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Publicado el 25 de agosto, 2018

Mauricio Rojas: La democracia asediada

Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD Mauricio Rojas
Presentamos el prólogo del último libro del historiador Mauricio Rojas, que contiene seis ensayos que reflexionan sobre los factores que amenazan la democracia hoy. Su muerte, dice, nunca es un proceso impersonal, pues siempre hay culpables y cómplices.
Mauricio Rojas Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD
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Las democracias mueren lentamente. Aun cuando su final sea abrupto, como ocurrió en Chile en septiembre de 1973, o paulatino, como en la Venezuela de Chávez y Maduro, siempre lo precede un largo proceso de deterioro de la amistad cívica y de las instituciones que resguardan el orden social y protegen nuestras libertades fundamentales. La muerte de la democracia acostumbra a empezar subrepticiamente, con hechos que a primera vista pueden parecer nimios, pero que al tolerarse o incluso aplaudirse terminan por desencadenar un espiral de transgresiones al respeto cívico y a la legalidad que normaliza el uso de la violencia, ya sea verbal o física, y conduce a la pérdida de todo sentimiento de comunidad, convirtiendo al país en cuestión en un campo de batalla donde el deceso final de la democracia es sólo una cuestión de tiempo. La fortaleza democrática cae después de un largo asedio interno, que ha ido debilitando sus cimientos y preparando el asalto final.

 

La muerte de, entre tantas otras, la democracia alemana y la española en la década de 1930 o la chilena en los años 70 o la venezolana recientemente, repite, cada una a su manera, un largo ciclo de destrucción de sus fundamentos. En cada caso han existido diversos factores, muchos de ellos externos, así como profundas tensiones sociales, que influenciaron el transcurso de los acontecimientos, pero ello no explica, en sí mismo, el que se hayan desbordado los cauces democráticos. Para ello se requiere la existencia de ideas y voluntades que promueven, amparan o toleran el camino hacia la polarización y la confrontación fratricida. No se trata, en ningún caso, de procesos inexorables por más que a posteriori lo parezcan. Siempre existieron alternativas que se frustraron y voces que advirtieron acerca del despeñadero hacia el que se estaba marchando, pero que, como las de Casandra y Laocoonte en la tragedia de Troya, fueron desdeñadas o acalladas. La muerte de la democracia nunca es un proceso impersonal. Siempre hay culpables y cómplices, grandes y pequeños, tribunos delirantes y seguidores irresponsables, futuros vencedores o víctimas nada inocentes. Aprender de unos y de otros a fin de detectar y actuar a tiempo contra los destructores de la democracia es nuestro deber permanente o, parafraseando la célebre frase que se le atribuye a Thomas Jefferson refiriéndose a la libertad, el precio de la democracia es nuestra eterna vigilancia.

 

Hoy la amenaza antidemocrática ha tomado una forma que la hace aún más insidiosa y difícil de combatir en un estadio temprano: se trata del uso de medios democráticos para destruir la democracia. Como señalan Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su reciente libro Cómo mueren las democracias: “Desde el fin de la Guerra Fría, la mayoría de los quiebres democráticos  no han sido llevados a cabo por generales y soldados, sino por los mismos gobernantes electos (…) Los retrocesos democráticos de hoy empiezan en las urnas de votación.”

 

Este cambio de escenografía, del golpe militar o revolucionario, breve, dramático y evidente, al “golpe democrático”, dilatado, difuso y subrepticio, es de la mayor importancia y es vital entender cómo se van destruyendo, paso a paso, los componentes liberales de la democracia, es decir, aquellos que contrarrestan la concentración del poder y su uso ilimitado mediante la protección de las libertades individuales, la autonomía de la sociedad civil y los derechos de las minorías.

 

Esta nueva situación ha venido a confirmar una predicción realizada por Fareed Zakaria hace ya más de veinte años en su célebre ensayo titulado El auge de la democracia iliberal. A su juicio, los grandes conflictos políticos del siglo XXI no serían, como aquellos del siglo XX, entre democracia y dictadura, sino que tendrían lugar dentro de la democracia, entre la concepción liberal y aquella iliberal de la misma.

 

El populismo, ya sea de derecha o de izquierda, es hoy el principal exponente de esta amenaza iliberal. Como bien escribió Mario Vargas Llosa en el prólogo a El estallido del populismo: “El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal –de la libertad–, sino el populismo (…) No se trata de una ideología, sino de una epidemia viral –en el sentido más tóxico de la palabra– que ataca por igual a países desarrollados y atrasados, adoptando para cada caso máscaras diversas, de ultraizquierdismo en el tercer mundo y de derechismo extremista en el primero. El populismo es una degeneración de la democracia, que puede acabar con ella desde dentro.”

 

En América Latina hemos vivido de cerca el conflicto entre democracia liberal e iliberal, así como el embate del populismo, tal como se ha manifestado en la evolución de Venezuela hacia la autocracia y en los procesos similares actualmente en curso en Bolivia y Nicaragua. En el Ecuador de Rafael Correa y en la Argentina de los Kirchner también se avanzó en esa dirección, aunque hoy, afortunadamente, vemos cómo se está revirtiendo esa marcha hacia la muerte democrática de la democracia. Sin embargo, la amenaza iliberal puede pronto recibir un nuevo impulso en la región dependiendo del desarrollo político en países tan importantes como Brasil, México, Colombia y Perú. Las profundas fracturas étnicas y sociales, así como la corrupción y la debilidad institucional de América Latina, seguirán siendo un terreno fértil para aventuras electorales que a nombre de las mayorías vuelvan las formas democráticas contra la libertad.

 

En Chile no han faltado los exponentes de esta forma de volver la democracia contra la democracia. El arsenal argumentativo chavista ha sido movilizado en su conjunto con la finalidad de proponer una refundación del país mediante una asamblea constituyente que elabore una nueva constitución. Su propósito explícito es eliminar todo tipo de cortapisas a la voluntad de una mayoría circunstancial para hacer lo que quiera con el país. Por ello es que se devalúa nuestra democracia, se promueven las formas plebiscitarias, se ataca la existencia del Tribunal Constitucional y se pide la eliminación de los quórums cualificados para la aprobación de ciertas leyes y las reformas constitucionales. Este asedio a la democracia ha amainado temporalmente, pero sin duda volverá a hacerse sentir con fuerza en el futuro. Para ello debemos prepararnos y no hay mejor forma de hacerlo que estudiando los problemas de la democracia y conociendo a fondo las amenazas en su contra.

 

Ese es el propósito de los ensayos que se reúnen en el presente libro. El primero nos brinda un panorama del debate actual sobre la democracia que sirve como marco analítico y conceptual para el resto de los ensayos. En él se reseña el drástico cambio que se observa entre los estudiosos de la democracia acerca de las perspectivas de la misma: desde el entusiasmo casi ilimitado de fines del siglo pasado, cuando se aclamaban los triunfos de la “tercera ola de democratización” a una preocupación e incluso pesimismo crecientes que responden a los retrocesos globales recientemente experimentados por la democracia y las libertades políticas y civiles, así como a las amenazas provenientes de los regímenes autoritarios y de la marea populista que ha irrumpido tanto en las democracias más consolidadas como en muchas otras más frágiles.

 

En el ensayo siguiente se aborda lo que es el dilema eterno de la democracia, es decir, su conflicto inmanente entre la tendencia a acumular y extender ilimitadamente el poder a nombre de la soberanía popular y la necesidad de controlarlo y limitarlo para que la democracia no arrase la libertad. Para ilustrar este dilema se hacen referencias a la primera democracia conocida, la ateniense, y luego a las dos grandes revoluciones que dan inicio a la modernidad, la estadounidense y la francesa, y las formas antagónicas de democracia a las que dieron origen: la democracia liberal al servicio de la libertad y la democracia iliberal al servicio de fines colectivos y líderes autoritarios que la aplastarán.

 

El tercer ensayo trata de la fragilidad endémica de la democracia y las instituciones latinoamericanas. Para entender sus causas se recurre, primero, a la mirada de Alexis de Tocqueville, que recalca los condicionantes sociales de la democracia, en particular la presencia de lo que denominó “igualdad de condiciones” y que, a su juicio, era el elemento novedoso y determinante del desarrollo de la democracia estadounidense, pero también, por su ausencia manifiesta, de la fragilidad del orden político y la democracia en América Latina. Esta mirada tocquevilliana se complementa con una referencia a los estudios de Arendt Lijphart sobre los sistemas democráticos en sociedades ya sea homogéneas y cohesionadas, ya sea heterogéneas y fragmentadas (como las latinoamericanas). En este último contexto se da una tendencia natural hacia el desarrollo de democracias confrontativas y poco estables que puede ser superado, al menos temporalmente, por la voluntad de establecer pactos y arreglos constitucionales que limiten o condicionen la vigencia plena del principio mayoritario y le brinden garantías a las partes en conflicto de que no serán arrasadas por los eventuales vencedores de una contienda electoral. Finalmente, con ayuda de estas perspectivas se estudian las experiencias históricas de Argentina, Venezuela y Chile.

 

El ensayo siguiente trata de definir conceptualmente el populismo y establecer las condiciones de su eventual irrupción en diversos contextos sociales. La definición propuesta no trata al populismo, como es común, como un estilo o una praxis política caracterizada por la demagogia y la irresponsabilidad, sino como movimientos que por cierto pecan de lo anterior pero que alcanzan su especificidad como fenómeno político mediante un discurso diferenciador acerca de la sociedad, sus problemas y las soluciones para los mismos. El eje de este discurso es la negación de la existencia de una comunidad nacional, dividiendo la sociedad en cuestión en dos bandos antagónicos, el pueblo y el antipueblo, los virtuosos y buenos, por una parte, y los corruptos y malos, por la otra. Este planteamiento excluye todo diálogo y trata al adversario como enemigo, quebrantando con ello la lógica fundamental de la democracia liberal. Este discurso que atenta contra la amistad cívica y que es profundamente antidemocrático encuentra el contexto propicio para su irrupción como fenómeno político significativo cuando se dan, al menos, dos circunstancias: la existencia de importantes grupos sociales que se sienten amenazados, excluidos o desfavorecidos y un vació de representación o canalización de las inquietudes y demandas de estos grupos.

 

El quinto texto describe y analiza la amenaza populista en el contexto de Europa Occidental. Se trata de una gran cantidad de movimientos que van desde los partidos nacionalistas de los países de desarrollo más temprano en el centro norte de Europa hasta aquellos de izquierda radical en los países tardíamente desarrollados de la cuenca mediterránea. Estos contextos diferentes explican sus diversas orientaciones y, no menos, los sectores sociales que atraen. Los populismos de los viejos países industrializados son, al igual que en Estados Unidos, básicamente apoyados por sectores populares y, en particular, obreros, que resienten el impacto doble de la globalización y la inmigración. Los del sur europeo atraen sectores más de clase media y, en especial, jóvenes defraudados por las promesas de un bienestar que parecía fácil de alcanzar y mantener, pero que se ha demostrado esquivo. Así, si bien todos los populismos se nutren de “indignados”, estos tienen, social y generacionalmente, poco que ver entre sí. Sin embargo, y más allá de sus evidentes diferencias, todos estos movimientos son portadores de un discurso populista con las características antes esbozadas, constituyéndolos, cada uno a su manera, en una amenaza a la convivencia cívica y la democracia liberal.

 

El sexto y último ensayo trata de Suecia y su extraña democracia, que históricamente combinó rasgos liberales y corporativistas que, a simple vista, parecen ser absolutamente incompatibles entre sí. Esta democracia liberal-corporativa alcanzó su madurez bajo la larga hegemonía socialdemócrata que se inicia en la década de 1930, pero sus raíces son mucho más antiguas. Por ello, este texto nos invita a un recorrido por la historia sueca para entender cómo se formó este híbrido democrático que desafía las simplificaciones conceptuales mostrándonos, una vez más, que, como dice Mefistófeles en el Fausto de Goethe, “gris es toda teoría, y verde el árbol dorado de la vida”. Además, este estudio de la democracia sueca y sus orígenes nos permite acercarnos a la utopía socialdemócrata de la sociedad racional y entender su auge pero también su caída.

 

Este libro fue publicado por Res Publica (Santiago, junio de 2018).

 

FOTO:PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO

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