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Publicado el 30 de noviembre, 2014

¿Es la interpelación un instrumento útil para nuestro sistema democrático?

Obligar al oficialismo a hacerse cargo de ideas que le incomodan siempre fortalecerá la deliberación pública.
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La interpelación al ministro de Educación ha hecho resurgir algunos argumentos en contra de este instrumento de control político. En un futuro probablemente marcado por la discusión acerca de reformas constitucionales, es importante evaluar este tipo de herramientas, que le permiten a la oposición fortalecer su función de control, independiente del mérito que puedan tener las interpelaciones en particular.

De la experiencia de la última interpelación (así como de las anteriores), es posible inferir que es esperable que los opositores al Gobierno y promotores de la interpelación celebren la misma como un éxito político, al menos públicamente. Al mismo tiempo, también es esperable que los partidarios del Gobierno y del ministro interpelado declaren una victoria política sostenida en el desempeño del ministro. Algunos pueden reconocer en privado que tal vez fue un error proceder con la interpelación, basado en que ella puede darle al ministro y al Gobierno la oportunidad de mostrar cohesión, disciplinando la coalición oficialista al hacerla olvidar temporalmente sus controversias internas para enfrentar al enemigo común. También algunos pueden reconocer en privado que la interpelación produce un momento al menos incómodo para el Gobierno, y que el riesgo de hipotecar el capital político de un ministro cercano a la Presidenta es mayor que la probabilidad de obtener beneficios concretos de la misma.

La distancia entre lo que se dice en privado y lo que se declara públicamente es alta en este tipo de casos. Las diferentes facciones tienen incentivos para hacer declaraciones predecibles, a veces produciendo un clima de polarización partidaria y un escenario de conflicto político. Algunas personas creen que este escenario no es saludable para nuestro sistema político. De tener ellos razón, ¿se justificaría una revisión de las normas constitucionales que regulan la interpelación parlamentaria?

Para responder a esta pregunta, el análisis debe realizarse con prescindencia de los intereses parciales de las facciones que se han visto enfrentadas. De esta manera, debe considerarse que así como el Ejecutivo tiene incentivos para discutir la necesidad de mantener este instrumento de control, la oposición representada en el Congreso tiene estímulos para persuadir acerca de su importancia. Algunos podrán argumentar que ella no ha producido beneficios concretos al sistema político, y que sólo ha servido para construir escenas mediáticas de escaso contenido. Otros podrán sostener que las interpelaciones han sido útiles para que el Gobierno rinda cuentas públicamente y que ellas han obligado al Gobierno a discutir acerca de las ideas que realmente importan (los que incomodan), y no sólo acerca de las materias que el oficialismo quiere tratar dentro de la comodidad de su propia agenda. Ante la probabilidad de que ambas posiciones tengan algo de razón, ¿cómo debemos evaluar el instrumento de la interpelación?

Antes que nada, debe considerarse el contexto institucional en que la interpelación está planteada. La oposición tiene poca capacidad de influir en la agenda político-legislativa del país, y el Ejecutivo (especialmente cuando tiene mayorías en el Congreso, aunque indisciplinadas) goza de un enorme poder para posicionar sus propias ideas en los medios de comunicación y en la lista de materias a tratar en el propio Congreso. Ante ello, el riesgo de que la oposición se vuelva invisible puede producir un riesgo para la competitividad de nuestro sistema democrático. En un contexto de fuerte presidencialismo, entonces, instrumentos como la interpelación ayudan a hacer más visibles las críticas que los opositores al Gobierno (y aspirantes a la alternancia en el poder) poseen. Comunicar estas ideas, equivocadas o no, es importante para una democracia saludable. Incrementa los niveles de escrutinio público y, si bien en ocasiones puede no agregar argumentos nuevos al debate, al menos servirá para contrastar diferencias de opinión respecto de temas donde la captura de la agenda es altamente probable. Obligar al oficialismo a hacerse cargo de ideas que le incomodan (o al menos dejarlo en evidencia frente a preguntas que no quiere contestar), siempre fortalecerá la deliberación pública.

Por lo anterior, la defensa del instrumento de la interpelación se vuelve importante en un contexto como el chileno actual. Aunque en ocasiones específicas no sean necesariamente representativas de los beneficios que la misma produce, los costos de ella son relativamente bajos (¿alguien podría argumentar que el ministro tiene algo mejor que hacer que enfrentar las preguntas de la oposición en una materia de alta sensibilidad pública?). En cambio, los beneficios que ella produce (o que tiene el potencial de producir) están alineados con varios pilares del sistema democrático, como ocurre con la transparencia, el fortalecimiento del mercado de las ideas y la competencia política. Es probable que alguien argumente que sin la interpelación estos pilares puedan ser igualmente defendidos. Puede sostenerse, por ejemplo, que la oposición cuenta con otros medios para asegurar la existencia de que sea posible la alternancia en el poder. Y aunque algunos de estos críticos puedan tener razón (existen, efectivamente, otros medios), no debe olvidarse que la discusión acerca de este tipo de arreglos institucionales debe darse de manera contextualizada. Y si hoy la oposición tiene poca capacidad para influir en la agenda, entonces estos pilares están debilitados. Un instrumento como la interpelación no solucionará de manera definitiva estos problemas (de hecho, hay otros debates más importantes, como el del sistema electoral y el de los quórums parlamentarios), pero al menos puede generar un escenario favorable, y su ausencia podría debilitar aún más la competitividad de nuestro sistema.

Atendido lo anterior, la interpelación es precisamente el tipo de herramienta que debemos profundizar en un contexto de reformas políticas. Ello permitiría tener un régimen de separación de poderes más equilibrado, por lo que es necesario tener una perspectiva más sistémica cuando se discuten los méritos de este tipo de arreglos institucionales. Por lo demás, hay que recordar que este instrumento es una herramienta de control moderada; un espacio intermedio entre la mera solicitud de información y la acusación constitucional con posibilidad de destitución. La existencia de instrumentos de naturaleza moderada abre más opciones para que el ejercicio del control político se adecúe a la necesidad del caso concreto. De esta, manera, por ejemplo, la acusación que experimentó el ex ministro Harald Beyer, (reconocida por algunos importantes dirigentes de la Concertación como excesiva), podría haberse discutido sin enfrentar los altos costos de la destitución, mediante la herramienta de la interpelación.

En consecuencia, no debemos evaluar negativamente el instrumento de la interpelación sobre la base de versiones parciales acerca de su uso. El potencial de la misma, y la discusión sobre la oportunidad en que ella debe proceder, son cuestiones que deben quedar disponibles para que los políticos discutan libremente acerca de sus méritos caso a caso.

 

Sergio Verdugo, Académico Universidad del Desarrollo, cursando Doctorado en Universidad de Nueva York.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO

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