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Publicado el 07 de julio, 2018

Baradit trasquilado

Es fácil ir por lana y salir trasquilado al impulsar ese proceso de catarsis colectiva que, cada tanto, propicia los totalitarios linchamientos virtuales y la destrucción de imagen de ciertas personas en nombre de la tolerancia, el respeto y la dictadura de la opinión.
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Hay dichos que parecen superfluos pero que esconden cierta sabiduría acumulada por generaciones. No escupas al cielo porque te cae en la cara es una de aquellas frases, repetida probablemente por nuestros mayores como advertencia al ímpetu infantil de juzgar de forma severa los errores ajenos. Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio es algo tan humano que debemos luchar permanentemente con lo que ello implica para no terminar siendo como el cura Gatica, que predica pero no practica.

En Chile nos gusta el conventilleo y el pelambre, sobre todo para hacer leña del árbol caído. Es nuestro deporte nacional denostar a los otros. De eso deriva que algunos se eleven a supremos jueces, cual inquisidores de opiniones y actitudes ajenas. Las redes sociales y las aplicaciones de mensajería, muestran con claridad esa faceta donde reina la tosca costumbre de tirar la piedra y esconder la mano, mientras simultáneamente se presume de lo que se carece. En ese contexto, los intelectuales, artistas, músicos, figuras de la TV y también escritores de distinto pelaje y pluma ―buena o mala― tienen una particular tendencia a oficiar como portadores de una corrección política, claramente totalitaria, que presumen con total desparpajo. No todos caen en aquello, pero los que lo hacen no consideran ninguna forma de prudencia, por ejemplo, en cuanto a la presunción de inocencia o a considerar que errar es humano. Ellos, cual reyes tuertos, se reservan el divino derecho a perdonar en las redes sociales.

Lo que olvidan todos aquellos nuevos jueces de la moral, el feminismo, la justicia social o lo que sea, es que es fácil ir por lana y salir trasquilado al impulsar ese proceso de catarsis colectiva que, cada tanto, propicia los totalitarios linchamientos virtuales y la destrucción de imagen de ciertas personas en nombre de la tolerancia, el respeto y la dictadura de la opinión. Como sabiamente advertía el viejo Orwell frente a los métodos totalitarios aplicados en nombre de la democracia en los países comunistas: «Haced una costumbre del encarcelamiento de fascistas sin juicio previo y tal vez este proceso no se limite sólo a los fascistas». El ensayista británico, a diferencia de otros escritores, comprendía que aquellos que promovían medios totalitarios para perseguir opiniones independientes y disidentes con respecto a las suyas, olvidaban que era posible que llegara un momento en que esos métodos podrían ser usados «contra» ellos y no «por» ellos.

Su fatal arrogancia como santo inquisidor lo hace olvidar que, debido a la inesperada y constante paradoja de la imperfección humana, en todas partes se cuecen habas, incluso en los círculos intelectuales, artísticos o literarios, supuestamente elevados moralmente.

Como dice el dicho, por la boca muere el pez, y por eso el promotor del purismo moral y la funa virtual severa siempre llega al dilema de tener que juzgar a un cercano, un familiar, un amigo o a uno mismo. Su fatal arrogancia como santo inquisidor lo hace olvidar que, debido a la inesperada y constante paradoja de la imperfección humana, en todas partes se cuecen habas, incluso en los círculos intelectuales, artísticos o literarios, supuestamente elevados moralmente. Eso parece haber ocurrido con Jorge Baradit y su discurso progresista, políticamente correcto, pero a todas luces blandengue como cartón mojado.

En el fondo, el escritor está siendo víctima de su propia doble moral, que es la misma que reina en las redes sociales y predomina en los policías del pensamiento virtual. Y tal como ocurre con los hijos de cualquier revolución, el escritor está siendo devorado por el mismo monstruo de múltiples tentáculos, en la forma de trolls ávidos de lapidación, que alimentó sistemáticamente a costa de la honra ajena en las redes sociales. La opinión pública, convertida en el río revuelto para instigadores, calumniadores, prejuiciosos y mentirosos de todo tipo, ha dado paso a un festín de cuervos devorando los ojos de uno de sus eximios criadores. Y la turba le recuerda que aunque el refrán dice que las palabras se las lleva el viento, el lenguaje no cambia en diez años, hay palabras que seguirán siendo peyorativas o groseras aunque pasen siglos.

Quizás lo clave para todos aquellos que ofician como grandes inquisidores, sería recordar que lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie. Sobre todo si no quieres convertir a tu pueblo en un infierno grande.

Jorge Gómez Arismendi, director de Contenidos, Fundación Para El Progreso

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