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Publicado el 14 de diciembre, 2017

Cuidar este país

Hay que reparar la brújula que orientó el progreso de Chile en el último cuarto de siglo y que se descompuso con Bachelet y la Nueva Mayoría. Le hizo mal el espíritu refundacional a un país que no necesitaba ser refundado.
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Hay que decirlo en esta hora: nada es más importante que proteger la paz, la libertad y el derecho, que son los pilares del régimen democrático que tan costosamente recuperamos en 1990, y sin los cuales ningún plan de progreso podrá materializarse. Eso requiere perfeccionar los procedimientos democráticos, favorecer el diálogo y oponerse a la intolerancia y al espíritu de trinchera. El país no debe ser arrastrado hacia la inestabilidad institucional. Si se impone el asambleísmo constituyente para cambiar la Constitución, nadie sabe adónde iremos a parar. Cualquier cambio a las bases del Estado de derecho debe sostenerse, en primer lugar, en un sólido acuerdo entre el gobierno y el Congreso que asumirán en marzo de 2018. Hay que poner fin a la incertidumbre en este terreno.

Es crucial la defensa de la gobernabilidad. Precisamente por ello, necesitamos que las instituciones recuperen la confianza de los ciudadanos. Eso exige combatir los focos de corrupción en el aparato estatal, no transigir ante la ineficiencia y la desidia en los servicios públicos, batallar contra el dispendio fiscal. Una tarea de enorme trascendencia es la reforma estructural del Estado, para que sirva mejor a la comunidad.

El progreso no cae del cielo. Si Chile avanzó fuertemente en las últimas décadas fue gracias a la combinación virtuosa de la economía de mercado y las políticas públicas que promovieron la inclusión social. O sea, fue el resultado de la confluencia de la iniciativa privada y la acción del Estado democrático para articular la prosperidad y la solidaridad. Fueron las reformas graduales, no los cambios espasmódicos, los que permitieron que Chile se pusiera a la cabeza de América Latina. Pero las vacilaciones sobre el camino del progreso han complicado las cosas en los últimos años. Debería estar claro que no es posible disociar los avances sociales del crecimiento de la economía, la creación de empleos, el potenciamiento de la inversión, el ahorro y la productividad, el apoyo a los emprendedores. El Estado tiene que focalizar los recursos en la atención de los sectores más desprotegidos, por ejemplo las miles de familias que viven hoy en campamentos.

En tal contexto se produce la definición entre Sebastián Piñera y Alejandro Guillier. Esto implica que mucha gente votará por uno de ellos sin tenerle simpatía ni identificarse con cada una de sus posiciones. Para muchos electores, la segunda vuelta no será elegir entre blanco y negro, sino entre gris y negro. Así las cosas, uno puede imaginar aproximadamente cómo podría ser un gobierno presidido por Piñera. Sabemos los puntos que calza y conocemos sus luces y sombras, entre estas su controvertido historial de negocios. No obstante, un eventual gobierno suyo probablemente se parecería al que encabezó entre 2010 y 2014, y pondría énfasis en la actividad económica. En cambio, cuesta imaginar un gobierno presidido por Guillier. ¿Se parecería al actual, incluso conservando algunos ministros de Bachelet? ¿Pactaría con el Frente Amplio? Y lo más importante: ¿qué liderazgo podría ejercer una persona sobre cuyos atributos para el cargo existen dudas hasta entre los partidos que lo apoyan?

No hay evidencia de que Guillier tenga pensamiento político propio. Lo suyo son las generalidades: igualdad, gratuidades, que el pueblo decida, etc. Hasta hace poco se presentaba como no político, representante del regionalismo, enemigo de las elites. Luego fue usando diversos ropajes. En un momento se declaró “laguista” y más tarde dijo que Lagos se creía Bernardo O’Higgins. En otra ocasión fue crítico de Bachelet y hoy corta cintas de inauguración a su lado. Hace unos meses cultivaba un talante moderado y la semana pasada terminó un discurso en Concepción con “Hasta la victoria siempre”, el lema del Che Guevara.

Gracias a la TV, Guillier se convirtió en una cara conocida y aparentemente amable. Le bastó con eso. Y allí lo tenemos, disputando la jefatura del Estado. “Son los tiempos”, dirá alguien, y es cierto: la cultura de la imagen lo impregna todo, y eso significa que se multiplican las posibilidades de que seamos engañados por las apariencias. Por ejemplo, se puede confundir la pachorra televisiva con el liderazgo político.

Los voceros de Guillier enfatizan que él es el abanderado anti-Piñera y anti-derecha, dispuesto a meter la mano en los bolsillos de los ricos, como dijo hace poco. Uno de esos voceros, el ex ministro Máximo Pacheco, fue entrevistado por El Mercurio  (10/12) y causó rubor al destacar que tiene “una relación con él de afecto, aprecio y respeto mutuo”. Consultado respecto de las fuerzas con las que su líder establecería acuerdos en el Congreso, Pacheco dijo: “Me parece que estamos mucho más cerca del Frente Amplio que de la derecha”. Y para que no quedaran dudas, agregó, “con el FA tenemos demasiadas cosas en común”. Todo muy claro

El Presidente de la República dispone de poderes muy amplios en Chile y es deseable que quien asuma el cargo posea el nivel intelectual, la cordura y el temple que demanda esa responsabilidad. Es cierto que nadie reúne todas las cualidades, pero tenemos que tratar de reducir el riesgo de que el país cometa errores catastróficos.

Se suele decir que al votar optamos por un programa de gobierno. No es exactamente así. En realidad, elegimos a una persona concreta, y cada elector lo hace por motivos muy diversos, en los que se mezclan las emociones y la racionalidad en dosis variables. Votamos por un hombre o una mujer en quien depositamos nuestra confianza para que gobierne lo mejor posible, y ciertamente nos podemos equivocar.

La mayor amenaza para la democracia en estos días es el populismo, esa forma exacerbada de acción oportunista que no vacila en ofrecer atajos hacia la felicidad -en rigor cuentos tramposos-, con tal de conseguir el poder, y en muchos casos quedarse con él. Los demagogos bolivarianos son el mayor ejemplo en nuestra región. Chantal Mouffe, la ideóloga belga del populismo español, a quien siguen los líderes del Frente Amplio, ha llamado a votar por Guillier. Dos más dos son cuatro.

Hay que reparar la brújula que orientó el progreso de Chile en el último cuarto de siglo y que se descompuso con Bachelet y la Nueva Mayoría. Le hizo mal el espíritu refundacional a un país que no necesitaba ser refundado. Y las cosas podrían empeorar si, olvidando las duras enseñanzas de la historia, Chile se desliza hacia el desorden y el aventurerismo. 

Cualquiera que sea el signo del próximo gobierno, tenemos que salvar la racionalidad política. Vale decir, no debemos dejarnos intimidar por los intransigentes. Tenemos que  impedir que la sociedad sea empujada hacia la polarización. Las discrepancias políticas no pueden convertirse en odios: eso ya lo vivimos y el resultado fue una inmensa tragedia. Necesitamos bregar por el civismo para que nuestra convivencia no se deteriore, para que las libertades no se debiliten y para que las instituciones protejan los derechos de todos. La democracia es frágil, y necesita que estemos dispuestos a defenderla en cualquier circunstancia.

 

Sergio Muñoz Riveros, escritor y analista político

 

 

FOTO: MARIO DAVILA GARCIA/AGENCIAUNO

 

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