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Publicado el 06 de mayo, 2018

Liberalismo y mérito: una historia en desarrollo

Cientista político, Horizontal Alfonso España
Que la sociedad civil reclame en contra del nepotismo debería mirarse como algo positivo, porque ello abre la oportunidad de seguir perfeccionando el funcionamiento del Estado como garante de la libertad individual y como “propiciador”, mediante el ordenamiento jurídico, de una efectiva meritocracia en el acceso a los cargos públicos.
Alfonso España Cientista político, Horizontal
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Durante las últimas semanas se ha reanimado la discusión en torno al nepotismo como práctica política. En este sentido, algunos han enarbolado la bandera de la meritocracia como fundamento de la participación de las personas en la vida pública.

Las críticas al nepotismo se han referido, en su mayoría, a la prudencia como virtud política. Otro tipo de críticas han dado cuenta del resultado poco óptimo causado por el nepotismo, debido a que los más aptos no estarían en las posiciones más altas, sino que estarían siendo reemplazados por otros, gracias a su vínculo sanguíneo con alguna autoridad: “El poder se reproduce; los talentos no siempre, esto sí es un problema del favoritismo, pudiendo propagar hasta decadencia”, señaló Alfredo Jocelyn-Holt en una columna de opinión en La Tercera el sábado pasado.

A todas las críticas anteriores cabría sumar las de quienes consideran que todos aquellos que han cuestionado el nepotismo (de la autoridad que sea) lo harían únicamente para sacar provecho político, pero que al momento de tener algo de poder actuarían de la misma manera. En otras palabras, las críticas se han ubicado en la línea del pragmatismo y del cálculo político, esto es, en cómo impacta dicha práctica en la aprobación o desaprobación de la gestión de un gobierno o de un político, desde el punto de vista de la opinión pública. Sin desestimar la importancia del efecto de la percepción de corrupción (entendida como el “abuso del poder encomendado para beneficio personal”), cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿Cuál podría ser el fundamento ideológico de este rechazo al nepotismo? Mi respuesta es que, además de ser una mera reacción emotiva ante un hecho cuestionable, podría también sustentarse en algunos principios del liberalismo clásico.

Antes de las revoluciones liberales, americana y francesa —ambas acontecidas a fines del siglo XVIII—, el nepotismo constituía una práctica habitual, puesto que la sociedad se basaba en un orden estamental o de privilegios que se transmitía familiarmente, especialmente en la nobleza. Pero, tras dichas revoluciones, se comenzó a considerar que debía existir una separación entre lo privado y lo público, lo cual incluía la división entre la Iglesia y el Estado (laico), así como entre éste y la familia. De este modo, se fue configurando el principio de “carrera abierta a los talentos”, como igualdad de acceso de todos a los beneficios que la sociedad moderna podía proporcionar. Se trataba, en los célebres términos de Benjamin Constant, de la “libertad de los modernos”, como el derecho de las personas para llegar tan lejos como quisieran o pudieran.

Lo anterior ayudó a generar un sistema de desconcentración del poder, de movilidad social y de profesionalización de la burocracia estatal. En este sentido, el liberalismo —incluso de corte francés, más constructivista en los términos de Hayek— comenzó a considerar que lo mejor es que a los cargos se acceda según el mérito propio, individual, y no de acuerdo al estamento o familia de origen. Cuando, por el contrario, los cargos públicos no eran obtenidos de esta manera, se empezó a estimar que se violaba el principio de carrera abierta a los talentos, que corresponde a lo que hoy llamamos “meritocracia”.

Que la sociedad civil reclame en contra del nepotismo debería mirarse como algo positivo, porque ello abre la oportunidad de seguir perfeccionando el funcionamiento del Estado como garante de la libertad individual y como “propiciador”, mediante el ordenamiento jurídico, de una efectiva meritocracia en el acceso a los cargos públicos.

Lo cierto es que la lucha por la meritocracia no se reduce a una cuestión meramente pragmática, sino que se funda en la historia primigenia del liberalismo, como un orden social que busca “proteger” —en los términos de Popper— la libertad individual; en este caso, para llegar tan lejos en la vida como sea posible, y sin que la autoridad estatal establezca privilegios en favor de unos y en contra de otros. En este sentido, la historia del liberalismo es todavía una historia en desarrollo.

 

Alfonso España, Horizontal

 

 

 

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