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Publicado el 13 de marzo, 2018

Pablo Ihnen de la Fuente: Visiones sobre política social: un preámbulo entre bichos

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Hace unas pocas noches mi amigo Intuito Grillo me presentó a su pariente Salvador Garrapata, alias Salvita.  Me previno que Salvita  siendo muy simpático; era por tradición familiar de ideas decididamente escoradas a babor. Habían establecido una antigua costumbre de visitarse mutuamente cada cierto tiempo y trenzarse en descomunales discusiones. Tenían por norma que las visitas no se extendiesen por más de tres días, haciendo suyo el dicho de Benjamín Franklin de que tanto las visitas como el pescado fresco no son soportables luego de tres días. En tal contexto, el primer día lo dedican al jolgorio propio del encuentro de dos viejos amigos; el segundo a la discusión de sesudos y espinudos temas; y el tercero, casi siempre, a la reconciliación y a aquietar los espíritus.

Estábamos en los inicios del segundo día y los ánimos eran todavía espléndidos. No pude resistir la tentación de pedirles que me dejaran participar como espectador. No sé con qué grado de convicción, pero los dos bichos son educados e hicieron una señal de aprobación.

Tomó la palabra Salvita: “Bueno, Intuito, ya nos conocemos hace muchos años. Bien sabemos ambos que adhieres a los ideales liberales en el sentido más clásico de la palabra; algo así como un viejo y apolillado whig”, decía soltando una risita. “Desconfías de lo público y lo colectivo tanto como del demonio, y tu credo fundamental es que las personas tienen el derecho a procurar libremente su felicidad, tanto en cuanto también respeten los derechos de sus semejantes, pero siempre bajo una concepción minimalista de la función pública. Dime: según tu visión, ¿cuál es el rol de la política pública en las prestaciones sociales en general? ¿Tú y tus proclamas de libertad a ultranza dejarían a tus semejantes más vulnerables en el desamparo? ¿Te parece aceptable la escandalosa distribución del ingreso en la que una minoría de la población percibe parte importante del ingreso total? ¿Te parece justo que la cuna determine las oportunidades? ¿Cómo justificas conceptualmente tu posición?  Además, lo mismo vale para las regulaciones y normas que  establece el Estado y sus instituciones. Siempre las miras a priori con desconfianza”. Luego hizo una pausa y en un tono algo burlesco dijo: “Respecto de esto último, aprovecho de recordarte que uno de tus más admirados referentes, el mismísimo y muy reverenciado Adam Smith, defendía la obligatoriedad de la educación como un paliativo contra el tedio  que el trabajo repetitivo produciría, producto de la especialización y la división del trabajo”.

“¿Terminaste?”, preguntó entonces Intuito. 

“Soy todo oídos”, replicó Salvita.

Mirándome de reojo, Intuito dijo: “Percibo que usas una nueva estrategia para argumentar. Ahora que estamos en presencia de un observador externo, intentas dejarme en una posición de extremista al acusarme de minimalista. Pero te complaceré, Salvita; procuraré recoger el guante en tu mismo terreno y, a pesar de tus trucos espero lograr que algo de sensatez penetre en aquello que llevas arriba de tus hombros respecto de los temas que planteas. Para comenzar con tu última ironía en relación a Adam Smith, y solo a modo de contrapunto, me permito recordarte que también dijo, y de forma destacada: ‘Si no hubiese escuelas públicas, solo cosas útiles se enseñarían’.

“Volviendo a tu acusación respecto a mi supuesta actitud minimalista, y a modo de pregunta motivacional, ¿te has  preguntado acaso alguna vez el porqué de acuerdo al derecho público en el ámbito de la administración pública solo se puede hacer lo expresamente permitido, y que, en contraposición, en el ámbito privado está legalmente permitido todo lo que no esté expresamente prohibido? Ciertamente esta regla no lo inventé yo, ni es producto de alguna pataleta liberal. Es, además, más vieja que el hilo negro. ¿No te resulta sugerente entonces que el legislador haya reconocido expresamente dos tratamientos tan disímiles, incluso para una misma persona, dependiendo si esta se desempeña en la  actividad pública o privada?

“Si fuese de tu interés buscar explicaciones a esta asimetría puedes, por ejemplo, considerar  la imposibilidad de realizar el cálculo económico en los servicios asociados a la actividad pública, como lo planteó Von Mises; en que en la administración del Estado están ausentes los incentivos a la creación de valor, cuidado y diligencia que prevalecen bajo condición de propiedad privada bien definida. Y es que, como ambos bien sabemos, por administrarse bienes y recursos, que en la retórica son de todos, están expuestos al riesgo de ser tratados como los de nadie, porque resultados de los aciertos y errores no tienen consecuencias patrimoniales sobre sus responsables. Ni que hablar por supuesto de los grupos de interés que sacan provecho de estas falencias a costa de quienes pagamos impuestos. Y respecto de la regulación, que metiste también en el saco, tú siempre asumes que el costo de regular no existe. ¿No  te preguntas acaso si el supuesto remedio no es, incluso peor que la situación original sin intervención? Más aún, pecas de ingenuo: ¿no te das cuenta, acaso, que muchas veces la regulación favorece prácticas poco competitivas, como, por ejemplo, al establecer barreras de entrada?   

“¡Para por favor, Intuito!”, lo interrumpió Salvita. “No me des de nuevo la lata. Ya leí tu argumentación en el artículo ‘Burocracia’ en El Líbero. Incluso ahí tú no niegas el importante rol que le cabe al estado en la prestación de ciertos servicios básicos. Y por mi parte,  reafirmo su rol clave en materia redistributiva para lograr un mundo más justo y solidario. Respecto a la regulación, me imagino que tú aún no llegas al extremo de defender a priori una posición de total prescindencia. De cualquier forma, por ser este tópico de gran interés, pero a la vez suficientemente complejo, lo podemos dejar desde ya agendado para otro encuentro. ¿Te parece?”.

Intuito replicó: “Como espero que discutamos luego, efectivamente, no niego un rol relevante del Estado en determinadas materias, pero sí me parece importante aclarar desde el inicio ciertas condiciones de borde claves e ineludibles si hemos de tener una discusión seria. Particularmente, el evidente hecho de que sería un error garrapatal”, esta vez el grillo soltó una risita, “perdón, garrafal… sería un error garrafal de tu parte idealizar su desempeño y de quienes en él laboran. También me parecería inaceptable y poco serio suponer neutralidad en materia de incentivos y motivaciones de las personas según se desempeñen en la actividad pública o la privada. Tú me acusas de minimalista, pero si no adviertes esta asimetría y sus consecuencias sobre el comportamiento, corres el riesgo cierto de errar en tu diagnóstico y visión sobre temas vinculados a la políticas públicas, y por cierto también en el ámbito social, que entiendo es el corazón del tema que ahora nos convoca. En relación a la regulación, y solo a modo de bajada de título, me parece que una diferencia fundamental en nuestras visiones consiste en ‘dónde’ ponemos cada cual el peso de la prueba al discutir el mérito de establecerla. Es una cuestión de actitud. Tú dices: aquí hay un problema, ¡llamen urgentemente al regulador!, el que supones baja del Olimpo con el remedio perfecto. En contraposición, yo privilegio la libertad y parto por reconocer que el mundo y el regulador –especialmente– distan mucho de ser  perfectos. Por ello, me parece lógico que antes de limitar la libertad se demuestre, al menos, que la intervención es menos costosa que la situación original que se pretende corregir. Además, si ha de regularse, lo razonable es procurar hacerlo aprovechando las fuerzas de mercado y no yendo en contra de ellas, pero estoy de acuerdo contigo en que lo de la regulación lo agendemos para otra vez”.   

“Okey, Intuito, avancemos”, hacía gesto Salvita con la mano, como posponiendo el tema, “pero insisto en tu sesgo minimalista y poco solidario. Tú hablas de libertad, pero ¿qué valor puede tener ella si no tienes los medios para ejercerla? Solo los ricos tienen ese privilegio. Y si la cuna determina las oportunidades, entonces además estarías perpetuando una injusticia”.

“A ver, Salvita”, Intuito posó su vaso sobre la mesa como un juez pondría orden con su mazo, “ordenemos esta peluquería. Dejemos de lado las emociones y proclamas si vamos a discutir de políticas públicas. Efectivamente, y como bien dijiste, creo firmemente en  la libertad de cada individuo para procurar su desarrollo y buscar su felicidad, respetando los derechos de terceros, entendiendo la libertad, sin embargo, como la posibilidad que disponen  las personas de actuar sin ser limitadas mediante coerción por un tercero; no aquella indefinible que tú pareces sugerir por estar condicionada al acceso garantizado a vaya saber uno qué. También te declaro mi adhesión plena al principio que procura garantizar igualdad de trato ante la ley, pero al mismo tiempo debo reconocerte, sin complejos y aún a riesgo de escandalizarte, que discrepo con el propósito per se de procurar la igualdad de ingresos o riqueza, incluso de manera parcial. Desde luego, tampoco comparto políticas que procuren como objetivo expreso tal fin. ¿En virtud de qué mandato divino puedo yo tan graciosamente expropiar con tal propósito el producto del trabajo de mis semejantes? Eso es robo: y un robo chico, de legitimarse, conduce a uno cada vez mayor. En corto sostengo que somos semejantes y que sí, podemos y debemos procurar lograr igualdad de trato ante la ley para todos.

“Por cierto, comparto apoyar situaciones extremas de apoyo a nuestros semejantes por razones de compasión humana. También comparto apoyar a los sectores más vulnerables, a fin de que puedan disponer de las capacidades que les permitan progresar por sus medios, pero permíteme ser muy claro en que dicha postura no procura buscar la igualdad, salvo aquella ante la ley. Personalmente valoro significativamente tal apoyo, pero en su mérito y bajo las condiciones y el contexto apropiado que discutiremos más adelante”.

Ante tal declaración, tan directa, pensé que el incendio de Troya era inminente. Sin embargo, para mi sorpresa, Salvita se mantuvo impertérrito. No pestañeó ni se le movió un pelo. Después de unos instantes de arrastrado silencio, solo dijo: “Continúa. Aprecio tu estilo directo y franqueza. Quiero conocer tu argumento completo antes de replicarte”.

Más allá del mérito de la discusión, me resultó evidente que Salvita anotó puntos con su de aplomo y caballerosidad. Por lo mismo, le hice un gesto de aprobación.

Intuito tomó nuevamente la palabra, exclamando: “El punto, Salvita, es que definitivamente yo prefiero que la gente pueda progresar libremente, en contraposición a procurar que sean iguales, siendo todos a la postre más pobres. También tengo la convicción de que aquí subyace un profundo tema de principios. La igualdad impuesta vía coerción es, en mi opinión, anti natura e inmoral. Además,  ¿quién y con qué criterio impone el límite?  Aunque probablemente me lo discutas, creo también que es  indeseada por muchos más de los que tú crees. Abstrayéndonos de los envidiosos, así como de los oportunistas que procuran vivir del esfuerzo ajeno, y cuidando también de no confundir la compasión con el deseo de igualdad, estaría por verse el verdadero apoyo a tal postura. Me parece más bien que las personas muestran su deseo de diferenciarse. No, no me trago que la gente busque la igualdad per se, aunque sí pienso que valoran significativamente la de igualdad de trato ante la ley. Tras tal concepto está también el respeto a la dignidad que todas las personas merecen; actitud de respeto que, dicho sea de paso, no me cuadra con las doctrinas asistencialistas y de fomento a la dependencia que promueve tu doctrina. ¿Tú crees que manteniendo a las personas y perpetuándolas en tal condición las dignificas?

“De hecho, al final he llegado a la conclusión de que el tipo de doctrina que defiendes, más que intentar favorecer a los más pobres, los perpetúan en la dependencia y, además, penalizan a los más capaces, quienes son los que mayor valor aportan. Dime, Salvita, si dieras por correcto que los más talentosos, bajo el contexto institucional apropiado, son los que pueden abrir más oportunidades para tantos otros, ¿por qué los desalientan y los ningunean?”.

Salvita interrumpió: “Supongo te refieres a los empresarios. A ellos debe controlárselos severamente porque buscan solo su interés, abusan de los trabajadores, engañan a los consumidores y ejercen poder indebido”.

“Pero no te das cuenta que en un ambiente favorable al emprendimiento y la inversión el interés personal conduce al bienestar general”, continuó su embate Intuito. “Por ejemplo, estará en el interés de los  emprendedores atraer colaboración para el fin de desarrollar sus iniciativas. Déjame aclararte que por favorable solo quiero decir no obstruir y dejar hacer; no significa darles algún privilegio especial. Ejemplo casual pero elocuente de lo anterior fue el impacto en el empleo y remuneraciones que tuvo el reciente auge minero motivado por un favorable ciclo de precios del cobre. Recuerdo que se ofrecían, en los más recónditos parajes del campo, significativamente mejores condiciones que las usuales para ir a trabajar a la minería en el norte. Bajo un apropiado contexto, el abuso es solo la excepción, y por la más poderosa de las razones: porque no conviene. 

“Permíteme además decirte que la campaña anti empresa que algunos sectores afines a tus ideas han desarrollado es una eficiente forma para perpetuar la pobreza y  limitar la creación de oportunidades de todos. ¿Acaso eso es parte de tu ideal de política social?”.

“Pero Intuito”, acotó Salvita, “¿y los escándalos de los que hemos sido testigos?”.

“Han ocurrido hechos desafortunados en los que en caso de demostrarse el comportamiento indebido de ciertas personas deberá actuarse en consecuencia con la institucionalidad vigente. Sin embargo, lo que se transmite en la discusión pública es una morbosa funa y una proclama ideológica en la que se busca satanizar los fundamentos de una sociedad libre.    

“Dejando de lado situaciones puntuales, te repito que lo genuinamente importante es comprender que, a pesar de que las personas puedan buscar su propio interés, cuando emprenden e interactúan en un contexto respetuoso de la libertad hacen también el bien al prójimo, aun cuando no fuese esa su intención. Esto es válido tanto para las relaciones laborales como comerciales. ¿No te parece asombroso y fabuloso?”.      

“¿Y qué me dices del abuso de poder y la corrupción?”, contraatacó Garrapata.

“En cuanto al poder para influir indebidamente, es oportuno recordarte el dicho popular que reza así: la culpa no la tiene el chancho, sino quien le procura el afrecho”, recordó intuito, sofista. “¿Acaso no compartes conmigo que el  tamaño, influencia y poder del Estado lo ungen como en un formidable candidato a proveedor de abundante afrecho? ¿Quién como él tiene el poder para limitar, dar y quitar? La caridad comienza en casa, pariente Garrapata. Si retiras el plato con el dulce, se irán las hormigas”.

“De acuerdo, Intuito”, apaciguaba Salvita. “Nos hemos desviado del tema central. Has hablado mucho, pero no hemos ido todavía al cuesco. En esencia has dicho que la distribución del ingreso no te importa por cuanto ella entra en conflicto con la libertad, la que para ti parece ser un bien superior. También has criticado la forma en que se intenta corregir tal anomalía. Mira, poniéndome en tus zapatos –y siguiendo tú misma lógica–, quizá podría estar de acuerdo en que la distribución del ingreso pierde importancia en la medida que ella no es estática en el tiempo; esto es, si hubiese movilidad en la distribución y que el resultado fuese percibido como legítimo. Pero si, como ya te indiqué, la cuna determinara el desempeño y el resultado, no puedo estar de acuerdo contigo, porque eso sería perpetuar esa distribución”.

“Perdona la interrupción, Salvita, pero para resolver estos temas, dime… ¿aprobarías a priori aplicar la doctrina de los patines? ¿Tirar para abajo porque así es más fácil nivelar? ¿Imponer absurdas tómbolas para poder acceder a un establecimiento educacional? ¿Satanizar el lucro?”, fruncía el ceño Intuito, aterrado de tales ideas. “Esto me evoca el regreso a la más oscura de las épocas medievales. Definitivamente no comparto esa aproximación, y convendremos que esa es la que ha prevalecido últimamente”.

“¿Pero qué diablos propones tú entonces, Intuito?”, dijo Salvita, dejando ver que la impaciencia comenzaba a nublar su juicio.

“Permíteme una observación de carácter general y luego entraré en un mayor detalle en los principios de política que yo sustento”, se dispuso a exponer el grillo, relajando ya el ceño. “Sin embargo, debo prevenirte que si queremos un verdadero entendimiento de los problemas sobre los que estamos hablando, no podemos mirar una foto estática y, sobre esa base, arrogándonos el rol de dioses del Olimpo pretender reestructurar la sociedad con una varita. Te sugiero, y permíteme la analogía, observar y tratar de entender una película, y no pasar por alto el rol clave que el elemento tiempo, en un contexto apropiado, tiene en su desarrollo. Por contexto apropiado me refiero a la evolución de la institucionalidad, los usos y costumbres, y su debida consistencia con los fundamentos de una sociedad libre. Yo sé que tú eres un bicho sensible y bien intencionado, aunque en ocasiones siento que tus emociones controlan tu juicio y exacerban tu ansiedad. Los sentimientos de compasión que podamos sentir por nuestros semejantes no pueden llevarnos a que por una imprudente impaciencia nos apartemos de la verdadera derrota, retroceder camino recorrido y de paso dañar a quienes queríamos favorecer. El tiempo y la perseverancia en la aplicación de buenas políticas, tengo la convicción, son la esencia de este proceso de superación de la pobreza, y también de la movilidad social”.

“Pero, Intuito, ¡en el largo plazo estaremos todos muertos!”, exclamo Garrapata.

“Recuerdas aquel corrido mexicano que cantaba Pedro Vargas y que decía: que más importante que llegar primero es saber llegar”, tarareó Intuito con la voz destemplada. “Bromas aparte, nada sacas con tus pataletas respecto de niveles absolutos de indicadores. Lo relevante es la tendencia; te guste o no, el crecimiento económico es la piedra angular de cualquier política que procure dar más opciones a los sectores más pobres. Si tu impaciencia limita el crecimiento, tienes que estar consciente del tremendo costo que ello significa para todos, y en especial para quienes pretendías favorecer”.

Salvador reclamó “¡Estoy consternado ante tu inhumanidad Intuito. Los pobres no pueden esperar!”

“En nada ayuda descontextualizar frases como esa”, respondió Intuito con serenidad. “Bien sabes que con ello podría justificarse cualquier barbaridad.

“Déjate de leseras y pongamos en perspectiva la cuestión de los tiempos. Reflexiona: ¿cómo es que la humanidad, luego de que por cientos de miles de años la enorme mayoría de sus habitantes fueran parte de lo que hoy consideramos pobreza dura, haya podido, en tan solo dos siglos, abandonar tal condición?  No, no fueron las ideas ni las políticas que propician tus camaradas socialistas, ni sus sucedáneos contemporáneos. Fueron las ideas   que promueve el capitalismo democrático, las que casi en un destello en la línea de tiempo nos han llevado donde hoy estamos.

“Si 200 años te parece mucho, mira nuestro país en plazos menores. Hay consenso en que pobreza dura ha caído sistemática y significativamente las últimas décadas. Dirás que la educación no es buena. Podría estar de acuerdo contigo a juzgar por las brechas observadas en los indicadores de calidad respecto de países desarrollados, pero aun así Chile es el país que muestra mejor desempeño de Latinoamérica. Por cierto, la educación debiera tener destacada prioridad, pero ojo, cuidando de contar con buenas y realistas políticas. También me dirás que en tu opinión la distribución del ingreso es aún inaceptable, pero no puedes desconocer, más allá de nuestra aproximación divergente al tema, que los indicadores que tanto te preocupan, como por ejemplo el coeficiente de Gini, habrían mejorado notoriamente a partir del nuevo milenio. Por su parte, y en cuanto a tendencias, también hay sólidos estudios que sugieren mejoras en las cohortes asociadas a las nuevas generaciones producto de la mayor accesibilidad a la educación, lo que terminará también afectando la distribución en general. Lo que trato de hacerte comprender es  que, además de buenas políticas, el tiempo es un elemento clave, y que la impaciencia es muy mala consejera. Natura non facit saltum, primo Garrapata”.

“Se está haciendo muy tarde, Intuito”, reclamaba Salva. “Nuestro anfitrión ya está bostezando: ¡suelta de una vez la pepa!”.

Por mi parte, les dije que estaba tan despierto como lechuza a medianoche y que no me perdería por nada el desenlace.

Pero Intuito, sin disimular su tristeza, nos miró, asintió y dijo: “Tienes razón, Salvita. Debemos honrar nuestra regla. Ya es muy tarde y no podemos excedernos de los tres días acordados. Doy por expuestas mis consideraciones de contexto y  quedo al debe con los principios específicos para la próxima reunión. Mañana toca calducho, pelar a la parentela y alimentar los espíritus con esos brebajes que mandó el tío Vladimir. En la próxima juegas tú de local”.

Ambos se despidieron de mí con un amable gesto y se alejaron chacoteando como alegres quiltros. “Curiosos y simpáticos bichos”,  pensé. Luego, no me fue fácil retomar el sueño preguntándome si acaso sería o no invitado al desenlace. 

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