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Publicado el 08 de mayo, 2018

De cómo imaginar la República

El problema central del Ejecutivo republicano es que carece de una tradición. Esto lo entendió tempranamente entre nosotros Simón Bolívar: es precisamente la falta de legitimidad, de una tradición, lo que obliga a entregarle más y más atribuciones al Presidente. Algunos autores han llegado a sostener que la evolución en nuestro continente desde el modelo clásico presidencial hacia el hiper-presidencialismo es, precisamente, una historia de redención; buscar llevar esta falta de legitimidad que sí entregaba la monarquía.
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Imaginar la República, Reflexiones sobre El Federalista (Instituto de Estudios de la Sociedad, Santiago, 2017) es una invitación formulada a un grupo de destacados académicos e intelectuales para pensar nuestras instituciones, nuestro debate constitucional, a la luz de una de las piezas fundamentales del constitucionalismo y la teoría política acerca de cómo fundar un gobierno republicano: El Federalista.

Sabemos, El Federalista es un conjunto de 85 ensayos —aunque inicialmente se proyectaron no más de 25— escritos por Alexander Hamilton, James Madison y John Jay bajo el seudonimo de Publius, entre fines de octubre de 1787 y fines de mayo de 1788. Su objetivo era defender la propuesta de Constitución Federal que había surgido en la Convención de Filadelfia algunos meses antes, promoviendo su ratificación en el complejo e inicialmente decisivo estado de Nueva York. Se publicaban en promedio dos o tres ensayos por semana, y hasta cuatro en semanas agitadas.

Así, una invitación intelectual a partir de El Federalista es particularmente pertinente en el contexto del debate constitucional chileno: obliga a los autores de los ocho ensayos a reflexionar especialmente acerca de una de las dimensiones de la arquitectura de una Constitución, la menos trabajada en el debate actual, la más esquivada por la academia nacional, aquella que tiene que ver con sus órganos, instituciones y procedimientos.  Por el contrario, ahí donde nuestro debate ha podido despegar más allá del debate sobre el procedimiento del cambio constitucional hacia los contenidos del mismo, afloran inmediatamente las discusiones en torno a los principios y los derechos y garantías constitucionales.

 Y no sólo la elegancia y densidad de los argumentos de El Federalista llaman nuestra atención, sino su retórica. La retórica del estadista, del que tiene a la historia ante su puerta, que va a la raíz del objeto de estudio, sus sutilezas y complejidades, pensando a la vez en lo accidental, lo inmediato, lo contingente, pero también en el largo plazo y en el bien general. Un modelo de reflexión acerca de lo público, y que tiene por objeto elevar el nivel del discurso público de su era. Eso que a ratos echamos de menos en Chile.

Una invitación intelectual a partir de El Federalista es particularmente pertinente en el contexto del debate constitucional chileno: obliga a los autores de los ocho ensayos a reflexionar especialmente acerca de una de las dimensiones de la arquitectura de una Constitución, aquella que tiene que ver con sus órganos, instituciones y procedimientos”.

 

1. El Federalista proyectado en Imaginar la República

En su ensayo “La libertad protege a la libertad o idea de la democracia en El Federalista”, Arturo Fontaine se detiene largamente a examinar el problema de las facciones, sus causas y fórmulas para controlarlas, desmenuzando los argumentos de Madison en El Federalista Nº 10 y otros escritos complementarios.

Fontaine, echando mano a Hume, da cuenta de la precisión con la que Madison detecta uno de los problemas centrales a toda democracia: la tensión entre los intereses privados y el interés general, y las fórmulas institucionales que permitan una coexistencia virtuosa entre ambos.

Y es que las causas de las facciones tienen su origen en la naturaleza del hombre, sostiene Publius; sus raíces son, en consecuencia, de acuerdo a Fontaine, profundas e inerradicables.

Todas las soluciones institucionales propuestas por El Federalista para controlar las facciones, y que Fontaine va repasando en detalle —la representación y el diseño de las asambleas representativas, la separación de poderes con pesos y contrapesos, la república extensa y la ampliación de la órbita, entre otras—, descansan sobre un supuesto fundamental. Sostiene el autor: “Los fundadores de la Constitución se asemejan así a los artistas: han creado una pintura que representa la naturaleza humana tal cual la conocemos, con sus luces y sus sombras. Como sucede en el teatro, y en las obras de arte, en general la Constitución, como la concibe Madison, nos pone delante de un espejo que muestra a la virtud su propia cara, al vicio su imagen propia… No es entonces, una Constitución que refleje el rostro imaginario del ‘hombre nuevo’, sino el de seres humanos comunes y corrientes, de carne y hueso, como los que hay hoy, y cuyo comportamiento político, según nos cuenta la historia —por ejemplo, lo que escribió Tucídides—, se parece tanto al comportamiento de los de ayer y tan poco al que sueñan los relatos utópicos de ayer y de hoy”.

Así, el ensayo de Fontaine entrega actualidad y frescor a la forma en que un proyecto constitucional debe enfrentar la compleja relación entre la naturaleza humana y el poder político; obviar esta lección, catastrófico.

Y aunque Publius no creyera que las personas fueran ángeles, como manifiesta El Federalista Nº 51, sí creía que poseían la virtud suficiente para el autogobierno. Porque, aunque en ocasiones buscarían hacer primar el interés individual sobre el colectivo en el campo de las acciones públicas, el diseño institucional propuesto promovería niveles razonables de reflexión, deliberación, imparcialidad en el proceso de toma de decisiones públicas para que se impongan la razón y la justicia. En efecto, sostiene en el Nº 55: “Así como hay un grado de depravación en el género humano que requiere ciertas dosis de vigilancia y desconfianza, también existen otras cualidades en la naturaleza del hombre que justifican cierto grado de estimación y confianza. El gobierno republicano presupone la existencia de estas cualidades en mayor proporción que cualquier otro”.

Y es que, en definitiva, no parecen ser contradictorios en El Federalista las ideas o anhelos de, por un lado, diseñar una Constitución que impida que cuando accedan “demonios” al poder político, abusen de éste o minimizar tal posibilidad, y por el otro, que los líderes políticos y los ciudadanos provean dosis suficientes de virtud republicana para hacer que el proyecto común sea sostenible en el largo plazo. En otras palabras, y contra la idea de Hirschman, en su clásico Las pasiones e intereses, parecen reconciliarse en El Federalista las tradiciones intelectuales del liberalismo clásico y del republicanismo, alquimia virtuosa entre dos tradiciones que suelen más bien ponerse muchas veces en los textos de filosofía política como contradictorias o mutuamente excluyentes.

Así como hay un grado de depravación en el género humano que requiere ciertas dosis de vigilancia y desconfianza, también existen otras cualidades en la naturaleza del hombre que justifican cierto grado de estimación y confianza. El gobierno republicano presupone la existencia de estas cualidades en mayor proporción que cualquier otro”.

Por otra parte, Daniel Mansuy en su ensayo “Apuntes sobre política y representación en El Federalista”, se detiene en la propuesta de Publius para hacerse cargo de cómo lograr un gobierno republicano que descansa en la racionalidad popular, y no en sus impulsos violentos e irreflexivos. Así, para “no caer en la violencia, los apetitos del pueblo requieren mediación”.

Hacia el final de su ensayo, Mansuy cuestionará los fundamentos del modelo de representación propuestos por El Federalista. “¿A qué se dedican, entonces, los ciudadanos que han sido descargados de sus responsabilidades políticas por la vía de la representación?”, se pregunta. A su juicio, la respuesta de Publius confrontada contra el concepto aristotélico de ciudadano, palidece y es insatisfactoria. La dedicación preferente al comercio, la no apelación al orden común para motivar la acción humana, que ahora se ve desplazada al ardor individual por obtener riquezas, pueden permitir la satisfacción de las pasiones humanas de un modo pacífico, es cierto, pero al costo de empobrecer la noción de ciudadano. “La politicidad del hombre no es tan intensa como lo pretendía Aristóteles”, y, en consecuencia, sostiene Mansuy, el esquema propuesto por Publius es necesariamente trunco e incompleto, pues nunca podrá satisfacer las aspiraciones humanas. Lo político en El Federalista tiene un carácter remedial: no se corresponde exactamente con la naturaleza humana, sino más bien con la naturaleza caída. El problema es que la búsqueda de la república representativa y comercial de Publius contiene un “perpetuo germen de frustración, porque los canales para incidir en la vida colectiva son estrechos y limitados. Peor aún: son efectos conscientes que deliberadamente se quisieron producir”.

Ahora bien, no todo está perdido, sostiene Mansuy. Siguiendo a De Tocqueville —y para los que leyeron sus Memorias, a nuestro Abdón Cifuentes, quien confirmó con especial agudeza esta dimensión de la observación tocquevilliana dos décadas más tarde, con la Democracia en América a la mano—, quizás sea en la fecunda organización de la vida local y en las asociaciones voluntarias donde los ciudadanos se vinculan con el bien público de manera intensa, minimizando los efectos negativos del esquema de representación propuesto, encontrando un paliativo relevante.

Concluye Mansuy con una dificultad adicional: ¿Cómo conservar la unidad del cuerpo político y la unidad de la experiencia política en una sociedad compleja y diferenciada? ¿Cómo controlar las dificultades que podrían surgir a partir de tanta pluralidad? El concepto de nación, sostiene, nos entregó una respuesta en el pasado, la que hoy ha perdido fuerza, y la ausencia de una nueva respuesta es causa de perplejidad. Se trata de una dificultad relevante.

En efecto, en Chile avanzamos crecientemente hacia un concepto de representación marcado por la política de identidades, donde la exigencia es la de tener un representante espejo, una categoría común entre representante y representado sobre la base de etnias e identidades territoriales, género, orientación sexual, etc., quebrando entonces el principio de representación propio de las democracias liberales: el de ciudadano. En un magnífico ensayo publicado hace algunos años en Estudios Públicos, Sofía Correa, por ejemplo, dio cuenta de esta realidad mostrando cómo en la propuesta de algunas organizaciones acerca de conformar una Asamblea Constituyente en Chile el principio de representación utilizado era propio de modelos corporativistas, sobre la base de roles en la sociedad o la pertenencia a determinados grupos, dañando entonces el principio de representación de ciudadanos.

En tercer lugar, en su provocador ensayo ¿Queremos un presidencialismo vigoroso para Chile?, Sofía Correa contesta categóricamente que no.

Hacia el final del texto la profesora Correa defenderá la experiencia histórica del parlamentarismo en Chile, buscando sentar bases intelectuales para sustentar su propuesta de cambio de forma de gobierno en el contexto del debate constitucional en nuestro país. Acá las emprende contra el “constructo historiográfico” que se ha ensañado contra la experiencia del parlamentarismo en Chile.

Sofía Correa ha mostrado cómo en la propuesta de algunas organizaciones acerca de conformar una Asamblea Constituyente en Chile el principio de representación utilizado era propio de modelos corporativistas, sobre la base de roles en la sociedad o la pertenencia a determinados grupos, dañando entonces el principio de representación de ciudadanos”.

Sin embargo, esta es la tecla fundamental que quienes hemos estado en los últimos años promoviendo en el debate constitucional un cambio de forma de gobierno o régimen político —sea hacia un más conservador semipresidencialismo, o un más radical parlamentarismo— no hemos logrado tocar con destreza. Esta tecla es la joya de la corona.

Pierre Manent describió con maestría por qué la pieza más frágil del nuevo sistema era el Poder Ejecutivo, que carece de la legitimidad que tiene el monarca. El problema central del Ejecutivo republicano es que carece de una tradición. Esto lo entendió tempranamente entre nosotros Simón Bolívar: es precisamente la falta de legitimidad, de una tradición, lo que obliga a entregarle más y más atribuciones al Presidente. Algunos autores han llegado a sostener que la evolución en nuestro continente desde el modelo clásico presidencial hacia el hiper-presidencialismo, es precisamente una historia de redención; buscar llevar esta falta de legitimidad que sí entregaba la monarquía.

El Federalista entiende este problema y busca una figura de unidad: un rey republicano. Eso, por lo demás, será George Washington.

Uno de los principales comentaristas externos de nuestra Carta de 1833, Juan Bautista Alberdi —genio de la Constitución Argentina de 1853 y, por lo demás, uno de los pocos en citar El Federalista antes de su primera traducción al español en 1868—, sostenía en su magistral Bases que uno de los principales aciertos de aquella es precisamente que era “una constitución monárquica en el fondo y republicana en la forma”. En 1913, conmemorando los 80 años de la vigencia de la Carta de 1833, Alberto Edwards, escribiendo en Pacífico Magazine, se pronunciaba en idéntico sentido.

Podría seguir citando destacados juristas e intelectuales que, desde distintas veredas, durante la génesis y reforma de las constituciones de 1925 y 1980 invocaron una y otra vez la fuerza mística de la tradición presidencial. Incluso, la propuesta de la Presidenta Bachelet de nueva Constitución —que en realidad es una reforma nada de radical y que a los estudiosos del articulado y las sutilezas de la Carta actual les resulta de una familiaridad evidente— puede seguir siendo considerada un nuevo hito en la evolución del reforzamiento de la autoridad presidencial.

Así, mientras quienes promovemos fórmulas de flexibilización de las competencias entre Presidente y Congreso no logremos dar con este elemento legitimador, equivalente al que otorga la figura mística y redentora del Presidente, mucho me temo que nuestras propuestas alternativas queden con el mero sabor de lo tecnocrático, de lo propio del policy maker, de propuesta OCDE.

Poco importa creo, tener un diagnóstico sofisticado acerca de las patologías de nuestro sistema presidencial, de su influencia en el descrédito y deslegitimación de las instituciones centrales de la democracia representativa, especialmente el Congreso, que sea explicativo de la falta de responsabilidad y solidaridad de los parlamentarios en la conducción del gobierno, del creciente protagonismo de los díscolos, de la debilidad de los partidos políticos, etc. Entre nosotros, han sido los profesores Gastón Gómez y pablo Ruiz-Tagle quienes quizás hayan expuesto de manera más precisa la alternativa. Yo mismo he intentado hacer una contribución en este sentido. Con todo, creo que todo esto no importa al enfrentarse al fantasma místico de la figura presidencial.

En otras palabras, nuestro desafío transciende el derrumbar racionalmente un constructo historiográfico y se proyecta en una esfera superior.

 

2. Proyección al debate constitucional actual

El Federalista contiene dos elementos característicos que espero haber resaltado a lo largo de esta presentación. En primer lugar, un diagnóstico acertado y una propuesta institucional de cómo equilibrar de manera virtuosa la tensión entre el interés particular y la búsqueda del bien general, en un contexto de disputas, pero también de transacciones permanentes entre facciones. También, tal como queda de manifiesto en el El Federalista Nº 1, contiene una promesa de grandeza.

Es curioso cómo ambas reflexiones se proyectan de manera insospechada en nuestro debate constitucional. Al comienzo, el proceso constituyente de la Presidenta Bachelet parecía abrazar esa promesa de grandeza. Pero al concluir el proceso advertimos un giro: su propuesta de nueva Constitución —por su forma, abiertamente una reforma al texto de la Constitución de 1980— es una invitación a la transacción facciosa. En otras palabras, todo el misticismo y épica del proceso inicial finaliza con un realismo crudo. No quiero en esto ser peyorativo, muy por el contrario, quiero resaltar el pragmatismo y no radicalidad de su texto.

La paradoja: los más conservadores, de haber conocido este texto en marzo de 2014, quizás se habrían embarcado en este proyecto desde el comienzo. Por otra parte, el Presidente Piñera enfrenta directamente la promesa de grandeza legada por El Federalista N° 1. El modo transaccional o republicano con el que acometa su labor es algo que hoy sólo está en su cabeza. Lo que sí está claro es que es la historia misma la que pasa hoy frente a las puertas de La Moneda. La pregunta que queda es si decidirá abrirlas.

 

José Francisco García G., profesor de Derecho Constitucional UC

 

 

 

 

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