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Publicado el 06 de agosto, 2018

Las cartas sobre la mesa

El Gobierno no ha logrado marcar la agenda pública. Tampoco lo ha hecho la oposición, que aparece dispersa y tironeada entre diversas tendencias. El debate gira en banda sobre hechos menores.
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Bernardo Larraín dio la voz de alarma: el Gobierno puede estar dejando de lado su impulso transformador, refiriéndose a temas que interesan a los empresarios. No es el único. También han señalado el peligro –desde otra perspectiva– los nuevos pensadores jóvenes de la derecha. Terminó la luna de miel del Gobierno. Así lo indica una fuerte caída en las encuestas.

Pasado el período de instalación, el Gobierno aún no despliega su agenda sustantiva, o sea, la razón que justifica el regreso de Sebastián Piñera a La Moneda. No llenan el vacío ni los modestos intentos por rectificar algunas reformas de Michelle Bachelet ni un conjunto de proyectos de ley en diversas áreas que, siendo importantes, en su mérito no caracterizan una acción gubernamental. Los anuncios presidenciales del 21 de Mayo no dejaron huella. No basta un simple relato ni el listado interminable de medidas del programa.

El Presidente ha insistido que se propone impulsar el progreso del país para lograr el desarrollo. Y lo hace utilizando el lenguaje de Naciones Unidas: no sólo crecimiento, sino también avance social y político, un proceso inclusivo y sustentable. Pero esa propuesta hasta ahora no tiene un correlato claro en políticas públicas innovadoras. ¿Existe un plan de inversión en infraestructura, conectividad y puertos? ¿Y para mejorar la infraestructura de los colegios públicos? ¿Hay una política para enfrentar el alto desempleo juvenil? ¿Qué se va a hacer en ciencia y tecnología, una vez creado el ministerio? ¿Cómo se piensa modernizar la gestión en salud? ¿Cómo impulsar la productividad?

El Plan Araucanía tiene una pata coja: la Conadi no cuenta con fondos este año para avanzar en la regulación de los títulos de dominio de al menos 300 comunidades que están a la espera.

Las dos iniciativas más importantes hasta ahora han sido la propuesta de regular la migración y la apertura de un diálogo amplio en la Araucanía. Pero ninguna marca un verdadero giro de timón. La primera es una indicación a un proyecto de ley del gobierno de Bachelet y el Plan Araucanía tiene una pata coja: la Conadi no cuenta con fondos este año para avanzar en la regulación de los títulos de dominio de al menos 300 comunidades que están a la espera. Las mesas de trabajo convocadas por el Gobierno tienen un mandato demasiado amplio que las puede llevar a la irrelevancia. Las conclusiones sobre infancia y seguridad pública se han perdido en una vorágine de discusiones intrascendentes.

El Gobierno no ha logrado marcar la agenda pública. Tampoco lo ha hecho la oposición, que aparece dispersa y tironeada entre diversas tendencias. El debate gira en banda sobre hechos menores. En un sistema presidencial, la batuta está en manos del Presidente. Es verdad que todavía no se han dado a conocer las reformas tributaria y de pensiones. Pero el país requiere definiciones pronto. El mandato es de cuatro años y los cambios relevantes deben partir al inicio.

Se corre el riesgo que los partidarios del Gobierno pierdan entusiasmo y que la ciudadanía, ante la primera dificultad, manifieste su desconcierto.

Vivimos en una suerte de intervalo. Se corre el riesgo que los partidarios del Gobierno pierdan entusiasmo y que la ciudadanía, ante la primera dificultad, manifieste su desconcierto. Hay que recordar que más de un 45% se abstuvo en la última elección, y está a la expectativa. Los cierres de Pastas Suazo y de las plantas de Iansa en el Maule y de Maersk en San Antonio pueden ser más elocuentes que las promesas de alcanzar el desarrollo, sobre todo cuando la incertidumbre de los mercados internacionales amenaza el comercio y el precio del cobre. La inversión minera está mirando el panorama, mientras se suceden las negociaciones colectivas. La recuperación económica los empresarios la esperan para fines de este año.

El fallo sobre la controversia con Bolivia se conocerá en los próximos meses y se corre el riesgo que cope la agenda. El Gobierno debe jugar sus cartas ahora, señalando cuáles son los cambios que pretende impulsar, y convocar a un diálogo político con las principales fuerzas de oposición, en forma institucional, sobre esos proyectos emblemáticos. Sólo así orientará la deliberación pública. Frente a los desafíos internos e internacionales, se requieren definiciones claras. Si el Gobierno se deja absorber por la coyuntura y se dedica a administrar, puede perder relevancia.

José Antonio Viera-Gallo, #ForoLíbero

 

FOTO :RODRIGO SAENZ/ AGENCIAUNO

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