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Publicado el 12 de febrero, 2018

“Me rebelo, por lo tanto existimos”; recordando a Albert Camus con la ayuda de Mario Vargas Llosa

Camus es un autor que habitualmente es asociado con el pesimismo y lo absurdo, con el sinsentido de la vida. Ésta es la impresión que evidentemente queda después de una primera lectura de obras como L’Etrangere (El extranjero) o Le Mythe de Sisyphe (El mito de Sísifo), ambas de 1942. Sin embargo, esta es una lectura que deja de lado el mensaje esencial de la obra de Camus que es semejante al que Popper resumía al afirmar que si bien la historia por sí misma no tiene significado, podemos dárselo.
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Hace poco más de sesenta años, en diciembre de 1957, Albert Camus recibió el Premio Nobel en literatura. Su temprana muerte en enero de 1960, cuando apenas tenía 46 años, truncó la vida de una de las mentes más sensibles y brillantes de siglo XX. A pesar de ello, nos dejó una extraordinaria creación literaria y filosófica que por mucho tiempo seguirá iluminando nuestra búsqueda de, como Camus mismo nos lo recordó, una vida digna en un mundo donde muchas veces prima la indignidad.

Camus tuvo una influencia decisiva entre sus contemporáneos, los franceses de la resistencia contra el nazismo, en la cual luchó, y de la posguerra. Pero sus ideas repercutieron mucho más allá de las fronteras de su país. Entre los que mucho le deben a Camus está Mario Vargas Llosa y por ello quisiera, con su ayuda, recordar al gran maestro francés.

Camus es un autor que habitualmente es asociado con el pesimismo y lo absurdo, con el sinsentido de la vida. Ésta es la impresión que evidentemente queda después de una primera lectura de obras como L’Etrangere (El extranjero) o Le Mythe de Sisyphe (El mito de Sísifo), ambas de 1942. Sin embargo, esta es una lectura que deja de lado el mensaje esencial de la obra de Camus que es semejante al que Popper resumía al afirmar que si bien la historia por sí misma no tiene significado, podemos dárselo. Según Camus, podemos romper el sinsentido de la vida y transformar el absurdo en plenitud de significado a través de la rebeldía, de la oposición a lo que nos quita la libertad y, con ella, la dignidad de nuestra condición humana. Por ello es que el acto fundacional de una vida con sentido se resume en esa frase de L’Homme révolté (El hombre rebelde, de 1951) que reinterpreta el famoso cogito ergo sum cartesiano en clave existencialista: “Je me révolte, donc nous sommes”.

Incluso Monsieur Meursault, ese anti-héroe que es el personaje central de El extranjero y por el cual es tan difícil sentir simpatía, no acepta la vida como es o, mejor dicho, como quieren imponérsela. Su absoluta indiferencia y su incapacidad de fingir, es decir, de doblegarse, es su resistencia, su rebeldía. Así escribe Vargas Llosa sobre la obra más famosa de Camus en La verdad de las mentiras (2007): “Dentro del pesimismo existencial de El extranjero arde, sin embargo, débilmente, una llama de esperanza: no significa resignación sino lucidez”. Y continúa diciendo: “El pesimismo de Camus no es derrotista; por el contrario, entraña un llamado a la acción, o, más precisamente, a la rebeldía. El lector sale de las páginas de la novela con probables sentimientos encontrados respecto a Meursault. Pero, eso sí, convencido de que el mundo está mal hecho y de que debería cambiar. La novela no concluye, ni explícita ni implícitamente, que, como las cosas son así, haya que resignarse”.

La rebeldía será justamente la posición vital que mejor define y más une a Mario Vargas Llosa con Albert Camus. Rebelde, en el sentido que le da Camus, es quien no acepta la indignidad, la injusticia, la opresión. Que dice no y les planta cara a los tiranos de toda condición. Aquel que no se somete, que no calla frente a una realidad que envilece al ser humano. El rebelde no es un revolucionario que sueña con paraísos terrenales u hombres nuevos. No, el rebelde actúa por ese hombre que somos, aquel ser imperfecto y limitado, como toda sociedad humana que podamos construir. Pero en ningún caso se resigna a que no seamos lo que sí podemos y debemos ser: dignos, respetados, libres.

La influencia que Camus ejercerá sobre Vargas Llosa se manifiesta en otro plano absolutamente decisivo para entender su alejamiento de las ideas marxistas y, en especial, de la revolución cubana: el de los límites morales del accionar político. Y este es nada menos que el punto central de la gran polémica de la década de 1950 entre Albert Camus y Jean-Paul Sartre, que marcó una verdadera línea divisoria dentro de la intelectualidad francesa. Sobre ello, Vargas Llosa ha escrito varias piezas notables recopiladas en Entre Sartre y Camus (1981).

Sartre, así como muchos comunistas y filocomunistas, reaccionaron agriamente contra las ideas de Camus en El hombre rebelde, especialmente por su condena de todos los totalitarismos (incluido el marxista-soviético) y del uso del terror y el crimen como medio para imponer las ideas (incluidas las revolucionarias). Como dice Vargas Llosa, para Camus “no hay terror de signo positivo y de signo negativo”. Para Sartre, por el contrario, poner en el mismo plano a los totalitarismos de izquierda y a los de derecha era algo inaceptable, puro moralismo ahistórico, que huye de las grandes disyuntivas ante las que, necesariamente, hay que tomar posición. Sartre apela a una moral superior, la de la historia y la situación concreta en que vivimos. Según Vargas Llosa: “para Sartre no había manera de escapar a la Historia, esa Mesalina del siglo XX. Su metáfora de la pileta es inequívoca. Es posible que las aguas estén llenas de barro y de sangre, pero, qué remedio, estamos zambullidos en ellas y hay que aceptar la realidad, la única con la que contamos”.

Sartre no era, sin embargo, uno de esos simples corifeos comunistas o esos “compañeros de viaje” que aun sabiendo lo que pasaba cerraban los ojos. Vargas Llosa escribe: “A diferencia de los comunistas ortodoxos, que se niegan a ver los crímenes que se cometen en su propio campo, Sartre los reconoce y los condena”. Pero eso no obsta para que exija, de todas maneras, solidaridad con quienes, a pesar de sus atrocidades, van en la supuesta dirección de la historia: “para él, la única manera legítima de criticar los ‘errores’ del socialismo, las ‘deficiencias’ del marxismo, el ‘dogmatismo’ del partido comunista es a partir de una solidaridad previa y total con quienes –la URSS, la filosofía marxista, los partidos pro-soviéticos– encarnan la causa del progreso, a pesar de todo”.

Sartre da así un salto mortal para encuadrar (mejor dicho falsificar) las ideas básicas del existencialismo (donde la existencia hace a la esencia) en el marco de la visión marxista de la historia (donde la esencia, la supuesta objetividad de las clases sociales, hace a la existencia). Con ello adopta además, y aquí está la consecuencia más abominable de todo historicismo, la moralidad marxista, donde el fin (la deslumbrante sociedad comunista del porvenir) justifica los medios (el sacrificio en masa del hombre de carne y hueso en aras del “hombre nuevo” del futuro).

Para Camus, la voltereta dialéctica de Sartre no hace sino abrirle las puertas a la “barbarie de la razón”, fuente de la gran tragedia del siglo XX y explicación del surgimiento de los criminales más peligrosos de la historia, aquellos que matan con la conciencia tranquila ya que están absolutamente convencidos de hacerlo en nombre de la razón y el progreso. Así lo expresa Camus en la primera página de El hombre rebelde: “Vivimos en la época de la premeditación y el crimen perfecto. Nuestros criminales ya no son aquellos jovenzuelos desarmados que invocaban la excusa del amor. Por el contrario, son adultos, y su coartada es irrefutable: es la filosofía, que puede servir para todo, hasta para transformar a los criminales en jueces”.

Justamente El hombre rebelde jugó un papel central en el desarrollo de aquel Vargas Llosa que venía de romper con toda ilusión revolucionaria y buscaba comprender la fatídica ligazón que existe entre el mesianismo utópico y la orgía de sangre del siglo XX en pos de la realización del paraíso terrenal. En un notable ensayo de 1975, Albert Camus y la moral de los límites, nos dice lo siguiente: “No volví a leer a Camus hasta hace algunos meses, cuando, de manera casi casual, con motivo de un atentado terrorista que hubo en Lima, abrí de nuevo L’Homme révolté, su ensayo sobre la violencia en la historia, que había olvidado por completo (o que nunca entendí). Fue una revelación. Ese análisis de las fuentes filosóficas del terror que caracteriza a la historia contemporánea me deslumbró por su lucidez y actualidad, por las respuestas que sus páginas dieron a muchas dudas y temores que la realidad de mi país provocaba en mí y por el aliento que fue descubrir que, en varias opciones difíciles de política, de historia y de cultura, había llegado por mi cuenta, después de algunos tropezones, a coincidir enteramente con Camus”.

De lo mucho que se puede aprender de Camus, Vargas Llosa destaca “la moral de los límites” como, “sin duda, la más fértil y valiosa de sus enseñanzas”. Su base es “un rechazo frontal del totalitarismo, definido éste como un sistema social en el que el ser humano viviente deja de ser fin y se convierte en instrumento. La moral de los límites es aquella en la que desaparece todo antagonismo entre medios y fines, en la que son aquellos los que justifican a éstos y no al revés”. Como dijo Camus a sus compañeros de la resistencia en un célebre editorial de Combat citado por Vargas Llosa: “Se trata de servir la dignidad del hombre a través de medios que sean dignos dentro de una historia que no lo es”.

La tesis central de Camus en El hombre rebelde puede ser resumida con ayuda de estas palabras de Vargas Llosa: “La tesis de Camus es muy simple: toda la tragedia política de la humanidad comenzó el día en que se admitió que era lícito matar en nombre de una idea, es decir el día en que se consintió en aceptar esa monstruosidad: que ciertos conceptos abstractos podían tener más valor e importancia que los seres concretos de carne y hueso”.

Esto es esencial para el pensamiento liberal, ya que el liberalismo (integral y no mutilado ni menos aún reducido a la economía) es, en su esencia, una doctrina de los medios, de la decencia y tolerancia con que nos tratamos, que rechaza la idea de un fin transcendente y que por ello no puede escudarse detrás de esa especie de “futurismo moral” (la expresión es de Popper) propio de las ideologías ni de una moral utilitarista, que en el fondo no es más que la teorización de la famosa máxima acerca de que “el fin justifica los medios”.

En un conmovedor discurso de octubre de 1978, pronunciado en la Gran Sinagoga de Lima con ocasión de la recepción del Premio de Derechos Humanos otorgado por el Congreso Judío Latinoamericano, Vargas Llosa no pudo dejar de referirse a los peligros de las ideologías ni tampoco a Albert Camus y a esa moral de los límites, que es la única capaz de protegernos de los desvaríos ideológicos: “Buena parte de la culpa la tienen esas formulaciones abstractas llamadas ideologías, esquemas a los cuales los ideólogos se empeñan en reducir la sociedad, aunque, para que quepa en ellos, sea preciso triturarla. Ya lo dijo Camus: la única moral capaz de hacer el mundo vivible es aquella que esté dispuesta a sacrificar las ideas todas las veces que ellas entren en colisión con la vida, aunque sea la de una sola persona humana, porque ésta será siempre infinitamente más valiosa que las ideas, en cuyo nombre, ya lo sabemos, se pueden justificar siempre los crímenes como crímenes de amor”.

Ese fue el gran mensaje que nos dejó Albert Camus y en nosotros está el que nunca sea olvidado.

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