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Publicado el 28 de diciembre, 2017

¿Cómo te fue en la PSU?

Así, del mismo modo que hemos de resistir a la tentación de imponer a toda persona tener estudios superiores, es necesario que nuestro país haga una profunda reflexión acerca del sistema de ingreso a dichos estudios.
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Si la PSU fuera el reflejo exacto de lo enseñado y aprendido durante la educación media, probablemente los institutos preuniversitarios tendrían menos clientela y el proceso de la prueba misma estaría menos acompañado de angustia y de tensión. Como es obvio, no todos tendrían el mismo rendimiento, pues no todos gozan de las mismas habilidades, comprensión y retención de la materia, pero el lenguaje sería común y nadie se encontraría demudado frente a las preguntas que le formulan.

El hecho de que muchos estudiantes terminen la educación secundaria sin tener noticia de algunos de los contenidos de la prueba, sin haber ensayado su modalidad de respuesta o sin gozar de bloques enteros de conocimientos, es un grave problema de desfase entre el instrumento y la preparación escolar que nuestros jóvenes reciben. Tal problema no es privativo de la educación pública, pero sí es más agudo en ella.

Por otro lado, el manejo comunicacional sobre los resultados de la prueba tampoco es demasiado afortunado. En efecto, los postulantes ya están suficientemente presionados acerca de la incidencia de ella sobre su futuro, para agregar categorizaciones sobre puntajes nacionales, desafortunadas confusiones entre puntaje y gratuidad, y distinciones tales como mujeres y hombres, como si más o menos puntos significaran una tendencia de género y no un referente a la preparación y expectativas de los sometidos a este test.

Sin duda la educación superior chilena debe contar con estándares de selección y debemos reconocer que se ha mejorado el sistema al establecer –vía clave– que los resultados sean reservados para quien los quiera mantener así, pero ello no impide que el modelo PSU, en su conjunto, pueda resultar insatisfactorio si analizamos exactamente qué se quiere lograr con él.

A mi juicio, el dato verdaderamente demostrativo del rendimiento de un alumno son sus notas. El hecho de que esas notas se crucen con un ranking perjudica a los miembros de cursos exitosos y beneficia a los pocos buenos de cursos de bajas calificaciones. Más aún, como se ha dicho, si las buenas notas corresponden a enseñanzas pobres en contenidos, no es culpa del que las obtuvo sino del sistema educacional, lo cual se repite cuando esa falla inicial se transforma en un impedimento para obtener luego una exitosa PSU.

Por otro lado, aun dejando de lado las referencias a la preparación escolar, la PSU de buen puntaje no es sinónimo necesario de un desarrollo educacional posterior adecuado, cumplimiento de perfiles, inserción en la vida universitaria/técnica/profesional y posterior empleabilidad, aunque marca una cierta tendencia en cuanto a mejores expectativas de los alumnos en alcanzar esas metas.

Así, del mismo modo que hemos de resistir a la tentación de imponer a toda persona tener estudios superiores, ignorando sus propias decisiones y plan de vida —y desnaturalizando las habilidades no sólo académicas, sino multifactoriales—, es necesario que nuestro país haga una profunda reflexión acerca del sistema de ingreso a dichos estudios, evitando las discriminaciones de base, buscando dar más valor a lo que realmente lo tiene y asegurando a los postulantes una mínima equiparación entre requisitos, tipo de enseñanza e instrumentos utilizados.

Ello posiblemente demande no sólo unificar el sistema de ingreso, haciendo uso de una variedad y no sólo de un instrumento de medición —como se ha planteado en proyectos de ley en discusión—, sino además, a modo ejemplar, establecer criterios razonables que distingan el ingreso a centros de formación técnica e institutos profesionales (hoy en tierra de nadie) del ingreso a las universidades.

Nuestra sociedad de siglo XXI ha de preocuparse, sin duda, del modo en que las familias financian el estudio de sus hijos, pero también de las verdaderas oportunidades de éstos para elegir qué estudiar, dónde y en qué términos, premunidos de antecedentes que reflejen el esfuerzo sostenido que la persona ha hecho para llegar hasta donde está y no sólo un momento fotográfico en su vida, que termina pesándole para siempre.

 

Ángela Vivanco Martínez, abogada y profesora de Derecho Constitucional UC, doctora en Derecho y Ciencias Sociales para la Universidad de La Coruña, España

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO/AGENCIAUNO

 

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