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Publicado el 01 de marzo, 2018

La derecha perdida: una respuesta

Quienes por años —a través de libros e innumerables columnas de opinión— han criticado el liberalismo clásico no tienen otra alternativa que echar mano de él para discutir con la izquierda.
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Pablo Valderrama —subdirector de Idea País— ha tenido la gentileza de comentar mi libro La derecha perdida. Respondo con agrado sus objeciones, porque considero sano que exista debate en el sector, pero también con la esperanza de poder despertar interés en quienes no lo han leído.

En primer lugar, cuestiona Valderrama mi tesis de que el elemento unificador de la derecha en Chile sea la libertad económica, con lo cual yo pretendería llevar agua al molino de la vertiente liberal. Pero lo que más bien sostengo es que la libertad económica constituye lo que denomino el mínimo común histórico del sector, ya que, en términos históricos, la derecha ha tenido dos grandes vertientes —la liberal y conservadora—, que se han encontrado en torno a dicho mínimo. ¿Qué lección rescato de este hecho? Que, aunque la historia no sea necesariamente destino, sí ayuda a, por una parte, entender el presente (la identidad de la derecha, en este caso) y, por otra, a orientar la acción hacia el futuro, especialmente en torno a un relato ideológico que posea reales condiciones de posibilidad. En este sentido, la defensa del libre mercado es algo que la derecha debería asumir con fuerza, aunque desde una mirada más profunda y no en términos meramente economicistas, como ha solido hacerlo. Esto, en concreto, debería traducirse en defender (y propiciar) la capacidad de las personas para, de manera creativa, buscar oportunidades por sí mismas, sin perjuicio del rol subsidiario que le corresponde al Estado frente a los más necesitados.

Luego, mi contradictor señala que, al criticar yo el comunitarismo de derecha por proponer la imposición de horizontes morales de sentido (formas superiores de vida versus otras, consideradas inferiores), me contradiría por el hecho de también querer imponer una visión, la mía, la liberal. Se pregunta Valderrama: “¿No asume también ella […] la promoción de una forma de vida superior a otra, basada en la no-intromisión en la esfera individual?”.

¡No entiendo! Lo que yo promuevo es el derecho de todos a buscar su propio destino. Un ejemplo simple: yo creo que debe existir libertad de expresión, de culto, etc., sin que una determinada ideología o credo sean considerados oficiales por el Estado. Otro ejemplo: quienes, como yo, son partidarios del matrimonio igualitario, no quieren excluir a las parejas heterosexuales del acceso a este vínculo sino, por el contrario, incluir a las del mismo sexo. ¿Por qué el Estado debería matricularse con una determinada concepción (procreacionista) de la sexualidad humana? No son los liberales quienes tendrían que justificar los principios de libertad individual y de igualdad ante la ley, sino quienes justamente se oponen a ellos. De lo contrario, no viviríamos en un orden social que presume el derecho de todos —sin privilegios— a buscar su propio destino. Y si esos principios han de ser defendidos, esto se debe a que se encuentran constantemente bajo fuego, y a que, de acuerdo a los tiempos que corren, es necesario aplicarlos a nuevas realidades (así como en Chile se hizo lo propio con la cuestión de los cementerios en el siglo XIX).

Por otra parte, sostiene Valderrama que la defensa de la libertad como “no-intromisión parece insuficiente para explicar la razón por la que vivimos en sociedad, pues, si el único móvil del ser humano no es otro que el propio desarrollo individual, la vida no consistiría en otra cosa que el uso egoísta de los demás como instrumento para la propia satisfacción”. ¿Por qué? ¿Por qué el ejercicio de la libertad individual sería egoísta? ¿Acaso alguien puede buscar su propio destino de manera aislada? ¿Qué autor liberal (yo sostengo precisamente lo contrario a lo largo de todo mi libro) afirma que la libertad individual sea sinónimo de egoísmo? ¿Por qué esa libertad sería incompatible con la vida en sociedad? Si así fuere, necesariamente se partiría de la base que las personas deben someter sus propios fines a un supuesto fin colectivo, considerado superior. ¿Por qué esto sería menos egoísta que lo otro? ¿Por qué no lo sería también imponer, a través del aparato coercitivo del Estado, una determinada visión moral al conjunto de la población, afectando los proyectos de vida de muchas personas, aunque sean estadísticamente minoritarias? ¿Quién realmente haría uso de los demás para su “propia satisfacción”? ¿El que defiende los principios de libertad individual e igualdad ante la ley, o el que promueve precisamente lo contrario?

Por último, se pregunta mi contradictor: “¿No seguirá pesando sobre Verbal la carga de la prueba de demostrar que su liberalismo clásico es la herramienta para dar dicha batalla [la batalla por el relato en la derecha]?”. ¿Pero no lo hago acaso en mi libro, a largo de más de trescientas páginas? ¿Por qué yo tendría la carga de la prueba —hacia el futuro— sobre algo que afirmo y desarrollo extensamente mediante un libro entero? ¿No la tendría, por el contrario, quien niega el valor del liberalismo clásico como fuente intelectual para la puesta a punto de un relato en la derecha chilena? Valderrama insinúa que serían, más bien, las ideas socialcristianas las que habrían inspirado el programa de Sebastián Piñera y que, al mismo tiempo, explicarían su victoria electoral. Puede ser, puede incluso ser posible que ambas afirmaciones sean ciertas, aunque es imposible saberlo con total certeza. Pero yo no niego esto. Lo que más bien afirmo es que, para la puesta a punto de un relato en la derecha chilena, se hace necesario echar mano de una filosofía política que, aterrizada al terreno concreto de la acción política, posee (y ha poseído históricamente) suficientes condiciones de posibilidad; no sólo para ganar una elección, sino también una próxima generación.

¿Por qué el comunitarismo de derecha (socialcristiano y nacionalista), que han defendido algunos intelectuales con los que debato en mi libro, sería una mejor caja de herramientas para el relato del sector y para, así, hacerle frente a la nueva izquierda, que desconfía profundamente del mercado como un sistema de cooperación social? Me parece que el giro que en los últimos meses han dado esos intelectuales —al, por ejemplo, criticar a Fernando Atria, por ver el mercado como un mecanismo que produciría alienación— constituye una respuesta más que tácita a dicha pregunta.

Al final, quienes por años —a través de varios libros e innumerables columnas de opinión— han criticado (y lo siguen haciendo) el liberalismo clásico, no tienen otra alternativa que echar mano de él para discutir con la izquierda. ¿No sería más coherente que hicieran también lo propio puertas adentro, y que, por ejemplo, dejaran de invocar horizontes (comunitarios) de sentido, “pueblos en su territorio”, y otras ridiculeces de ese estilo y tenor? ¿No sería mucho más conveniente —para la derecha— que esos intelectuales se subieran abiertamente al carro del liberalismo clásico, que históricamente ha sido la única ideología política capaz de hacerle frente al socialismo? Le harían, pienso, un gran servicio al país y, de un modo especial, al gobierno de Sebastián Piñera que se avecina.

 

Valentina Verbal, historiadora, consejera de Horizontal

 

 

 

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