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Publicado el 13 de junio, 2018

Universidades para el siglo XXI y legislación para el siglo XX

Abogado, ex diputado Ernesto Silva
Necesitamos nuevos incentivos y diseños que apoyen el desarrollo de un sistema de educación que aspire a ser protagonista del futuro. Los países de ingresos medios en transición hacia el desarrollo -como Chile- necesitan un esfuerzo muy grande de innovación, transformación y productividad para lograr dar ese salto. No basta con buenas instituciones y liderazgo.
Ernesto Silva Abogado, ex diputado
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En semanas recientes se publicaron dos nuevas normas en materia de educación superior: la Ley de Educación Superior (Ley Nº21.091) y la Ley de Universidades Estatales (Ley Nº21.094). Ambas responden a un largo debate en nuestro país sobre una parte de los problemas de la educación superior, pero que –a mi juicio- no aborda los principales desafíos de futuro para el sistema.

Las nuevas legislaciones surgen a partir del movimiento estudiantil que criticó el financiamiento de la educación superior y el supuesto incumplimiento de la normativa sobre fines de lucro por parte de ciertas instituciones. Como consecuencia de esta activación estudiantil y política, resurgió el concepto de “gratuidad” en educación superior, la creación de una superintendencia, nuevas normas de acreditación y aseguramiento de la calidad y apoyo selectivo para las universidades del Estado, entre otras materias.

Más allá de no compartir varios de los aspectos contenidos en estas normas y valorar algunos de ellos, la pregunta relevante -en esta oportunidad- es si estas regulaciones contribuyen a potenciar a las instituciones chilenas para enfrentar los desafíos del futuro. Mi respuesta es no. Necesitamos nuevos incentivos y diseños que apoyen el desarrollo de un sistema de educación que aspire a ser protagonista del futuro.

Los países de ingresos medios en transición hacia el desarrollo –como Chile-, necesitan un esfuerzo muy grande de innovación, transformación y productividad para lograr dar ese salto. No basta con buenas instituciones y liderazgo. Se requiere mucha innovación para impulsar la productividad. Esa innovación puede surgir de diferentes lugares como las empresas o los gobiernos, pero es, sin duda, una tarea prioritaria para las universidades e instituciones de educación superior.

Las universidades deben ser las primeras en conectarse al futuro. Para ello deben estar en constante exploración de nuevos desafíos, en permanente revisión de su oferta académica, de sus metodologías de enseñanza, de sus formas de vinculación con la sociedad, de la búsqueda de impacto de su investigación y desarrollo. Requieren estar especialmente atentas al desarrollo y adopción de nuevas tecnologías, a la creación y destrucción de empleos en el presente y en el futuro, en la inserción de su conocimiento en una sociedad global e interconectada, en fin, en una dinámica de permanente cambio, adaptación e innovación para el futuro.

Esto requiere de un sistema de educación superior que promueva la diversidad de instituciones, no la homogeneidad de las mismas. Requiere un modelo que estimule el desarrollo de proyectos flexibles y ágiles, no uno diseñado en base a concepciones rígidas. Demanda la existencia de un ambiente abierto y competitivo, no uno sobre regulado y restrictivo. Promueve la existencia de universidades globales, no instituciones limitadas en un territorio.

¿Cuáles son algunos de los elementos de las universidades del futuro? Flexibilidad y libertad para los estudiantes de pregrado, para que sean ellos quienes vayan explorando su propio currículo y plan de estudios a lo largo de los años, descubriendo aprendizajes significativos y desarrollando competencias relevantes para su propio plan. Promover el aprendizaje a través de desafíos -no sólo a través de contenidos-, para que los estudiantes puedan poner en movimiento sus conocimientos y competencias a través de desafíos relevantes y concretos. Profesores que inspiren a sus estudiantes, y que los acompañen en su formación y sus decisiones, y que los desafíen a poner sus talentos en movimiento al servicio de la sociedad. Transformación digital, para abrir opciones de educación a distancia, realidad virtual, inteligencia artificial, internet de las cosas, por mencionar sólo algunos ejemplos. Interdisciplina en el proceso formativo, para que los estudiantes de distintas áreas e intereses se reúnan para abordar en conjunto problemáticas relevantes para su entorno, buscando respuestas integradas y diversas. Globalización e internacionalización, a través de la conexión con tecnologías, instituciones, profesores y experiencias en distintas partes del mundo. Conexión temprana con el mundo empresarial y social, para incorporar vivencias significativas y retroalimentación en el proceso formativo y en el diseño de los planes de estudio. Educación a lo largo de toda la vida, de forma tal que las instituciones se hagan cargo del cambio demográfico, tecnológico y del mercado laboral, y acompañen a las personas en su proceso readaptación y proyección al futuro. Investigación con impacto, a través de la identificación de preguntas significativas para el país y la construcción de conocimiento y respuestas relevantes para el futuro. Esos son sólo algunos de los elementos, pero sin duda muy importantes.

Nuestras universidades están llamadas a ser protagonistas del futuro y para ello necesitan un marco regulatorio adecuado para tal desafío. Las leyes publicadas recientemente no son un marco institucional que colabore en esta tarea.

Ernesto Silva, abogado, doctor en Ciencia Política (U. Autónoma de Madrid) y máster en Políticas Públicas (U. De Chicago)

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