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Publicado el 27 de febrero, 2018

El legado en educación

El desafío no se limita a la gestión de las reformas de Michelle Bachelet, sino sobre todo implica disputar en el plano político y social las premisas que dieron cabida a tales reformas.
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La semana pasada Michelle Bachelet apareció en los medios defendiendo lo que sería su legado en materia educativa, del cual mencionó estar orgullosa y sentirse satisfecha. Pero, ¿cuál es este legado? ¿En qué consiste? Algo de esta respuesta adelantó José Joaquín Brunner, quien en una columna dominical señaló, a propósito de la reforma en educación superior, que los supuestos básicos de esa iniciativa son una radical desconfianza en el autogobierno de las instituciones, que el control de gestión burocrática mejorará el desempeño del sistema, y que se necesita de un amplio aparato estatal para aumentar su influencia sobre las instituciones y el sistema. Algo idéntico podría decirse de las otras iniciativas en esta cartera.

Tal como dice Brunner, la institucionalidad heredada de Bachelet denota cierta desconfianza en las organizaciones no estatales, al mismo tiempo que descansa en una fe ciega en las bondades del Estado. Si no queda claro con el afán por influir en la constitución de la personalidad jurídica de los establecimientos educacionales, tal vez la figura del administrador provisional logre convencer sobre el espíritu que inspiró a los distintos proyectos de ley enviados al Congreso durante su mandato. Se puede decir que hoy la carga de la prueba está del lado de los particulares, quienes tendrán que responder a diferentes organismos burocráticos para demostrar constantemente que no están fallando a la sociedad. Al menos ése es el ambiente general que deja instalado la reforma educacional.

Por cierto que esto fue posible en alguna medida gracias a la anorexia intelectual de la derecha de las últimas décadas. Ella no sólo guardó muchas veces un vergonzoso silencio en cuanto a la educación desigual que recibían los niños y jóvenes provenientes de distintos grupos sociales, sino que tampoco tuvo ningún horizonte claro que ofrecer en esta materia. Ni se indignó con las desigualdades, ni ofreció un discurso legitimador de éstas. Lo único que existió fue una defensa de la libertad de enseñanza, pero al no hacerse cargo de las falencias que iba mostrando el sistema educativo, esta defensa también cayó en la esterilidad. Al final, parecía un abogar por “el derecho a pagar la educación de los hijos”, una formulación un tanto débil y de todas maneras insuficiente. Aquí la derecha chilena llegó muy tarde a la discusión, por no haber reflexionado previamente y en profundidad sobre esta materia.

El legado en educación del gobierno saliente implica un desafío nada trivial para la próxima administración. Al ya acuciante debate en torno a calidad –la mayor deuda histórica en esta materia–, se agrega esta necesidad por un horizonte de sentido que devuelva la confianza en las organizaciones de la sociedad civil. Pero esto no puede construirse de la nada ni serán suficientes las frases hechas o el eslogan de campaña. Al contrario, asumir este desafío requiere ir a las preguntas más elementales, revisar a fondo la realidad chilena y hacer un diagnóstico profundo que oriente las metas en esta cartera. Hasta ahora el debate se ha caracterizado por un reduccionismo que no logra explicar, por ejemplo, que mientras la educación es uno de los ejes que acapara la atención y expectativa de la ciudadanía, presente al mismo tiempo una alta satisfacción a nivel escolar. Observar dinámicas contradictorias como ésta y averiguar su origen puede dar luces del trabajo de mediación que cabe hacer en la educación de nuestro país, al mismo tiempo que enriquece las aproximaciones y los debates públicos en este ámbito.

En definitiva, el legado institucional del actual gobierno en materia educativa sólo es la faceta más visible de una herencia subterránea mayor. El desafío no se limita a la gestión de las reformas de Michelle Bachelet, sino sobre todo implica disputar en el plano político y social las premisas que dieron cabida a tales reformas. Asumir este desafío con la seriedad que requiere es la única manera de recuperar la confianza en aquella sociedad civil que, por más que aparezca en el ideario de la centroderecha, aún no está claro a qué se refiere en concreto.

 

Sebastián Adasme, investigador Instituto de Estudios de la Sociedad

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO

 

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