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Publicado el 05 de mayo, 2018

El Frente Amplio y la creación de riqueza

No ocuparse del crecimiento económico como una tarea esencial del quehacer político está en la base del populismo de todos los colores. El conglomerado de izquierda tiene la ardua tarea de definir el sistema que habrá de generar riqueza en el país y, en esa definición, especificar el rol que le cabría a la modernización capitalista (si es que alguno), que ha sido sin excepción el camino que han elegido los países de más alto desarrollo humano en el mundo.
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El movimiento estudiantil de 2011 entregó las primeras señales. En el seno de esa extraordinaria movilización se estaba aglutinando un grupo, principalmente de jóvenes, que rechazaban sin ambages la estrategia política de crecimiento con equidad que desde el regreso de la democracia había impulsado al país a los más altos niveles de desarrollo de su historia.

Ese mismo año, Alberto Mayol, entusiasmado con los embates que las continuas movilizaciones parecían estar asestando a la institucionalidad vigente, escribió un libro titulado El derrumbe del modelo. En un hecho inédito hasta entonces, los empresarios lo invitaron a presentar su inquietante pronóstico en la Enade 2011 (con posterioridad Mayol se retrotrajo de su teoría del derrumbe). Pero ese título simbolizaba perfectamente la posición maximalista de los dirigentes estudiantiles, algunos de los cuales no tardarían en llegar al Congreso. Apoyados en las elucubraciones de Fernando Atria, su aspiración más preciada sería la asamblea constituyente, no tanto para echar abajo la “Constitución de Pinochet” —su insalvable pecado de origen— como para reemplazar de una vez y para siempre el modelo neoliberal.

Lo que se gestó en 2011 dio paso a un variopinto conjunto de agrupaciones, incluso de partidos, unidos por ese afán rupturista. El fin del sistema binominal, acompañado del colapso de la Concertación (efecto colateral del movimiento estudiantil), facilitó posteriormente la formación de una agregación mayor, el Frente Amplio, cuya expansión podría alcanzar al tercio del espectro político, nutrido de votantes del PS, PPD, Partido Comunista e incluso del PDC, que nunca se sintieron a sus anchas con la modernización capitalista impulsada por los gobiernos concertacionistas. Lo cierto es que el “derrumbe del modelo” ha logrado establecer una cabeza de playa en el campo de batalla, disponiendo de una plataforma política que dejó de ser marginal o callejera, para convertirse en una alternativa de poder que está redibujando profundamente el escenario político del país cómo no había ocurrido desde 1990.

Pero el Frente Amplio, en tanto opción que se quiere apta para disputar el poder en toda la línea, tiene un problema nuevo, uno que se refiere a un aspecto central de la política y que no parece estar todavía resuelto entre sus filas: la creación de riqueza —condición esencial para alcanzar el pleno desarrollo—, o más precisamente la forma como concibe que ésta debe ocurrir en nuestra sociedad.

Lo cierto es que el ‘derrumbe del modelo’ ha logrado establecer una cabeza de playa en el campo de batalla, disponiendo de una plataforma política que dejó de ser marginal o callejera, para convertirse en una alternativa de poder que está redibujando profundamente el escenario político del país cómo no había ocurrido desde 1990″.

El problema es que, ya se sabe, no parece haber otra forma de producir riqueza que a través de alguna de las formas del capitalismo moderno —que todos los países de la OCDE utilizaron para alcanzar el desarrollo— con el que muchos de sus adherentes riñen frontalmente. No se trata sólo de una definición política de primer orden para cualquier partido, sino que de una cuestión particularmente importante para uno que aspira a establecer derechos sociales cuya satisfacción demanda enormes recursos, que en una economía como la chilena, todavía no plenamente desarrollada, sólo pueden generarse con altas tasas de crecimiento. Suele no tenerse a la vista que el PIB per cápita promedio de los 20 países de mayor desarrollo humano, algunos de ellos referentes en materia de derechos sociales, se aproxima a los US$ 50.000. El nuestro es apenas de la mitad de esos niveles con los que, sin embargo, solemos compararnos.

¿Cómo se propone el Frente Amplio alcanzar el crecimiento que Chile requiere para avanzar hacia una sociedad más justa y moderna? No parece que hasta ahora se lo haya planteado o, peor aun, habiéndolo hecho no tendría una respuesta consistente con la magnitud del desafío. Algunos de sus adherentes podrán creer eso de que en Chile “hay plata” y bastaría con repartirla mejor, una descabellada estrategia de suma cero en momentos que la economía digital crea riqueza más rápidamente que en ningún momento de la historia. Pero como no es cierto que haya plata para financiar los altísimos costos que tendría la implementación de nuevos derechos sociales, cualquier iniciativa orientada a establecerlos en los ámbitos que se mencionan recurrentemente (educación, salud y pensiones) debe ir acompañada de una propuesta consistente en materia de financiamiento.

Un gasto fiscal adicional del orden de miles de millones de dólares anuales no podría ser solventado a través de nuevos impuestos o con ahorro externo (deuda) sin graves efectos sobre las finanzas públicas y el crecimiento. Si alguien alberga alguna duda respecto del impacto macroeconómico de las cifras involucradas, la gratuidad parcial en la educación impulsada por el gobierno de Bachelet ya mostró sus contundentes efectos en esta materia. Nadie debería confundirse: no hay actualmente miles de millones de dólares disponibles cada año para solventar el enorme costo de los derechos sociales que el Frente Amplio aspira a establecer en nuestro país.

En consecuencia, sin una recuperación sostenida del crecimiento económico la disponibilidad de recursos para ir más lejos en esta materia será muy limitada en los años venideros. Se trata de un principio de realidad que los jóvenes de la nueva izquierda no podrán eludir, por mucho que piensen que es sólo una tontería de los “economicistas”. Las serias restricciones de índole económica no son un asunto secundario, sino que están en el centro de cualquier propuesta que aspire a ampliar los derechos sociales.

Nadie debería confundirse: no hay actualmente miles de millones de dólares disponibles cada año para solventar el enorme costo de los derechos sociales que el Frente Amplio aspira a establecer en nuestro país”.

De hecho, algunas de las peores crisis políticas en América Latina han tenido su origen en el establecimiento de derechos sociales, incluso con rango constitucional, sin ocuparse primero de su financiamiento de largo plazo. Todavía más, han sido acompañadas de una desconfianza secular hacia la empresa y la iniciativa privada, cuando no a su frontal rechazo, precisamente los motores de la creación de riqueza y crecimiento. Los jugosos ingresos provenientes de la exportación de commodities a precios exorbitantes permitieron por algunos años eludir el desafío de crear las condiciones para el crecimiento (el ejemplo de la Argentina de los Kirchner salta a la vista). Esa plata dulce que, dicho sea de paso, fluyó del corazón del capitalismo mundial —los países desarrollados y su muy dinámica versión china—, permitió albergar la ilusión del crecimiento garantizado a todo evento. Pero la bancarrota fiscal estaba a la vuelta de la esquina y no demoró en asomar sus peores contornos cuando los precios internacionales recuperaron niveles históricos.

Después de la borrachera, algunos de esos países —y sus ciudadanos— son ahora significativamente más pobres que antes y se han alejado del pleno desarrollo. Hoy enfrentan exigentes tareas para recuperar los niveles de prosperidad que tuvieron antes, incluidos sus derechos sociales (subsidios), que en no pocos casos han tenido que ser severamente recortados.

No ocuparse del crecimiento como una tarea esencial del quehacer político ni disponer de una estrategia para alcanzarlo está en la base del populismo de todos los colores. El Frente Amplio tiene una ardua tarea por delante, que consiste en definir el sistema que habrá de generar riqueza en el país y, en esa definición, especificar el rol que le cabría a la modernización capitalista (si es que alguno), que ha sido sin excepción el camino que han elegido los países de más alto desarrollo humano en el mundo.

 

Claudio Hohmann, ex ministro de Estado

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO

 

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