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Publicado el 27 de mayo, 2018

Un minuto de silencio, por favor…

Consultor de empresas Jaime Jankelevich
Un minuto de silencio por un alma que no debió partir. Un minuto de silencio para reflexionar y preguntarnos qué estamos haciendo mal como padres, hijos, educadores, como familia, como sociedad.
Jaime Jankelevich Consultor de empresas
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La semana que recién termina nos dejó muchos temas políticos para comentar; pero en esta oportunidad no me voy a referir a ninguno de ellos, porque creo más importante hoy dedicar este espacio a reflexionar sobre lo que para mí fue la noticia más conmovedora de los últimos siete días. Me refiero a la temprana partida de una joven de tan sólo 16 años, estudiante de primero medio.

La vorágine de nuestra vida diaria no nos da tregua y pasamos de una noticia a otra y de un tema a otro sin darnos el tiempo para reflexionar sobre hechos que, por no tener efectos directos sobre nosotros, creemos que no nos pueden afectar.

Debo confesar que el caso de esta joven estudiante, buscada desesperadamente por su familia cuando desapareció, me impactó profundamente, aunque nunca la conocí, así como tampoco conozco a sus familiares. Pero como padre y abuelo, me gustaría, como homenaje a ella, que su partida no sea en vano, que nos haga pensar, replantearnos tal vez muchas cosas, porque ella nos dejó un mensaje muy potente que debe hacernos reflexionar como sociedad toda.

Su mensaje silente que más nos conmueve es que la entendamos y no la juzguemos. Pero también nos pide como padres, educadores, compañeros, amigos y jóvenes todos, que reflexionemos acerca de como impedir que otros como ella lleguen a tomar su misma decisión.

Ese, su mensaje, me deja muchas preguntas sin saber como contestarlas, y que tienen mucho que ver con la forma en que nos estamos relacionando: entre adultos y jóvenes, entre padres e hijos, entre profesores y alumnos, entre colegios y apoderados y entre apoderados y profesores, en las universidades, entre pares, entre amigos, entre compañeros de colegio, entre todos en la sociedad.

Como padres y educadores, nos debiéramos preguntar, ¿cuán permisivos somos? ¿Cuáles son los límites establecidos? ¿Qué valores estamos enseñando? ¿Qué importancia se le asigna al respeto por los mayores, por el prójimo, por los profesores, por la intimidad? ¿Cómo se está combatiendo el bullying? ¿Cuál es el límite de lo aceptable en el comportamiento de los estudiantes? ¿Cuánta dedicación y cuidado se les está entregando a los hijos, especialmente a los que están en las edades más vulnerables, como la adolescencia?

Y después tenemos el tema de las redes sociales, que, en los aspectos más negativos, todo lo permiten: mentir, insultar, atacar, desprestigiar, acosar, hacer bullying, y todo sin control. Ese control, en el caso de los más vulnerables, esos jóvenes adolescentes que están apenas comenzando a saber quiénes son y la madurez aún no la conocen, es donde debiera ser más cuidadoso, porque hay muchas amenazas en la red, como tantas veces se ha conocido en diversas partes del mundo, y por cierto en nuestro país, como por ejemplo el cyber bullying.

Entonces, las preguntas de fondo que debemos hacernos son, ¿por qué no fuimos capaces de prever y cuán culpables somos todos de que una joven de apenas 16 años haya llegado a la conclusión que su vida en este mundo debía llegar a su fin?

Y cuando digo todos, es porque cada día nos atrevemos menos a poner límites, a decir basta al exceso de exigir más y más derechos sin contrarrestarlos con los deberes; a decir basta de quitarles atribuciones a los padres; basta de intentar debilitar a la familia; basta de faltarles el respeto a los profesores; basta de tantas cosas que debiéramos haber impedido antes de que fuera tarde.

No he dejado de pensar en esta alma viajera, que hoy descansa en el reino de Dios. He querido escribir sobre ella porque sería más devastador aun que su decisión nos dejara indiferentes; que su partida haya sido en vano; que no generara una profunda reflexión en cada una de nuestras familias y en las comunidades educativas; que no escucháramos su mensaje de alerta sobre cosas que no deberían pasar, pero ocurren más frecuentemente de lo que imaginamos, a todo nivel y en todas las condiciones sociales.

Por ella, que partió de este mundo dejándonos importantes tareas por hacer, cuando su vida recién empezaba, por favor, un minuto de silencio.

 

Jaime Jankelevich, consultor de empresas

 

 

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