crean, inadvertidamente, pobreza. La reducción de la riqueza a través de la confiscación de la propiedad (y los excesivos impuestos lo son) reduce los incentivos para alcanzar las necesidades de los otros. Se producen menos bienes y servicios y se crea menos riqueza. En última instancia se produce una espiral negativa en la que todos pierden, incluido el estado. Para quienes gustan de las curvas, Laffer lo dejó plasmado en su famosa servilleta.

La creación de riqueza y los beneficios asociados a ella favorecen especialmente a los pobres. Es cierto que existe desigualdad de riqueza en el mundo, pero el estándar de vida especialmente el de los pobres se ha incrementado dramáticamente. Lo que antes eran considerados bienes de lujo, financieramente disponibles sólo para los ricos, se han transformado en posesiones ordinarias para los pobres. Refrigeradores, celulares, computadores, lavarropas, secadores de pelo se han convertido en lugar común en aquellos países que han adoptado el mercado como expresión de la libertad de elegir y contratar.

Pero más importante que ello, lo que más se ha disminuido entre ricos y pobres es la desigualdad en los aspectos más vitales al hombre: la tasa de mortalidad infantil, de desnutrición, de escolaridad se ha achicado entre los más ricos y los más pobres, no porque los ricos lo sean más sino porque los pobres están mejor. Desde que el hombre inventó la agricultura, hace 10.000 años hasta principios de la Revolución Industrial en 1760, el 99,9% de la población de todos los países del mundo vivía en el umbral de la subsistencia. Había reyes, césares o burócratas chinos inmensamente ricos, pero el 99,9% de los ciudadanos eran agricultores que trabajaban de sol a sol y que a duras penas podían comer, vestirse y tener una choza donde dormir hacinados. Cuando había una mala cosecha, la mitad de la población moría de hambre. Durante miles de años no sólo la mayoría de la población era pobre sino que las desigualdades en el mundo eran pequeñas y constantes: todo el mundo era igual de pobre. El cambio se produjo con la Revolución Industrial y el capitalismo. De a poco, comenzando con Inglaterra y Holanda y siguiendo en Estados Unidos y el resto de Europa, las familias aumentaron el nivel de vida hasta tener los bienes y servicios mencionados que los más ricos reyes de épocas anteriores no podían ni soñar. El resto del mundo arrancó más tarde. Asia entre 1950 y 1960. China con la muerte del dictador Mao Zedong en 1976 y el abandono del marxismo maoísta, India poco después. A partir de los ‘90 el África Subsahariana y América Latina, con los impases y las excepciones conocidas.

La preocupación por el crecimiento de la desigualdad de la riqueza es una mirada egoísta. En términos numéricos considera el crecimiento de una brecha entre ricos y pobres de ciertos países donde la desigualdad ha crecido (Estados Unidos, China, España, por ejemplo) pero donde los pobres están comparativamente mejor, y donde el mayor crecimiento de dicha brecha se da entre ricos y súper ricos -dicho sea de paso-, los que varían de año a año. Pero en términos globales, la brecha de la desigualdad de la riqueza ha caído estrepitosamente.

No debiéramos perder ni la perspectiva de la historia ni la enormidad del planeta donde vivimos. Y en este sentido, el fenómeno económico más importante de los últimos treinta años ha sido la exposición de los millones de ciudadanos más pobres del mundo a las fuerzas del mercado. No es sorpresa ver que la consecuencia ha sido la reducción sin precedentes de la pobreza y una igualación de los niveles de vida entre los habitantes de nuestro mundo. El capitalismo y los mercados están generando una prosperidad global que es la consecuencia –en condiciones de libertad económica- del aumento de la riqueza.

 

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