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Publicado el 27 de febrero, 2018

El campo de batalla son las palabras (II): ¿Progresismo o Progresofobia?

Progresismo connota progreso, y por definición el progreso es bueno. Implica movimiento hacia un objetivo deseable. ¿Quién podría oponerse? Pero aquí también la palabra no significa lo que se espera sino lo opuesto. A pesar de toda su palabrería sobre progreso, las bases sobre las que los izquierdistas asientan sus ideas es el retorno a una cultura primitiva y tribal.
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La izquierda ha sido siempre hábil en el uso del lenguaje para proyectar sus fines. Reconociendo que la percepción importa más que la realidad, usan las palabras de modo Orwelliano, imponiendo una semántica opuesta a su etimología. Nos hemos referido ampliamente al tema en nuestro artículo pasado.

En este caso trataremos de la palabra “progresista”. No es difícil imaginar por qué un movimiento desearía tal etiqueta. Progresismo connota progreso, y por definición el progreso es bueno. Implica movimiento hacia un objetivo deseable. ¿Quién podría oponerse? Pero aquí también la palabra no significa lo que se espera sino lo opuesto. A pesar de toda su palabrería sobre progreso, las bases sobre las que los izquierdistas asientan sus ideas es el retorno a una cultura primitiva y tribal, y cuyo desarrollo se gestó a partir del fracaso de la implementación de la teoría marxista, como veremos en este artículo.

La palabra “progresista”

Se acepta casi como un dogma que para ser progresista hay que ser de izquierda y que todo lo que significa avance, derribo de obstáculos y superación de inconvenientes está ligado de manera indisoluble a esa concepción política. Y en esto hay exceso y error. Parece obvio que el progreso material fruto de la inventiva humana tiene poco que ver con una u otra determinación ideológica. Hablar de progresismo ligado en exclusiva a los partidos socialistas resulta reñido con la realidad y en abierta oposición a los que nos deparan las cosas mismas. El crecimiento del Estado, la presencia del poder público en la esfera económica y de las libertades civiles, el intervencionismo, la regulación, el asistencialismo, el aumento de impuestos, el crecimiento del gasto público ¿son progresistas o reaccionarios? Y en materias como el aborto, la eutanasia, el matrimonio y adopción por homosexuales, la inmigración descontrolada, la ecología, el orden y las políticas de mantenimiento de las cosas dentro de límites razonables ¿dónde está el progresismo y dónde el retroceso? Más allá del ruido y agitación social que producen determinados círculos juveniles y extrañas alianzas anarquistas y marxistas, no se puede catalogar sin más de progresistas movimientos que en lugar de avanzar nos hacen retroceder a estadíos ya conocidos y poco placenteros. Por ello, ¿no hay lugar acaso para preguntarse si de verdad la izquierda representa al progresismo?

No puede existir mucha discusión sobre qué es el progreso material. Semánticamente funciona como adelanto o mejora. Y en la práctica cuanto más progreso material prueba el ser humano, más lo apetece y estima, y de ahí que progreso sea, pues, el bienestar.

Steven Pinker, profesor de Psicología en Harvard, acaba de publicar un ya famoso libro Enlightnment Now. The case for Reason, Science, Humanism and Progress. La tesis es clara: el mundo va bien, los últimos 300 años han sido los mejores de la humanidad y no hay mejor momento para vivir que hoy. La obra provoca urticaria al populismo neocomunista y a los intelectuales neomarxistas a los que acusa de “progresofobicos”. Pinker acumula evidencia irrefutable, tal como lo hiciera ya Matt Ridley (The Rational Optimist). En 1800 el 90% de la población era pobre, hoy el 10%. En los últimos 25 años, los periódicos podrían haber titulado diariamente “El número de personas en extrema pobreza cayó ayer en 137.000”. Contrariamente a lo que pensamos, los muertos por terrorismo en Occidente son menos que los de las décadas del 70 y 80. Los muertos en guerra también han caído (esto no es tan contraintuitivo) y la esperanza de vida se ha disparado. A finales del siglo XIX la jornada media en Occidente era de 66 horas semanales, hoy es de 38. Incluso el coeficiente de inteligencia está creciendo tres puntos cada década.

Pero, ¿por qué desprecia la izquierda las pruebas de Steven Pinker, que no es precisamente un libertario? Es que el intelectual adjudica el impulso de la humanidad a “la razón, la ciencia, el humanismo y, ¡sí! la odiosa democracia liberal. Pinker se declara seguidor de Kant, Spinoza, Hume, Adam Smith. Advierte que la razón, en el sentido de la Ilustración, no es negociable y que no debemos dar por supuestas las conquistas de la Ilustración; toca seguir defendiéndolas contra la irracionalidad, el imperio del sentimentalismo y el nacionalismo. O, como diría Reagan “Freedom is never more than one generation away from extinction”.

Orígenes del pensamiento “progre”

¿Cómo es que nos encontramos, sin embargo, en pleno siglo XXI batallando para demostrar que el progreso es avance y no retroceso, y que por lo mismo la izquierda es más progresofóbica que progresista y que lo verdaderamente progresista es un sistema en el que las personas puedan pactar libremente?

La historia nos remonta a la Primera Guerra Mundial. En el discurso marxista a un cambio en las condiciones económicas de la sociedad seguiría una mutación del pensamiento y la moral colectivas naciendo el hombre nuevo que cumpliría el ideal socialista. Convencidos que el futuro estaba predeterminado por las leyes de la dialéctica, la implosión del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria era sólo cuestión de tiempo.

Con el inicio de la Primera Guerra Mundial los dirigentes marxistas creyeron ver la oportunidad para el triunfo de una revolución proletaria en toda Europa. Según la ortodoxia marxista la clase trabajadora debía responder homogéneamente ante el conflicto negándose a luchar contra los hermanos de clase. Sin embargo las previsiones de la II Internacional de Stuttgart de 1907 fracasaron estrepitosamente  y en todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros dirigidos por sus partidos de corte socialista fueron a la lucha en defensa de sus respectivas naciones y no de sus intereses de clase.

Antonio Gramsci y los Cuadernos de la Cárcel

Era imperativo un cambio radical de estrategia. Fue quizás Antonio Gramsci el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Tras su primera visita a la Unión Soviética percibió que el comunismo no funcionaba y que sólo subsistía penosamente bajo regímenes que empleaban el terror de masas como obediencia política. Con honestidad intelectual ajena al resto de los “tontos útiles” como decía Lenin, que volvían de sus visitas a la URSS cantando glorias sin fin del sistema bolchevique  –“la libertad de crítica en la URSS es total” proclamaba Jean Paul Sartre– Gramsci consignó con frialdad la terrible aberración que constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin fin que provocaba entre la población. Pero puesto que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber perdido su infalibilidad, la causa de este rotundo fracaso había que buscarla en la tradición judeocristiana. La propiedad privada como pilar económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral impedían que la historia fluyera en la dirección planeada por los científicos del marxismo.

En sus “Cuadernos de la Cárcel” ya de regreso en Italia –en donde había sido encerrado por Mussolini, el otrora socialista devenido en fascista- teoriza sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como condición necesaria del éxito del ideal comunista. Y concluye que era indispensable ganar para la causa comunista a los intelectuales, al mundo de la cultura, la religión, de la educación, en definitiva, a los sectores del mundo de las ideas, con la seguridad que en unas cuantas generaciones se cambiaría el paradigma dominante en occidente. Otro tanto hizo Lukacs (“¿Quién nos librará de la cultura occidental?”) en Hungría, quien además tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías para la breve dictadura de Bela Kum, con su cargo de Comisario para la Cultura.

Estos escarceos teóricos no hubieran sido posibles sin la formidable maquinaria de propaganda marxista, Kommintern o Internacional Comunista, dirigida por un agitador profesional, Willi Müzenberg. Su misión fue, en esencia, inocular en la conciencia de Occidente la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas o simplemente estúpidas, mientras que los partidarios del Comunismo eran, contrariamente, gente con una mente avanzada, partidarios del progreso de la humanidad y tocados por un halo de refinamiento intelectual. Para ello los hombres de Müzenberg contaron con la colaboración de una auténtica pléyade de escritores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos o publicistas, de Ernest Hemingway a John Dos Passos, de Bertolt Brecht a Dorothy Parker. “El club de los inocentes” como los llamaba Müzenberg.

Herbert Marcuse y “La Tolerancia Represiva”

Lukacs, junto con otros compañeros del partido comunista alemán fundaron el Instituto de Investigación Social de la Escuela de Frankfurt, de donde surgiera Herbert Marcuse. Su libro “La tolerancia represiva” se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos y su autor en ícono intelectual. En él Marcuse construye su acta de acusación formal contra la burguesía, considerándola como la causa directa de la opresión fascista que soportaba la sociedad. Así como el marxismo criminalizó la clase capitalista, Marcuse declaró culpable de los mismos delitos a las clases medias. Su desarrollo posterior llevó a sus seguidores a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales, los patriotas, practicantes de religiones tradicionales o en general los autotitulados conservadores eran incipientes fascistas o nazis.

El concepto de “tolerancia represiva” implicaba que aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista –lo que un liberal llama libertad de expresión- era en realidad una forma escogida de represión. Esto en tanto que para Marcuse la tolerancia era la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda, conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a las manifestaciones de matiz conservador. No hacía así más que actualizar las directrices de órganos comunistas como el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética que en 1943 consignaba a sus cuadros: “Nuestros camaradas miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente”.

Lo políticamente correcto o marxismo cultural hoy

Y esta técnica dialéctica sigue plenamente vigente setenta años después. Este es el origen de lo políticamente correcto o marxismo cultural. Basta con asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de la dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática. El aborto, la infidelidad, la promiscuidad, el cambio de género son ofrecidas como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano. Por el contrario la defensa de la propiedad, la religión, el capitalismo, la familia, el código moral transmitido durante generaciones son considerados reaccionarios, de fanáticos y si se insiste en su defensa, llanamente de fascistas. No se admite la libertad de opinión. Bajo el régimen despótico de lo políticamente correcto las únicas expresiones religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de la agenda progre como la justicia social, la redistribución de la riqueza o el tercermundismo anticapitalista. Por otra parte los alumnos hoy son casi analfabetos en áreas clásicas de conocimiento pero están hipersensibilizados con temas promovidos por la izquierda como los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo o el relativismo ético.

El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el del órgano marxista Dissent que en 1996 citaba las siguientes conquistas: “el visible impacto del feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia, el progreso de la secularización, la expulsión de la religión en general y el cristianismo en particular, la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto o los éxitos por limitar la posesión de las armas de fuego”. Lo más destacable, sin embargo, es que estas conquistas han sido impuestas por élites progresistas sin que respondan a movimientos de masas.

Todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada de la agenda política de la izquierda de modo que hasta los partidos de derecha conjugan con total despreocupación términos como desarrollo sustentable, cambio climático, justicia social, defienden la educación pública, el estado de bienestar, etc.  Como escribió Aldous Huxley admirablemente: “un estado totalitario realmente eficiente es aquel en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada porque en realidad ama esta servidumbre”.

¿Qué yace detrás de todo esto? ¿Hay una preocupación altruista por el bienestar de los pobres? Dudosamente. Si uno escucha el actual discurso de los igualitaristas, por ejemplo, están menos preocupados por sacar a los pobres de la pobreza como por hacer que los ricos tengan menos. Tal como en su momento describiera Margaret Thatcher al referirse a su oponente de izquierda: “Preferiría ver a los pobres más pobres con tal que los ricos fueran menos ricos”.

Una visión primitiva del mundo

Existe una palabra para esto, aunque rara vez se discute y menos aún se entiende. Esa palabra es “envidia”, el resentimiento por el éxito del otro. Que no es lo mismo que celos, o desear lo que otros tienen. La envidia simplemente anhela diezmar a quienes han tenido éxito porque tienen una concepción equivocada del mundo, que cree que la vida económica es un juego de suma cero; la creencia que las ganancias de un hombre pertenecen necesariamente a las pérdidas de otro. Nada es más primitivo que esta forma de ver al mundo. Cualquier curso de antropología revela cuán común es esta visión entre las tribus aisladas de la civilización, en donde el éxito de los miembros individuales es atribuido a la brujería, el “ojo del diablo” o algún otro método supernatural, y siempre conseguido a expensas de otro.

Sólo abandonando el pensamiento mágico y abrazando las ideas de la libertad individual y la propiedad privada, como alude Steven Pinker, fue que la humanidad se ingenió para salir de las profundidades de la pobreza y privación que caracterizó a gran parte de su derrotero como especie sobre la tierra.

En su exhaustivo tratamiento de la envidia como motivador del comportamiento social, el sociólogo Helmut Schoeck comenta sobre la ironía del progresismo: “El punto de partida real del socialista –y del progresista de izquierda– en general es idéntico al de los hombres primitivos habitados por la envidia. Lo que, por más de un siglo, ha sido considerado una “actitud mental progresiva” no es más que una regresión a una especie de instancia infantil del pensamiento económico humano.

Progresofobia

La economía no es la única área en la que los progresofóbicos, en términos de Pinker, reverencian el pasado. A pesar de su retórica pro ciencia, el movimiento progresista odia el progreso como las cosechas genéticamente modificadas y los servicios de transporte compartidos como Uber y Lyft, generalmente sobre la base de argumentos proteccionistas. Y poco cabe decir de los medio ambientalistas radicales, que suspiran por tiempos en los que los humanos casi no existían sobre el planeta. No es que odien todos los frutos del progreso: la mayoría de ellos usan computadoras para escribir en lugar de pergamino, pluma y tinta y, de tener que someterse a una cirugía lo hacen bajo los efectos de la anestesia. Ni hablar que si deben lavar sus jeans, todos recurren a la lavadora automática, gran consumidora de energía. Es la idea de progreso la que no soportan, precisamente lo que defendía la Ilustración, la creencia que a través de entender el mundo se podía mejorar la condición humana.

Al señalar que el progresismo es, en realidad, progresofobia, es importante no caer en la falacia opuesta de creer que algo es malo porque es antiguo y bueno porque es nuevo. Pero se debería tener al menos cierta sospecha de una ideología que debe disfrazar su verdadera naturaleza reclamando que mira al futuro cuando está anclada en el pasado distante.

Es hora de cesar la retirada en la batalla de las palabras. Una sociedad de hombres libres, en donde no existen jerarquías políticas y en la que las ideas fluyen es el único modo de vida comunal que ha permitido al hombre llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le permitan, en el que no se depende del dictado arbitrario de unos pocos sino de la aceptación de una mayoría libre. Y es la única manera en que han progresado las sociedades. La libertad no es atacada por sus defectos, sino por sus virtudes. Por eso siguen repitiendo los colectivistas hegelianos marxistas que controlan nuestra cultura que los que defendemos la libertad somos peligrosos egoístas totalitarios, mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los que se declaran fascinados con la cultura y educación del régimen castrista son los auténticos adalides del progreso. En realidad, ellos son una rama del primitivo colectivismo y por ello su movimiento y todo lo que representa merece el apodo de progresofobia.

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