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Publicado el 06 de febrero, 2018

Eleonora Urrutia: El primer año de Trump

Con el desempleo en descenso, los salarios en alza, la rebaja impositiva, un PIB en aumento, y la bolsa alcanzando records históricos, se esperaría que Trump ampliara el apoyo fuera de su base. Pero ocurre que tradicionalmente un presidente que divide a los Estados Unidos agresivamente, no le cae bien a los americanos, ni en las encuestas ni en las reelecciones.
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Muchos norteamericanos –y ciudadanos de otras partes del mundo también– están obsesionados con el Trump de Twitter, el personaje que vive en una cruzada personal de polémicas declaraciones. Su aprobación del primer año se hundió por debajo del 40%, a la par que los votantes de Virginia y Alabama lo rechazaron junto a sus candidatos en recientes elecciones estatales.

Es cierto que su imagen nunca funcionó en las encuestas, ni siquiera en sus mejores momentos: la inmensa mayoría de ellas lo dieron perdedor en la elección presidencial. Hay algo inherente a su persona que provoca un rechazo generalizado, o la idea que es correcto manifestarse en ese sentido. Trump convive, además, en un mundo de intensa hostilidad mediática con una cobertura periodística abrumadoramente negativa.

En este contexto ¿cómo se podría evaluar -sin caer en engaños- su primer año al frente de la Casa Blanca?

Quizás sea conveniente comenzar tratando de entender cómo llegó tal personaje a la Casa Blanca. Lo que empezó en 2008 con Barack Obama, como una gran promesa de reconciliación de la sociedad americana evolucionó pronto hacia una presidencia activista con un cierto aire europeo, en la que las políticas de identidad, el ensalzamiento de las minorías, el sectarismo ideológico y la nula voluntad de llegar a acuerdos con la mayoría del Congreso iban a provocar una gigantesca ola de respuesta negativa.

Fue esa imagen de un presidente obsesionado por cambiar la naturaleza misma de la sociedad norteamericana desde una plataforma de autosuficiencia moral lo que iría minando el sustento electoral en el votante medio. La Casa Blanca, y sus aliados en los medios y en Hollywood, se presentaron como un nuevo modelo de ciudadano estadounidense: postnacional, cosmopolita, minoritario, elitista, desconectado de una parte de la sociedad -la muy conservadora sociedad norteamericana- que entendió la propuesta, hecha en términos de notable arrogancia, como un ataque.

Y no pareciera servir, para explicar el ascenso a la presidencia del Señor Trump, utilizar facilismos ideológicos tomado de las aulas universitarias, en particular el demasiado remanido y poco original populismo. Porque para empezar, Trump no se aferra al poder. Le gusta ser el centro de atención, sí. Es un showman. Pero no tiene ninguna voracidad por obtener más poder ni sujetarlo para no soltarlo más. Menos aún, hacer abuso del poder como sí lo hizo su antecesor. Todas las medidas tomadas el primer año de gestión han sido para devolver el poder a la gente respetando la división de poderes de la Constitución de los Estados Unidos. Por ello conviene esforzarse un poco más en comprender lo que todo este movimiento que cristaliza en la Presidencia de Trump quiere decir.

Lo que resulta difícil de entender para muchos es que los votos que colocan en la Presidencia al Sr. Trump retoman ideas, valores y formas de vida que están en el núcleo mismo de la constitución –de la naturaleza– de los Estados Unidos. El individualismo, el impulso religioso, el espíritu emprendedor y pionero, pero también la tensión hacia lo comunitario, el orgullo de ser únicos y la razón, no siempre equivocada, de haber constituido un modelo único en el mundo están en la base de su conciencia. Trump encarna un movimiento de fondo contra la postmodernidad –en términos de reafirmar lo moderno y tradicional a la vez- contra quienes como la poco feliz candidata demócrata Sra. Clinton, no descendieron de las declaraciones idealistas, altisonantes y radicalmente destructivas del espíritu de We, the People. Aunque por supuesto, este movimiento también comprende una parte de la peor tradición norteamericana: la ignorancia del extranjero, el racismo blanco, la pulsión segregacionista y el antiintelectual, que por lo demás existen en todos los países.

Es por todo ello que Trump surge con éxito, no sólo entre xenófobos y desempleados como pretenden hacernos creer los medios, sino también entre las señoras de clase alta bostoniana y los maestros de Alabama.

Como decíamos al inicio, al cumplirse el 20 de enero un año de su asunción y luego de haber sucedido su primer Estado de la Nación o State of the Union, el tercero más largo de la historia de los Estados Unidos, el pasado 30 de enero, su imagen está por debajo de la de cualquier presidente a esta altura del mandato. En ese sentido, nada muy nuevo, aunque las encuestas de CBS y CNN posteriores a dicho discurso le dieron 75 y 70% de aprobación entre los 40 millones de espectadores.

Por otra parte, si se evalúa la marcha del país en aspectos relevantes como los económicos y laborales, y el cumplimiento de sus promesas de campaña –tema que debería ser de importancia para evaluar la responsabilidad cívica de los políticos- existe un universo de un sólido y tangible éxito económico y de acatamiento fiel de sus premisas de campaña, aunque esto moleste a quienes no lo votaron. Vamos por partes.

Crecimiento económico

El 2017 inició con un crecimiento trimestral del 1,2%, pero la expansión de la economía llegó al 3,1% entre abril y junio, anotando un 3% de julio a septiembre. De modo que el año cerró con una tasa superior al 3%, muy por encima del promedio de la Era Obama, en la que el PIB aumentó a un ritmo del 1,5%. A la par, los niveles de inversión privada alcanzaron cotas cercanas al 5% en el 2017, los que se prevén seguirán subiendo, en particular luego de la reducción del impuesto a las sociedades del 35 al 21%.

Reducción impositiva

Metódicamente el presidente Trump libró una disciplinada campaña de once meses para conseguir la aprobación de la mayor rebaja impositiva en las últimas tres décadas en los Estados Unidos. La respuesta de la comunidad empresarial americana a la aprobación de la Tax Cuts and Jobs Act ha sido más positiva y visible de lo que se hubiera esperado. Se trata de un cambio de estructura tributaria y no una simple baja de tasas, que elimina exenciones y facilita la inversión.

Las principales medidas implican la ya mencionada deducción a las empresas, el recorte de impuestos a las ganancias de las personas del 39,5 a 37%, el incremento del mínimo exento hasta usd12.000 para las personas, el incremento del 20% del mínimo deducible para las PyMES y la duplicación de las deducciones por hijo.

Más y más compañías anunciaron bonos como resultados de la reforma impositiva y comienzan a destacar las historias. Fiat Chrysler anunció la relocación de una empresa de camiones pesados de Saltillo, México a Warren, Michigan, y US$2000 en bonos para los trabajadores. La misma semana, Wal-Mart anunció bonos de hasta US$1000 para sus empleados, a la par que elevó el salario de $9 a $11 la hora. El mayor empleador privado de los Estados Unidos dijo que tanto los bonos como el mayor salario eran posibles gracias a la reforma impositiva. Apple anunció la inversión de 350 mil millones y la creación de 20.000 puestos de trabajo y Exxon Mobile la inversión de 50 mil millones. Y el total de trabajadores que han recibido bonos extra llega a los tres millones. Esto llevó a Trump a calificar la situación como “The New American Moment” durante el Estado de la Nación. Y a arengar al pueblo americano “We can achieve absolutely anything”. Desde luego fue el discurso del State of the Union más tuiteado de la historia del país, a favor y en contra.

Igualmente sólido ha sido el comportamiento de la bolsa. El Dow Jones se disparó la jornada después de las Elecciones Presidenciales, con un repunte histórico del 28,5%. Desde entonces, el índice ha ganado 5.000 puntos, cerrando 71 jornadas en niveles récord de cotización. Hay euforia, sí, pero también mejoran los fundamentales -las ganancias de las empresas del S&P 500 subieron casi un 10% en el último trimestre- y se van eliminando las distorsiones monetarias con la retirada de estímulos.

Empleo y sueldos

Como consecuencia de lo anterior, durante el 2017 se crearon 2.4 millones de empleos, incluyendo 200.000 puestos industriales. El desempleo es del 3,6% entre los trabajadores blancos, mientras que alcanza el 7,3% entre la población negra y llega al 15,9% entre los jóvenes. La tasa de participación laboral, que cayó bruscamente en la segunda mitad del siglo XX y en los tres primeros lustros del siglo XXI, ha abandonado su línea descendente y ha crecido con fuerza, especialmente gracias al mayor empleo femenino. Pero quizás lo más impactante, tal como lo destacara Trump en su discurso del 30 de enero pasado en el Congreso, el desempleo de trabajadores negros e hispanoamericanos es el más bajo de la historia de los Estados Unidos. Algo que los demócratas no lograron aplaudir en el Congreso.

Un buen indicador de la mejora del empleo son las llamadas food stamps o ayuda para comida, que cayeron del 15% en la era Obama al 12% en la población, lo que significa que ahora 6 millones más de estadounidenses son capaces de pagar su comida.

Correlativamente hay una progresiva mejora en los sueldos. Durante el último año, la retribución laboral ha seguido una línea ascendente. El arranque de la era Trump coincidió con un incremento de los salarios hasta tasas del 2,5%. Tras subir un 3,9% en febrero, un 3,7% en marzo y un 3,2% en abril, los sueldos crecieron un 2,8% en mayo, un 2,6% en junio y un 2,5% en julio. Los últimos meses con cifras cerradas son agosto y septiembre, que dejaron aumentos del 2,8% y el 3,2%, respectivamente.

Nombramiento de jueces

Trump prometió designar jueces para las cortes federales que “defendieran la Constitución tal como está escrita” y no lo hicieran de acuerdo a la libre interpretación de lo que es políticamente correcto. Es decir, que respetaran el Rule of law, base de la seguridad jurídica de cualquier país y sobre la que logró crecer y desarrollarse Occidente. Recibió el consejo de Leonard Leo, el vicepresidente ejecutivo de la Sociedad Federalista y se apoyó en el líder mayoritario del Senado, Mitch McConnell (R-Ky). Así nominó y confirmó a Neil Gorsuch para una silla en la Corte Suprema y el Senado aprobó 12 jueces de las Cortes de Apelaciones.

Tal como señalara el Presidente del Comité de Justicia del Senado, Chuch Grassley (R-Iowa), ningún otro presidente de un año ha sentado tantos jueces de Cortes de Apelaciones en los 228 años de historia de estas cortes.

Desregulaciones

El Presidente Trump es también conocido, sin duda, como un gran reductor de la burocracia, es decir, de devolver poder a la gente o quitarle poder al Estado. Bajo su presidencia el Congreso ha eliminado 14 regulaciones de la era Obama a través de la Congressional Review Act. La estimación actual es que la Administración del Sr. Trump está rechazando 22 regulaciones por cada una nueva que se está creando. Esta es una gran contribución al crecimiento económico pero sobre todo el cumplimiento fiel de una promesa de campaña.

Como afirmara Trump el pasado 30 de enero en un tono claramente republicano y decididamente Reaganeano, “Faith and family are to rule our people; not the government and the burocracy”.

Terrorismo y Medio Oriente

Trump prometió una nueva estrategia militar, más inteligente y de bajo riesgo, básicamente permitiendo que los militares hicieran su trabajo sin interferencia política para derrotar al terrorismo, y en particular a ISIS. Al seguir esta estrategia, ISIS ha perdido virtualmente todo su territorio a un riesgo mínimo para los Estados Unidos.

Irán y Corea del Norte deben considerarse como trabajo en progreso. Ninguno de los dos problemas ha sido resuelto pero tampoco se han empeorado. No fue fácil el legado dejado por Obama pero no parece que se haya tomado un camino equivocado.

El traslado de la Embajada Americana en Israel a Jerusalén es otra promesa de campaña cumplida –la que por lo demás se venía haciendo por todo candidato desde Clinton, Bush y Obama– y no parece haber causado ninguna disrupción importante en el mundo Árabe.

Los puntos controversiales

Mas déficit fiscal

No todo son buenas noticias. El déficit se estaba acercando al 2% del PIB en 2016, pero desde una mirada fiscalista, la falta de compromiso de Trump con el superávit presupuestario se ha traducido en un aumento del desaguisado fiscal. Además, la reforma tributaria podría elevar la diferencia entre ingresos y gastos. De todos modos, si la economía crece de acuerdo a como se está prediciendo el déficit, no debería constituir un problema, ya que la mayor recaudación por más actividad compensará el desajuste. Son dos formas de enfrentar un déficit, o se produce más o se gasta menos, y de todas formas los demócratas no le hubieran permitido recortar gasto en las áreas necesarias.

Comercio exterior

Esta es, quizás, el área más controvertida debido en particular a sus impulsos tuiteros. Para ordenar el análisis es importante recordar que, de las grandes economías, los Estados Unidos es el país más abierto del mundo. Cuando ha comerciado con países de menor tamaño o que no representan competencia para la economía del país, no les ha exigido nada a cambio. El dilema surge cuando estas economías, como en el caso de ciertos países de la Unión Europea o China, comienzan a ser muy fuertes ¿Qué hacer en esos casos? ¿Hasta qué punto ser blandos y seguir un discurso, que por muy liberal y correcto, sea políticamente viable? Nos gusten o no sus maneras siempre al borde de lo grosero, el fondo de la queja de Trump ante el proceder de China, por ejemplo, resulta difícil de rebatir desde la honestidad intelectual. Los norteamericanos critican que China, al igual que Alemania hasta mediados del 2017, juega con las cartas marcadas al manipular de forma deliberada el tipo de cambio de su moneda, entre otros trucos menores, forzando depreciaciones que, tras abaratar sus productos frente a los que fijan el precio en dólares, provocan una forma de competencia desleal para la industria de Estados Unidos. Es en estos casos que Trump habla del comercio “justo y recíproco”. Tal como me tratas, te trato. Y habla de renegociar los malos acuerdos comerciales. Por ello propicia también una estrategia de comercio bilateral, lo que debería por lo demás generar un marco más libre de comercio mundial.

Obamacare

Que el Obamacare no funciona es algo que hasta la mayoría de los demócratas reconocen. De puertas adentro, claro, aunque algunos ya se atreven a hacerlo en público. A pesar de las reiteradas promesas de la anterior administración de que el Obamacare reduciría el coste de los seguros sanitarios, lo cierto es que no han dejado de subir. Uno de sus efectos que explica muchas cosas, ha sido la reducción del número de empresas que ofrecen planes sanitarios, lo que se ha traducido en una drástica disminución de la competencia. El 70% de los condados de Estados Unidos solo pueden elegir entre una o dos aseguradoras. La previsión de Obama respecto del número de personas aseguradas en el marco de su reforma era de 21 millones en 2016; la realidad lo dejó en 10,4. ¿Qué ha ocurrido? Algo más de 12 millones se han acogido a alguna exención y, lo que es peor, 6,5 millones han preferido pagar la multa prevista antes que contratar un seguro bajo los parámetros del Obamacare. Además, y contrariamente a lo anunciado, las aseguradoras se han visto forzadas a cancelar los planes que no se ajustaban a los estándares impuestos por el Obamacare. De hecho, según Associated Press, al menos 4,7 millones de planes de salud han sido cancelados en 30 estados. Este plan propició la aparición, en 2014, de 23 aseguradoras sin ánimo de lucro que nacieron al calor del Consumer Operated and Oriented Plan, beneficiadas por 2.400 millones de préstamos blandos del erario. Poco después empezaron a colapsar como fichas de dominó, algunas de ellos dejando sin cobertura sanitaria a miles de personas. De las 23 nuevas aseguradoras, 18 han cerrado ya, dejando una deuda con el Estado de 1.900 millones de dólares irrecuperables.

Por cierto, en lugar de rebajar la presión sobre Medicaid, el programa de salud que da cobertura a las personas de menores ingresos, el Obamacare ha hecho que 11,8 millones más se hayan apuntado a él, con lo que sus beneficiarios ya son 74,5 millones, lo que amenaza su viabilidad financiera.

Estas grandes imperfecciones no son tales. La lucha ideológica es más profunda. Lo que Obama buscaba a través de lograr el colapso del sistema era abrir el camino a un sistema de salud pública universal, como el que está proponiendo Bernie Sanders, algo impracticable en un país tan complejo como los Estados Unidos, casi un continente en sí mismo, y donde los propios votantes demócratas de ciertos estados más conservadores se oponen. Algo que en su momento el propio Roosevelt tuvo que aceptar. La raza y la cultura pesan más que la clase y, por lo mismo hoy en Europa, los otrora votantes de la socialdemocracia han migrado a la extrema derecha a una velocidad vertiginosa frente a las inmigraciones masivas.

No parece, pues, que el Obamacare haya sido un éxito. Otra cuestión muy distinta es que cualquier reforma sea positiva y viable. No resulta difícil encontrar ejemplos de legislaciones desastrosas sustituidas por nuevas legislaciones igual o más desastrosas. Y aquí no parece que la administración Trump haya estado muy fina con sus propuestas para reemplazar la reforma sanitaria de Obama. Algo hay en la ley de rebaja impositiva que trata de enfrentar el desaguisado, pero la realidad es que no se ha podido solucionar el problema todavía.

Inmigración

Otro de los puntos más controversiales de este Presidente ha sido su planteamiento de la política inmigratoria. Para definir el debate, acaba de proponer en el discurso del Estado de la Nación un plan inmigratorio que, tratado en el Congreso reemplace a la actual ley que en muchos aspectos no se cumple, lo que explica la cantidad de ilegales en USA. El detonante para precipitar esta discusión han sido los llamados Dreamers, extranjeros llegados menores al país, y para los que Obama dictó una norma protegiéndolos de la deportación. Norma que por estimar ilegal, Trump derogó con un plazo –hasta el 8 de febrero del 2018- para forzar al Congreso a una discusión migratoria, la que se dispara con este plan presentado y que en lo esencial se resume en cuatro puntos. Establece el camino para obtener la ciudadanía de parte de los Dreamers, vía educación y trabajo ofreciendo esta alternativa para tres veces más el número de Dreamers que el programa de Obama; prevé el control total de las fronteras mediante el alargamiento del mentado muro más la contratación de mayores efectivos para el sur; termina con el programa de la lotería de visa y limita la inmigración en cadena a familiares de línea directa. Ahora la decisión está en manos del Congreso.

Para concluir

Las críticas posteriores al discurso del State of the Union son grandilocuentes en sus títulares pero pobres en sus contenidos. Los números de Trump no mienten. La mano a los demócratas fue tendida y estarán obligados a trabajar sobre bases bipartidistas: ¿Cuántos demócratas podrán oponerse a bajar los costos de los remedios, o podrán votar contra terminar con la crisis del opio? ¿Cuántos demócratas podrán negarse a permitir a enfermos terminales a ensayar con nuevas drogas y tratamientos no aprobados por la FDA o a invertir 1.5 mil millones en obras de infraestructura?

La respuesta demócrata al discurso del 30 de enero estuvo en manos de Joe Kennedy III, sobrino nieto de JFK, un representante de 37 años del estado de Massachussets que acusó a Trump de promover la fractura social de USA. Con un discurso articulado y una imagen fresca no logró dejar claro cuál es la propuesta demócrata; mucha crítica pero pocas ideas. Y pareciera también que la insistencia de que éste es el peor presidente de la historia se debiera a que muchos demócratas no entienden por qué fue electo Trump.

Los Estados Unidos no es un país políticamente correcto. Las ideas elitistas y postmodernas sobre medioambiente, energías alternativas, gobiernos transnacionales, género, universalidad y gratuidad no son de su esencia, como ya dijimos. Por el contrario, la mayoría de los americanos no tienen título universitario ni ganan grandes sueldos. Pese a ello guardan la esperanza de surgir por sus propios méritos y creen en la libertad en general y en la  responsabilidad individual. Es el individuo antes y primero que el Estado y, por ello, en su State of the Union, Trump destacó que “Estamos defendiendo la Segunda Enmienda –el derecho a portar armas- y hemos tomado medidas históricas para proteger la libertad religiosa”. El estadounidense medio, incluso el hijo de inmigrante, no espera que el Estado los socorra de sus penurias. Es a ellos y en su idioma a quienes les habla Trump, los llamados blue collar worker o trabajador de fábrica. Estos mismos millones no ven las preocupaciones de Trump sobre la inmigración como racistas y destacan el coraje de sus convicciones. Lo admiran como a un exitoso emprendedor y estiman su valor de criticar a cualquiera que se oponga a su visión de Make America Great Again, de la que se sienten orgullosos. Por eso tuvo tanto éxito su discurso del State of the Union. Estos millones, más la tradicional base republicana, es la grieta que los demócratas todavía no lograron descifrar.

Con el desempleo en descenso, los salarios en alza, la rebaja impositiva, un PIB en aumento, y la bolsa alcanzando records históricos, se esperaría que Trump ampliara el apoyo fuera de su base. Pero ocurre que tradicionalmente un presidente que divide a los Estados Unidos agresivamente, no le cae bien a los americanos, ni en las encuestas ni en las reelecciones. Quizás haya llegado la hora a este tan singular personaje de mostrar respeto a otros puntos de vista y a ayudar a cerrar las heridas que dividen al país. Pareciera que es como pedirle al agua que no esté mojada pero, como canta Rubén Blades y los Seis del Solar, “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…”. La historia dirá si estamos frente a un estadista o sólo ante –hasta ahora- un buen presidente que logró cambiar el rumbo negativo por el que se dirigían los Estados Unidos de Norteamérica.

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