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Publicado el 16 de abril, 2018

Realismo constitucional: A propósito de “Imaginar la república”

Los autores de El Federalista percibían que las tensiones y diferencias entre grupos políticos no son un mal necesario que debe ser tolerado. La natural dialéctica entre facciones puede contribuir a robustecer la institucionalidad, en vez de desarticularla.
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Hacia los años 20 del siglo XX, Sigmund Freud planteaba que la dinámica inconsciente del individuo –y por extensión, de las sociedades– se rige por dos principios. El primero sería el principio del placer, dirigido a la consecución de las motivaciones más básicas y los deseos más profundos de cada persona. Y el segundo sería el principio de realidad que, por oposición, se entiende como el movimiento que nos lleva a ajustarnos a las exigencias internas de la moralidad y externas de las circunstancias presentes. Esta tensión fundamental se desahoga en síntomas y enfermedades, o en el mejor de los casos, en la sublimación. Por ésta se entiende aquel proceso a través del cual un sujeto es capaz de canalizar sus requerimientos hedónicos internos en función de las posibilidades fácticas exteriores en un momento dado.

La discusión constitucional de los últimos años ha tendido a inclinarse hacia la realización fantástica del principio del placer. Baste leer, para advertirlo, algunas actas de los cabildos locales, provinciales o regionales sobre qué es lo que se espera de una nueva Constitución. El volumen colectivo Imaginar la República. Reflexiones sobre El Federalista. (Instituto de Estudios de la Sociedad, 2018) ofrece un necesario bálsamo de realidad para la discusión nacional. Desde el prólogo de Claudio Alvarado queda claro que el libro no pretende ser un trabajo de erudición sobre El Federalista, sino un insumo para la discusión política actual. Y se agradece profundamente. Quizás no podamos exigir a nuestros representantes o sus asesores que lean columnas del siglo XVIII, pero sí que se familiaricen con sus ideas a través de este libro.

En particular, quiero destacar tres ideas que aparecen frecuentemente entre las distintas contribuciones. En primer lugar, capítulos como los de Fontaine, Mansuy y Schwember muestran cómo El Federalista articula la necesidad de pensar instituciones que hagan posible el despliegue de la libertad de los ciudadanos, sin que esta misma libertad implique amenazar los fundamentos del orden político e institucional. La preocupación por los procedimientos (instituciones, mecanismos)por sobre los contenidos (derechos, valores) , es decir, hacer primar el principio de realidad por sobre el principio del placer, parecer ser un polo prácticamente ausente en la discusión constitucional actual. En la misma línea, ante el descrédito universal de las clases políticas, los autores nos desafían a concebir la representación como una mediación, no sólo ineludible, sino necesaria y beneficiosa para cualquier república.

En segundo lugar, los autores de El Federalista, como muestran los capítulos de Martínez y Soto, percibían que las tensiones y diferencias entre grupos políticos no son un mal necesario que debe ser tolerado. Si las instituciones están bien pensadas, de forma realista, la natural dialéctica entre facciones puede contribuir a robustecer la institucionalidad en vez de desarticularla. En particular, el capítulo de Sebastián Soto describe magistralmente cómo las discusiones y la práctica institucional de las colonias fue uno de los antecedentes fundamentales a la hora de pensar en una constitución para toda la federación, en la que los poderes deben estar separados, pero vigilándose mutuamente.

Finalmente, cabe destacar que estas contribuciones sobre El Federalista ofrecen un registro que ha estado tristemente ausente en nuestro debate constitucional. La discusión sobre qué es lo que esperamos de una constitución es mucho más placentera que la pregunta realista sobre cómo podría ser eso posible institucionalmente, dada la condición humana. En ese sentido, el libro invita a reflexionar en un registro netamente político: no teórico, ni técnico, ni moral, sino cómo congeniar instituciones, que serán dirigidas por personas, en un tiempo y espacio determinados.

Un gran acierto de Alvarado como editor del volumen fue solicitar a los autores esforzarse por vincular las discusiones de El Federalista con la realidad de nuestro propio proceso. Si bien este pie forzado en algunos capítulos no pasa de ser un par de párrafos, en otros aportes constituye de las mejores páginas de Imaginar la República. En este sentido, cabe hacer especial mención del artículo de Sofía Correa, quien argumenta que nuestra percepción del parlamentarismo en Chile ha sido distorsionada por una neblina historiográfica pro-presidencialista. Si bien los méritos historiográficos de esa tesis son discutibles, la intuición no deja de ser provocadora: ¿por qué descartar de antemano el parlamentarismo como forma de gobierno para Chile?

Demás está decir que Imaginar la República ofrece una muy buena aproximación a los textos originales, lo que podría llevar a convertirlo en lectura obligada en cursos universitarios de Derecho, Ciencia Política o Filosofía. Pero está claro que ninguno de los autores está buscando trasplantar el modelo estadounidense a la situación chilena. Más bien, buscan darle una nueva dimensión a los debates constitucionales vigentes, ofreciendo de la mano de Madison, Hamilton y Jay argumentos sugerentes, preguntas atingentes y un nuevo marco de reflexión. Hacer que las aspiraciones últimas puedan ser conciliadas con el principio de realidad.

 

Cristián Rodríguez, estudiante de Doctorado, Department of Psychology and Social Behavior Universidad de California, Irvine

@cgrodriguezr

 

 

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