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Publicado el 19 de mayo, 2015

Return to sender

La Nueva Mayoría debe admitir que el programa se tornó anacrónico y hacer lo que hace todo piloto cuando encuentra amenazas en la ruta de vuelo: desviarse algo del trayecto para llevar a los pasajeros a destino seguro.
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Una magnífica canción interpretada por Elvis Presley, que fue popular en los sesenta, Return to sender, cuenta de un joven que envía una carta a su amada. Ella se la devuelve por correo: “Retornar a remitente; destinatario desconocido”. Ella no lo ama más, el vínculo está roto. Pienso en esa canción cuando escucho a líderes de la Nueva Mayoría afirmar que están obligados a cumplir con el programa de gobierno pues se lo prometieron a los chilenos, que lo aprobaron por abrumadora mayoría en 2013.

Hay supuestos en esa defensa que merecen un examen más acucioso. Primero, el oficialismo olvida que en las últimas presidenciales votó menos del 50% del padrón electoral, por lo que la mayoría de Michelle Bachelet se reduce a 26% de ese universo, algo por cierto endeble para imponer cambios radicales. Pero las reglas del juego son las reglas del juego: No corresponde cuestionar el valor de la elección porque haya acudido a ella menos de la mitad del electorado.

Aun así, la justificación del oficialismo para avanzar sin transar es enclenque: como lo revelan las encuestas, el amor de la ciudadanía por el gobierno se esfumó o, peor aún, se convirtió en rechazo. ¿La razón? Así como no existe ya la amada a la que el compositor escribió la carta, tampoco existe ya el país que le dio el triunfo a la presidenta ni el país al cual enviar las reformas radicales. En términos de sensibilidad política, Chile hoy ya no es la misma novia de diciembre de 2013.

No sólo eso. Tampoco existe ya la líder que asumió el poder. Sus cualidades están en entredicho, el ascendiente basado en su carisma y la confianza que despertaba, se diluyó, y la crisis política la ha puesto ante retos nuevos, ante nuevas exigencias.

Por lo tanto, insistir en la carta a la amada que se desenamoró, carece de sentido. La Nueva Mayoría debe asumir la nueva realidad, admitir que el programa se tornó anacrónico, y hacer lo que hace todo piloto de Airbus o Boeing cuando encuentra amenazas en la ruta de vuelo: desviarse algo del trayecto para llevar a los pasajeros a destino seguro. El oficialismo no debe parapetarse en un “avanzar sin transar”, sino pasar a un “transar para avanzar”. Su reto no es mantener la fidelidad a un programa (no muy conocido), sino posibilitar el bienestar, la prosperidad, la estabilidad y el progreso del país. El tema, por lo tanto, no es de apego al dogma, sino a políticas beneficiosas que gocen de amplio respaldo.

Como la presidenta pasó de líder carismática a líder enigmática (por eso la tensión en el gabinete entre dos interpretaciones sobre su rumbo futuro, y las numerosas columnas que intentan desentrañar qué significa el reciente cambio ministerial), el gobierno debe explicar qué entiende por la palabra diálogo. Porque ésta tiene al menos dos acepciones: Una, conversación entre dos o más partes en la que cada una expone sus puntos de vista. Otra, discusión sobre un tema para llegar a un acuerdo, lo que implica negociación y una nueva situación. En un caso diálogo es un ejercicio retórico y empático, en el otro impone efectos prácticos. ¿Bachelet entiende por diálogo lo primero o lo segundo? That is the question.

Y de inmediato surgen circunstancias que constriñen su accionar: Su ubicación en la historia, por ejemplo. ¿Puede la Presidenta apartarse de un programa concebido desde su gestación como hoja de ruta sacrosanta? Apartarse del programa implicaría para el ala dura de la Nueva Mayoría “transar”, lo que gatillará su rechazo visceral. El programa es compromiso, esperanza y prisión. El Partido Comunista ya está con un pie en La Moneda y el otro en la Alameda. ¿Tendrá hoy la Presidenta la fortaleza para soltar algunas amarras del programa y resistir la embestida de la calle que desataría la izquierda dura?

Es una situación compleja para la Mandataria en medio de la crisis política, porque si defiende hasta las comas del programa, difícilmente alcanzará los buenos resultados que le urgen en la economía, la convivencia y las encuestas. Incluso si impulsa la creación de una nueva constitución, objetivo que las encuestas muestran como popular, cosechará a lo menos a mediano plazo la incertidumbre que causa la gestación de toda carta fundamental.

Bachelet tiene una alta conciencia de la historia porque ha ido haciendo historia: primera ministra de Defensa y primera Presidenta de Chile; primera chilena que alcanza tan alto sitial en Naciones Unidas, primer mandatario reelecto en decenios. Por lo mismo, tiene dos alternativas: o quedar ante la historia como “la madre de” o “nuera de”, o como la Jefa de Estado que impulsó las reformas que desmontaron el “legado de la Dictadura”; quedar como quien renunció a parte del programa, o como la socialista que, al igual que Salvador Allende, cumplió su hoja de ruta contra viento y marea; quedar como quien transó para avanzar o como quien no transó pero terminó polarizando y perjudicando la convivencia, el crecimiento y el desarrollo del país.

Bajo las actuales circunstancias, y antes de que sepamos cuál pedal apretará Bachelet este 21 de mayo, una cosa está clara: Desde 1958, su segunda administración figura hasta la fecha, después de la de Allende, como la más decepcionante que ha tenido Chile en democracia. Como socialista, la Presidenta está ante una disyuntiva de proporciones, pero tiene una ventaja: la pelota está completamente en sus manos.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

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