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Publicado el 05 de mayo, 2018

Democracia artificial

¿Es posible delegar la participación política en un algoritmo que no conocemos y que puede ser manipulado? ¿Quién dirige la discusión y propone prioridades o nuevos temas para discutir y votar? ¿O será el algoritmo el que definirá no sólo nuestra votación, sino también qué es urgente e importante para conducir esta comunidad? La idea es peligrosa, porque permite reducir el sistema al mero procedimiento mecánico de votar.
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Hace algunas semanas, el físico César Hidalgo presentó una propuesta para reformar el sistema parlamentario y la llamó “democracia artificial”. En líneas generales, consiste en reemplazar el actual Congreso por “senadores avatar”: perfiles virtuales que se nutren de nuestros posteos en redes sociales, capaces de procesar la información relevante y darnos un veredicto de cómo votar tal o cual proyecto de ley. Eso en un principio, porque luego funcionarían en piloto automático, prescindiendo de nuestro input.

La tentación de reemplazar a nuestros políticos por máquinas es alta. Han hecho méritos para ser candidatos a la substitución y sin duda tienen parte de la culpa en la actual crisis de confianza, debido a que no tienen nada que perder a la hora de tomar decisiones. Por otra parte, los parlamentarios no son capaces de procesar toda la información relevante al momento de votar los proyectos de ley, incluso contando con costosas asesorías y personal especializado. El senador avatar optimiza el proceso legislativo y reduce los costos de tener 155 diputados, junto con sus equipos, personal administrativo, etc.

¿La eficiencia es argumento suficiente para prescindir de la deliberación política? Parece ser que no. La propuesta deja varios puntos en el aire.

El primero es que la tecnología no es neutra. Tiene orientaciones subjetivas, dadas por sus creadores, por lo que no es ajena a la intervención —e incluso, manipulación— que éstos u otros puedan hacer en el sistema. Además, es difícil creer que un algoritmo sea capaz de procesar las variaciones y prioridades propias de los cambios sociales. La fórmula requeriría de intervención humana en la medida en que se le realizan nuevas adecuaciones, las cuales no son inocuas. Por otra parte, si nuestro sistema ya es difícil de entender, imaginemos el lenguaje técnico, accesible sólo para los expertos, lo que, lejos de facilitar el acceso a la información, lo dificulta.

Por otra parte, el hecho de tener representantes de carne y hueso permite que haya un diálogo, acuerdos y que se despliegue la naturaleza sociable del ser humano. La política, más allá de la conducción del gobierno, es un encuentro entre personas que rescata lo fundamental de formar una comunidad. Se trata de que la relación entre representante y representados es alcanzable, en el sentido de que es posible que interactúen entre sí, al menos en época eleccionaria. En el plano simbólico, el hecho de que el político sea una persona —un profesional de la política, pero persona, a fin de cuentas— permite que, a lo menos de manera simbólica, nos hagamos parte del debate legislativo y nos sintamos representados.

El hecho de tener representantes de carne y hueso permite que haya un diálogo, acuerdos y que se despliegue la naturaleza sociable del ser humano. La política, más allá de la conducción del gobierno, es un encuentro entre personas que rescata lo fundamental de formar una comunidad”.

Por último, el senador avatar se crea a partir de lo que posteamos en redes sociales, contenido que no se caracteriza por la reflexión racional y pausada, sino más bien por lo contrario: en las redes vale más lo impulsivo, lo rápido, de masas, con poca disposición al diálogo; priman los blancos y negros por sobre los matices propios del diálogo democrático. ¿Estamos dispuestos a que se amplifiquen las voces xenófobas, supremacistas o violentas? ¿Queremos que la escena pública se transforme en una cámara de eco? ¿Es posible delegar la participación política en un algoritmo que no conocemos y que puede ser manipulado? ¿Quién dirige la discusión y propone prioridades o nuevos temas para discutir y votar? ¿O será el algoritmo el que definirá no sólo nuestra votación, sino también qué es urgente e importante para conducir esta comunidad?

La democracia artificial es peligrosa, porque permite reducir el sistema al mero procedimiento mecánico de votar.  Abre paso a la desafección y al desapego, a la vez que no soluciona el problema de fondo, que es el ejercicio de la política como conducción y diálogo, como debate. Obviamente, se requiere incorporar las nuevas tecnologías de procesamiento de datos a la toma de decisiones políticas, pero reemplazar completamente a las personas tiene más de populismo tecnológico que de facilidad democrática, a la vez que no se hace cargo del problema de la confianza.

 

Rodrigo Pérez de Arce, investigador de Cultura de la Fundación para el Progreso

 

 

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