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Publicado el 03 de febrero, 2018

Volver a 1968

Como señaló Carlos Fuentes, “el 68, por principio de cuentas, es uno de esos años-constelación en los que sin razón inmediatamente explicable coinciden hechos, movimientos y personalidades inesperadas y separadas en el espacio”.
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Así como este 2018 se cumple el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial y de tantos otros sucesos importantes de la historia del siglo XX, también es una buena oportunidad para recordar otro año clave de la pasada centuria: 1968. Como resume Mark Kurlansky en el título de un libro, fue El año que conmocionó al mundo (Barcelona, Destino, 2005).

La década de 1960 ya había sido suficientemente dinámica y rebelde en los más diversos lugares del mundo: los jóvenes habían emergido como actores políticos relevantes; se vivían momentos de descolonización en África y un ambiente revolucionario en América Latina; en Europa y Estados Unidos se percibía un agotamiento del sistema, aunque no hubiera un sustituto claro en su reemplazo. Incluso tras la Cortina de Hierro emergían algunas voces disidentes que eran aplastadas mediante la construcción del Muro de Berlín y otros mecanismos propios de los regímenes totalitarios.

Arthur Marvick se pregunta si 1968 es una fecha para recordar y luego reflexiona: “lo que caracterizó a 1968 fue una amplia difusión geográfica del activismo estudiantil, afectando a Japón así como a los países de la Cortina de Hierro así como los del Oeste, no la inminencia de la revolución” (The Sixties, Oxford University Press, 1998). Y, efectivamente, fue ese sello el que se impuso en un año que se volvería inolvidable para los actores del momento histórico y para las generaciones futuras.

Lo interesante es que los “momentos estelares”, para utilizar la expresión de Stefan Zweig, fueron diversos y simbólicos: el famoso mayo francés, que enfrentó a los estudiantes contra el gobierno del general de Gaulle en París; la no menos relevante Primavera de Praga en Checoslovaquia; el llamado “annus horribilis” que afectó a los norteamericanos; la matanza de estudiantes en México, son sólo algunos de los fenómenos que marcaron 1968 y dieron larga vida al mito. A ellos podríamos agregar los problemas que enfrentaba la Iglesia Católica en el contexto del post Concilio Vaticano II, la efervescencia revolucionaria que seguía a la muerte del Che Guevara en distintos países latinoamericanos, además de otros problemas que se manifestaban incluso en las opulentas capitales europeas. El fenómeno de dimensiones universales tenía su correlato y sus manifestaciones específicas en distintos países. Sus expresiones, en cualquiera de los casos, contaron con una difusión especial gracias al impacto de la difusión.

Como suele ocurrir, las energías gastadas en los movimientos revolucionarios de 1968, y de la década de 1960 en general, no tuvieron el efecto esperado por sus protagonistas. Tampoco hubo un éxito político real de transformación social: ni en Occidente hacia la revolución —marxista o de otra naturaleza— ni tras el Muro de Berlín hacia espacios de libertad, como podría haber ocurrido de resultar victoriosa la Primavera de Praga. Por lo mismo, 1968 fue un año que quedó más en el simbolismo que en los resultados concretos y, por lo mismo, a la larga quedó en la mentalidad de la época y en la cultura, pero no en los cambios institucionales concretos.

Como señala Carlos Fuentes en su interesante ensayo Los 68. París, Praga, México (Barcelona, Debate, 2005), “el 68, por principio de cuentas, es uno de esos años-constelación en los que sin razón inmediatamente explicable coinciden hechos, movimientos y personalidades inesperadas y separadas en el espacio”. Con todo, el escritor mexicano relativiza los efectos de ese año paradigmático: “Quizá sin mayo en París, sin primavera de Praga y sin Tlatelolco en México, las nuevas sendas de la democracia y la crítica social se hubiesen, de todos modos, abierto paso”.

Este 2018 se cumple medio siglo de esos sucesos y ya se anuncian una serie de conmemoraciones, seminarios, encuentros, celebraciones y recuerdos. Es un buen momento para pensar históricamente, para volver a ese pasado relativamente reciente e intentar comprenderlo, en la convicción de que ayuda a comprender también el mundo de hoy. Es una excelente oportunidad también para contrastar la historia con el mito y para procurar una aproximación que vincule lo local de cada uno de los acontecimientos que marcaron el 68 con lo que podría considerarse el ritmo propio de la época, que marcaba a sociedades diversas y por ende tenía un impacto global.

Después de todo, hoy existe una perspectiva amplia y una historia larga que siguió a la década de 1960, que marchó por un camino muy distinto al que preveían los jóvenes rebeldes de aquellos tiempos y a lo que exponían algunos analistas desde sus escritorios. La caída del Muro de Berlín en 1989 fue la manifestación más visible de un mundo que se hundió y que en los años 60 había representado el futuro. Por el contrario, las democracias liberales triunfaron y también lo hicieron las economías libres, antes tan cuestionadas. Sin embargo, una mirada atenta indica que dentro de los regímenes democráticos se incorporaron muchas de las demandas, críticas y rebeldías de los 60, no tanto en el plano político como en el cultural. Así lo muestran las revoluciones en la vida cotidiana, en las costumbres y en la familia.

Chile, como podremos observar este año, tuvo su propio 1968: la toma de la Catedral en Santiago, el 11 de agosto; la radicalización y la ruptura en la FEUC, y el posterior triunfo gremialista en la Universidad Católica; importantes discusiones culturales; una vorágine política que sacudía al gobierno de Eduardo Frei y a la Democracia Cristiana, camino a su división; en el cine destacó el estreno de Tres tristes tigres, de Raúl Ruiz y Ayúdeme usted compadre, de Germán Becker, que por décadas fue la película más popular; año de los suicidios de dos grandes escritores, como Joaquín Edwards Bello y Pablo de Rokha, que además vio partir en un accidente al historiador Jaime Eyzaguirre.

Este es un gran año para volver a todos estos temas y será muy bienvenido leer los libros publicados, así como promover columnas y discusiones sobre el significado de la década.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)

 

 

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