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Publicado el 31 de marzo, 2018

Martin Luther King († 4 de abril de 1968)

"En el proceso de ganar nuestro justo lugar no deberemos ser culpables de hechos erróneos. No saciemos nuestra sed de libertad tomando de la copa de la amargura y el odio”, dijo King. La lucha por la justicia debía ser pacífica.
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Hace exactamente medio siglo, el líder de los derechos civiles Martin Luther King vivía sus últimos días. En una década marcada por el ambiente de revolución y contestación, la figura de un hombre que buscaba los cambios por medio de la paz y la no violencia se ganó un lugar especial en la opinión pública y, tempranamente, también en la historia. Paralelamente, logró representar una factor importante dentro de esos años decisivos del siglo XX, como muestra Arthur Marvick en su clásico The Sixties (Oxford University Press, 1998).

En 1964 había recibido el Premio Nobel de la Paz, cuando solamente tenía 35 años de edad. En su discurso en la Universidad de Oslo, del 11 de diciembre de ese mismo año, señaló tres grandes problemas morales que afectaban al mundo: la injusticia racial, la pobreza y la guerra. Pero a pesar de esas dificultades, Martin Luther King tenía la certeza de que “esta es una gran época para estar vivo” y manifestó no estar desanimado acerca del futuro, consciente de que cada crisis tenía tanto peligros como oportunidades y que en un mundo oscuro y confuso el reino de Dios puede reinar en los corazones de los hombres.

Un año antes había tenido uno de sus momentos más brillantes y recordados, cuando pronunció su discurso Tengo un sueño. Era el 28 de agosto de 1963, en una multitudinaria marcha realizada en Washington, y King habló desde el Monumento a Lincoln, lo que estaba lleno de simbolismo. Hay una premisa no siempre recordada de la reflexión del líder de los derechos civiles: “Pero hay algo que debo decir a mi gente, que aguarda en el cálido umbral que lleva al palacio de la justicia: en el proceso de ganar nuestro justo lugar no deberemos ser culpables de hechos erróneos. No saciemos nuestra sed de libertad tomando de la copa de la amargura y el odio. Siempre debemos conducir nuestra lucha en el elevado plano de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en la violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas de la resistencia a la fuerza física con la fuerza del alma”. La lucha por la justicia debía ser pacífica, para superar las frustraciones, las zonas de pobreza, los guetos y la injusticia. Así se podría llevar adelante lo que entonces parecía solamente un sueño, como explicó King:

“Yo tengo un sueño que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo, creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales… Yo tengo un sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter”. Llegaría de esa manera el día en el cual niños negros y niñas negras se tomarían de las manos con niños blancos y niñas blancas, como hermanos y hermanas, en un país que podría gritar a los cuatro vientos: “Por fin somos libres”. Era su momento cumbre.

En los años siguientes el movimiento creció y también Martin Luther King adquirió una dimensión internacional, así como experimentó los problemas de la fama y otros de naturaleza judicial y política. Estuvo en la cárcel, sufrió amenazas y luchó cuesta arriba en algunos temas entonces polémicos, como eran los derechos civiles para la población negra norteamericana. Como es obvio, la admiración creciente significó el surgimiento de algunos detractores y manifestaciones de odio: la principal se produjo el 4 de abril de 1968, mientras se encontraba en Memphis.

Tenía sólo 39 años cuando recibió un tiro en la cabeza, en lo que rápidamente se convirtió en un acontecimiento nacional, con enormes repercusiones. Entre ellas destacaron las reacciones violentas en diferentes ciudades, que costaron la vida a decenas de personas, en medio de un ambiente de tensión creciente. El funeral, realizado en Atlanta, pudo llegar a las casas de millones de norteamericanos gracias a la televisión.

Martin Luther King sabía que podía morir asesinado, conocía de las amenazas en su contra y en algunas ocasiones se suspendieron viajas o actividades ante la inminencia de un atentado. Precisamente el día antes de su asesinato pronunció un discurso memorable, He estado en la cima de una montaña. Llegando a Memphis recordó que algunos comenzaron a hablar de las amenazas en su contra, del daño que podrían provocarle algunos “hermanos blancos insanos”. Su respuesta quedaría para la historia:

“No sé qué pasará ahora. Tenemos días difíciles por delante. Pero en realidad no me importa qué suceda conmigo ahora, porque he estado en la cima de una montaña. Y no me importa. Como a cualquiera, me gustaría vivir una larga vida… Pero eso no me preocupa ahora: sólo quiero hacer la voluntad de Dios. Él es quien me ha permitido llegar a la cima de la montaña y mirar desde ahí. He visto la Tierra Prometida. Quizá no llegue hasta allá con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche, que nosotros, como pueblo, llegaremos a la Tierra Prometida. Y por eso estoy muy feliz esta noche y no estoy preocupado por nada. No temo a ningún hombre”.

Al día siguiente Martin Luther King sería asesinado, pero había alcanzado a preanunciar que sus ojos habían visto “la Gloria de la venida del Señor”. La bala acabó con su vida, pero no pudo terminar con la construcción del sueño ni pudo destruir la cima de la montaña.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)

 

 

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